16 de marzo de 2018

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ESPAÑA: UN PAÍS DE PILLOS

Por: Jaime Richard.

2 de junio de 2008

(ARGENPRESS.info). Este país tramposo está infectado de marrulleros antes llamados pícaros. Y es que a su inteligencia colectiva le sobra cazurrería y virtuosismo (dos nociones que se captan al instante y no precisan diccionario) y le falta naturalidad ligada a un elevado pensamiento. De aquí que sobrenade la extravagancia en todas partes en detrimento de la amplitud de miras.

No ya en el mercado, que es el principal caldo de cultivo de esas lacras, sino en la política y en la justicia poco se libra de la trampa, de la marrullería, de la artificiosidad, de la mentira. Al pueblo mayoritariamente silencioso le zarandean los pícaros de un lado y de otro; bien con demagogias bien con desfachatez, o con ambas.

Ayer hablaba de hasta qué punto la Constitución es papel mojado; una banal declaración ampulosa de intenciones. Como los catecismos. Pero es la voluntad política de cumplirla lo que cuenta. Y por parte de los gobiernos, ya se ve, todo depende de factores de coyuntura, no de su exigibilidad y de su exigibilidad inmediata salvo en lo que les conviene...

Las habituales réplicas a Arzalluz e Ibarretxe por parte del presidente del gobierno central pertenecen tanto a la ampulosidad como a la invocación de principios -constitucionales o no- que los gobiernos interpretan a su conveniencia y gusto por norma...

Hoy tenemos otro ejemplo candente del mismo espíritu burlón de este gobierno con lo que dice la Constitución y, por ende, con quienes la invocan para que el Estado sea de una vez el Estado laico que la Constitución sanciona.

Si antes, en el asunto vasco, el presidente central y centralista se acoge a la literalidad de la carta magna, en esta ocasión se escabulle miserablemente de la literalidad aduciendo razones de oportunidad. ¡De oportunidad, 30 años después de promulgada! ¡Promulgada entonces, en 1978, proclamando en vacío la aconfesionalidad -y por tanto la laicidad- del Estado: ’ninguna confesión tiene carácter estatal’ (déjense de filigranas, señores gobernantes, en el manejo de los conceptos, laicidad, laico y aconfesionlidad para enturbiar la evidencia). Pero es que, por otro lado y a renglón seguido -en 1979-, el gobierno de la ocasión suscribe el Acuerdo con la Santa Sede, en cuya virtud y obscenamente contra la Constitución promulgada, el Estado sigue siendo confesional hasta hoy.

Los hechos y las manifestaciones gubernamentales, vengan de donde vengan, nos ofrecen la ocasión de comprobar la veleidad, la inconsistencia, el mucho capricho en suma de los políticos con funciones de gobierno cuando se trata de ajustar, de adaptar, de aplicar a la ’realidad constitucional” la realidad fáctica y la realidad cuyo cumplimiento sin demoras ni pretextos de mal cumplidor, demandan tanto la sociedad como los partidos políticos que parcialmente la representan y no tienen un pelo de tonto, como son para este caso Izquierda Unida y Convergencia y Unió.

Por eso produce náuseas la política a la que todos debiéramos dar la espalda. Por eso infinidad de ciudadanos no votan, no saben no contestan. Por eso un cuarto de millón de vascos son ’abertzales’, radicales, que no se dejan vapulear. Lo son, aunque a los gobiernos eso les traiga sin cuidado. Como les trae sin cuidado que el silencio y el abstencionismo se enseñoreen de tantos ciudadanos abatidos precisamente por ser moderados. Está claro que lo único que les importa es hacer caja electoralista, no el desaliento de tantos hartos de las maniobras politiqueras, de leyes de embudo, de frivolidades, de incumplimientos sistémicos de los pactos entre los gobiernos que se suceden y autonomías serias como la vasca. Son infinidad los ciudadanos que abominan de los incumplimientos de la Constitución que el gobierno de turno maneja de comodín; tanto para justificar su exasperante intransigencia como para despreciarla cuando desde otras formaciones se la invoca.

En este caso recién salido del horno de la aconfesionalidad, el gobierno vuelve a dar la espalda al clamor de todo el país, pero también puntual e institucionalmente a dos partidos que piden a gritos que se cumpla la Constitución. ¿El argumento para hacer oídos sordos?: la socorrida y cobarde falacia de la ’inoportunidad’.

En resumen, nadie sabe cuándo se va a terminar en este país de una vez la dichosa transición; cuándo se va a convertir en república, cuándo, en estado federal, cuándo va a comportarse definitivamente como un país maduro y con los niveles de inteligencia propios del siglo XXI y de la Europa Vieja. Es de temer que nunca. A lo sumo dentro de unas cuantas generaciones. Cuando la mayoría no vivamos ya.

¿Está condenado a ser un país áspero, antipático, bronquista, el último políticamente digno de ser imitado, como antes tampoco lo era por culpa de una infame dictadura?

Por este camino, si a las condiciones lamentables psicológicas y amenazantes en que transcurren las legislaturas; si a las broncas políticas que pasan fácilmente del parlamento a la calle; si a la agitación infame de los medios convertidos en primer poder (sin responsabilidad) del Estado... se añaden estas patadas de los gobiernos a la inteligencia de partidos y ciudadanos; patadas en forma de burdos rechazos de la aconfesionalidad proclamada por la Constitución, la ciudadanía más sensata va a terminar dando a su vez una patada a la política y a la mismísima democracia. Por manipuladora e indeseable, por mendaz y por ser un artilugio al servicio de los de siempre.

Este gobierno está enlazando muy peligrosamente con el estilo, los modos y las tretas de una derecha que lleva camino de convertirse oficialmente en extrema y que todo apunta a que jamás será capaz de ocupar el centro político y sí siempre el centro geográfico.

¿Casos aislados los de corrupción, de contubernios, de engaños? Quiá. Casos aislados que son los descubiertos, como el de ese juez de Coslada implicado en la trama mafiosa policial tipo Chicago años 30? (Fuente: ABC). Es el cuento de nunca acabar. Los casos aislados, excepción a la regla general son los de la decencia, de la veracidad, de la honestidad y de la rectitud. Por eso emerge ahora un sector predicando el liberalismo político, para favorecer aún más, si cabe, desde la libertad de unos cuantos y a costa de la mayoría honrada, la indecencia y más toneladas de inmundicia.

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