9 de diciembre de 2018

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EL PERIODISTA.

Por: Gonzalo Añi Castillo.

13 de octubre de 2006

El señor Rector sacó de su billetera uno con el rostro de un ilustre historiador al tiempo que me decía “Debe ser bien bravo ser periodista”. No esperaba ese comentario con fuerte carga de conmiseración, pero supe reponerme a tiempo para responderle “Depende doctor del punto de vista, cuando uno hace lo que le gusta, y lo hace con pasión, la tarea no es penosa, en el fondo es un asunto de vocación”. Y me despedí. Caminé unas cuadras pensando en ese comentario de mi amigo el “mandamás” de la universidad local. Repercutían en mis adentros sus frases. Había ido a buscarlo a su domicilio un fin de semana para entregarle un ejemplar con la publicación de su saludo (a título personal) y me lo había pagado, y eso fue todo, una operación simple y rutinaria, que, sin embargo, me llevó a hondas reflexiones acerca de mi profesión. Reflexiones que las pongo sobre el tapete en el Día del Periodista. Deben ser pocos los que ejercen esta noble profesión con el espíritu de un romántico o como si se tratara de un apostolado. En el siglo pasado abundaban; ahora parecen bichos raros, igual que los poetas, los toreros, los místicos y los unicornios, especies en franco proceso de extinción. Las facultades de Ciencias de la Comunicación botan cada año legiones enteras de periodistas dispuestos a ganarse la vida como los filibusteros que abordan el barco enemigo con un cuchillo entre los dientes y un turbante en la cabeza. Ganarse la vida, alcanzar el éxito económico, escalar posiciones son el ideal o el gran norte en la vida de los colegas de la actualidad.

De ahí entonces el pobre concepto que tiene la población acerca de nosotros los comunicadores. Nos aplican también esa frase lapidaria que ya tiene rango de axioma: “Con la plata baila el mono”. Pero, los románticos no bailan al son del tintineo de las monedas, bailan al compás de su propia música: La música sublime de su gran vocación. Sólo que no llevan un cartelito en el pecho ni una aureola sobre la cabeza. Se confunden con los demás de su gremio. En las grandes ciudades y en los medios de alcance nacional los comunicadores de la prensa escrita, de la televisión y de la radiodifusión tendrían (al parecer) mayor rango. No es así. Valen moralmente lo mismo que sus congéneres o sus colegas de un periódico regional o de una emisora provinciana. La diferencia estriba en la eficiencia de su trabajo, en la ética que los orienta, en la credibilidad que los rodea, pero, sobre todo, en la pasión que los anima. Hacer periodismo con cariño y con entusiasmo, al margen de su sueldo o más allá de la conveniencia, he ahí la clave para catalogar al periodista más encumbrado o al más refundido. Los comunicadores sociales son por lo general trabajadores de economía modesta, sin embargo tienen un gran capital: Su imagen, su llegada al grueso público, sus relaciones con gente de todo nivel. Unos más que otros, desde luego. Si la globalización supone hacerse de esa poderosa herramienta llamada Información-Conocimiento, entonces mayor caché para los que sabemos buscarla, hallarla, analizarla, debatirla y difundirla. No estaba lejos de la realidad el doctor que me dijo “Debe ser bien bravo ser periodista”.
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Bravo lo es para el que se gana los frejoles con mucho esfuerzo y ningún entusiasmo, lo que en Economía Política llaman “el caracter penoso del trabajo”. Bravo para los que les da lo mismo ser periodista o ser turronero, mercachifle, pasador, oficinista.

Para los otros, que son pocos pero son, esta profesión sigue siendo brava pero al mismo tiempo apasionante. Abanto Morales cantó “Cholo soy y no me compadezcas”.

Yo le diría a mi amigo el Rector “Periodista soy, pero no me compadezca”.
. Mas bien felicíteme, aunque sea por hoy, 01 de Octubre, mi gran día.

Nota: Este artículo debió salir el 01 del presente mes que se celebró el Día del Periodista.

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