10 de febrero de 2019

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PERU: EL ARTE DEL TRANSFUGUISMO.

Por: Roberto Aguilar Valera.

22 de septiembre de 2006

Alvaro Gutiérrez está haciendo con su imagen política lo que Michael Jackson con su piel. Se deja usar por los apristas: posa para en la foto al lado Alan García, en palacio, con una sonrisa que nos dice: “este de al lado” es mi causa’. Le da su confianza al Gabinete del Castillo ’delicadamente’ neoliberal y globalizadoramente antinacional (y hasta antinacionalista). ’Con tal que se trate de trabajar por el Perú, yo dejo de lado mi ideología’, puntualiza el patriota con estudiado gesto de tía preocupada que tácticamente adoptó cuando se enteró de la noticia de la muerte de Paniagua la pasada semana. Se deja entrevistar por el Girl Power de las 11p.m. y por los payasos sin maquillaje de los domingos por la noche. Además anda ahora con impoluto saco y corbata, aprende nuevas palabras y comienza a hacer sus pininos en el criollo arte de hablar sin decir nada, tan caro a los políticos enemigos del pensar con que los peruanos llenan su Congreso cada 5 años.

Quiere demostrarles a las castas políticas y a los grupos de poder que su militancia nacionalista fue un efímero pecadillo del pasado, que ahora languidece y que morirá con el paso de los meses, como el mismo dice. Que sólo es un Cholo power o un ’neopongo’ que quiere la bendición de la high life política, que está en proceso de domesticación o, como dicen las gentes que mandan, que ’está aprendiendo modales democráticos’.

Pero la fortuna se le muestra esquiva, como si no valieran lo suficiente las vergüenzas que pasa en cada entrevista que le hacen en la caja boba cuando le recuerdan sus nexos con Ollanta Humala, aquella televisión ahora lo pesca con los pantalones abajo: hace pública su lastimosa vida familiar e insinúa cierta afición sexual. Quizás se pregunta, por qué no le hacen lo mismo a algún Flores Aráoz, Bedoya o Miró Quesada. Gutiérrez trata de transmitirle a los mandones y al aprismo el valioso aliado que él puede significarles en los próximos años. Pero Gutiérrez no se da cuenta o no quiere reconocer que, en política, vale más bien poco. Vale muy poco como individuo. Vale ’algo’ más como representante de una fuerza política ahora desvencijada; ’algo’ se devalúa con rapidez, en proporción directa a la descomposición de la bancada nacionalista.

Sin embargo, hay que reconocerle un mérito: haber reformulado la técnica y la teoría del transfuguismo. A diferencia del mercachifle Torres Caro, Gutiérrez comprendió muy bien que la esencia del transfuguismo no se manifiesta en las rupturas bruscas y en los aspavientos mediáticos. Para Gutiérrez, el transfuguismo es un proceso gradual de negación lenta, que aporta evidencias de ’conversión’ en la práctica y en el discurso. Junto a otros de su bancada y con la mancha de UPP, ha comprendido que se trata de homogenizarse con la añeja fauna política que mora en los palacios, en los ministerios y en el Congreso, ganando posiciones poco a poco, pagando derecho de piso. Se trata de dar señales de confianza. Convencerlos de que la prédica nacionalista violó algunas de las normas del discurso populista como el de no provocar pánico en las clases dominantes. Que todos recaen en ello ¿Acaso García no dijo que cerraría el Congreso? Pero que no fue más que un recurso válido para alcanzar el sueño de todo pequeño burgués arribista: alcanzar un pedacito de cielo que le permita hacerse rico sin trabajar.

Esta es otra de aquellas historias congresales que empiezan cuando al movimiento político de Ollanta Humala se lo comieron por la cabeza, mientras el receloso líder cuidaba su entorno y mezquinaba espacios dentro de movimiento a otras fuerzas progresistas. La bancada congresista nacionalista resulta más inofensiva que un león disecado y más productiva que las anfitrionas de Carlos Ferrero. Hasta ahora no se sabe que figura descollante comprometida con el ideario nacionalista ha logrado entrar al Congreso como parte de la tan ’cuidadosamente’ elaborada plancha nacionalista. Entre tanto Gutiérrez, Estrada y Caro, tal logro sería casi una infiltración.

Ollanta Humala aparece ajeno a esta crisis política, silencioso, apagado, hasta oscuro. Sin embargo es uno de sus principales responsables. Ollanta Humala no supo distinguir, ni tener en cuenta, su valor como líder electoral de su valor como líder de masas. Hasta ahora se ha mostrado incapaz de consolidar su figura como líder de masas. Su perfil bajo actual quizás se explique por haberse dedicado a la construcción de una línea dentro de su propio partido o por los avatares que acarrean la participación electoral en las municipales y regionales. Más parece ser lo último.

Tampoco ha podido ni manifestado voluntad para sanear su partido de cara a los nuevos procesos electorales. Es verdad que las urgencias de la primera y segunda vuelta presidenciales obligaron a postergar la tarea de expectorar a todos los oportunistas reciclados de otros movimientos fracasados, como del toledismo y del fujimorismo, que tomaron por asalto las bases de su partido y lo convirtieron en un sumidero. Erradamente intentó mantener la unidad política de todo el partido y la alianza vislumbrando noviembre, pero en esta empresa le ha ido de mal en peor. Por eso es incomprensible su persistencia por avanzar con una estructura informal y de feria que no hace más que desgastar su movimiento día con día. Quizás espera que pase noviembre, pero parece que después de las elecciones va a estar peor posesionado.

Ollanta Humala no ha contemplado, ni siquiera ante el desbande y las ambiciosas patinadas de sus más conspicuos congresistas, una alianza con otras fuerzas progresistas, sea esta electoral o no. Menos aún con las fuerzas de izquierda quienes dotaron a su movimiento de un blindaje consecuente a todo nivel y de cuadros organizativos, incluso sin estar dentro de su partido. Es cierto que la relación entre la izquierda y el nacionalismo era mutuamente instrumental, es cierto. Ollanta Humala intentó enrolar en el nacionalismo a los mejores cuadros de la izquierda, tarea trunca por la poca coherencia teórica del discurso nacionalista y por el panorama difuso al que Ollanta Humala se refería cuando discurseaba sobre el modelo de sociedad por la que luchaba. Una alianza con sectores de izquierda le hubiera significado un probable pérdida de liderazgo en lo que se refiere al contenido ideológico del movimiento y a la dirección, los cuadros de la izquierda son más diestros en el plano de las ideas y en la conducción política. Humala siempre se ha manifestado como un líder que tiende concentrar la capacidad decisión de su movimiento en su persona y en su hermético entorno. Forma parte de su cultura política. Tener siempre la última palabra es una forma de mantener el control de su partido y, en menor medida, de su movimiento. Por eso, la esperanza de algunos sectores de izquierda en que Humala retome su protagonismo y en un proceso de democratización del partido que se manifieste, por ejemplo, en un sistema de alianzas de frente con fuerzas progresistas, resulta por ahora un anhelo casi imposible. Lo que debieran hacer las fuerzas progresistas aliadas del movimiento nacionalista es trazar su propio camino, sin romper con este; en lugar de perder su tiempo esperando un reverdecimiento de las convicciones de la dirigencia nacionalista. El tiempo pasa y la vida es corta.

(Revista Mariátegui).

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