16 de marzo de 2018

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Perú: ¿Gobierno equivale a corrupción?

Por: Herbert Mujica Rojas.

24 de abril de 2015

Una simple revista del significado de los últimos gobiernos desde hace 30 años, nos espeta una constante desgraciada, abominable e insólita: corrupción en cantidades industriales. Entonces es posible inferir que la administración del Estado constituye el arte de envilecer, empuercar, ensuciar al país por la razón simple que cada equipo líder tiene sus propias y singulares formas de corromper el manubrio de la nación. Asimismo, es fácil constatar que allí está la génesis de la aberración “roba, pero hace obra”.

Más aún. La deserción –o traición monda y lironda- al partido que encarama al político al puesto edicilio, a la diputación congresal, a la gerencia de empresa pública, no representa un crimen o una deshonra. Por el contrario en Perú se alaba y se practica con fruición el transfuguismo y el clímax de semejante comportamiento pudo apreciarse en su suciedad más intensa cuando Kouri recibía miles de dólares del delincuente Montesinos que pagaba con dinero del pueblo la inconducta del mencionado.

Por citar otro ejemplo: el Establo de Plaza Bolívar, por acción u omisión, ha protagonizado escándalos que nunca tienen cuándo acabar. Se ha descubierto, poquísimas horas atrás, que hay secretarias que ganan el equivalente mensual de US$ 2,500 o algo más. Pero es imposible aumentar el sueldo a los policías. La contradicción es patética. Entonces, si los legiferantes incurren en estos desmanes: ¿qué se puede esperar de los burócratas que allí laboran? No mucho que digamos.

¿Cómo se llama o tipifica la claudicación de un Congreso que no defiende sus fueros, acepta con anuencia servil cuanto le impone el Ejecutivo y no discute un convenio internacional como el Tratado de Libre Comercio con Chile, tema que ya obtuvo la santificación del mediocrísimo Tribunal Constitucional? Si se les paga para cumplir lo establecido en la Carta Magna y en referencia puntual a acuerdos entre Estados que comprometen aspectos tributarios, soberanos y económicos y los precarios inquilinos del Establo no lo hacen ¿cómo llamar, sino corrupción, a esa flagrante abstinencia laboral?

Dicen los tratadistas geniales y sus copiones criollos (esos que “escriben” citándolos hasta la saciedad, bajo la presunción que así parecen menos idiotas), que la democracia enriquece su prisma multicolor gracias a los partidos. Por tanto, dedúcese que aquéllos entrenan a sus embajadores para que, llegada la chance, se comporten a la altura de los retos que la cosa pública exige. Difícil entender en qué fue “preparado” el caradura de Francis Allison que fue hasta ministro de Alan García y que pretendió traer US$ 50 mil dólares que le fueron confiscados en Miami. Y como él, decenas y centenas de pelafustanes.

¿Qué papel cumple la prensa? No siempre el mejor de los roles. La compra de la línea editorial no la inventaron Montesinos ni Fujimori. Los gobiernos han regalado decenas de millones de dólares a las casas editoras y en 1980 don Fernando Belaunde “resarció” a algunos diarios con dinero del Estado, según se dijo, como reparación por lo ocurrido durante el gobierno militar. ¿Alguna vez se cuestionó este asunto? Presumir que cualquiera de los diarios favorecidos con ese aguinaldo expresase algo, no pasa de una quimera. A lo más, todos dijeron “bien gracias” y engullieron hambrientos las fáciles dádivas.

Son decenas los conversos que fungen de ultra-demócratas hoy en los medios de comunicación, cuando ayer, durante el gobierno delincuencial de Kenya Fujimori, hacían negocios con él o con cualquiera de las ramas de su régimen. ¿No fue acaso el Poder Judicial uno de los que recibió proyectos, planes, asesoramientos y demás adefesios de muchos que hoy son “referentes”? ¿y qué puede decirse de esos locutores o escribas que salmodiaban la corrupción de la que formaban parte en las butacas primeras del sainete inmoral que fue aquello? ¿no son los que gritan “al ladrón, al ladrón”?

Con esa pobreza conceptual sobre lo que es un gobierno democrático entonces no parece raro ni inmoral o abyecto que se instauren reglajes a periodistas honestos o vigilancias no pedidas por el Poder Judicial ni legales bajo ningún concepto. Los abusos gubernamentales también se traducen en persecuciones, hostilizaciones y presiones non sanctas cuando hay quienes sí rompen el pacto infame y tácito de hablar a media voz. Y la ambición es conquistar la victoria de los ideales. Frente a eso el mediocre puede abusar y asesinar. No obstante hay que gritarles: “bárbaros las ideas no se degüellan”. Y a tanta insistencia también hay que recitarles: “Los muertos que vos matasteis, gozan de buena salud”.

¿Pueden las sociedades, sin sentir angustiosa verguenza de sí mismas, admitir que gobierno equivale a corrupción?

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