25 de octubre de 2018

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APUNTES SOBRE EL NACIMIENTO DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS.

Por: Walter Saavedra.

22 de julio de 2006

Esbozo histórico de uno de los más grandes escritores peruanos, que escribió, entre otras, la extraordinaria novela "El Sexto", sobre el presidio peruano donde se confinaba a presos políticos a medidos del siglo XX, y donde él mismo estuvo preso. "El Sexto, con su tétrico cuerpo estremeciéndose, cantaba, parecía moverse. Nadie en nuestras filas cantó, permanecimos en silencio, escuchando".

Solitario cóndor de los abismos,/ helado cóndor negro;/ me dijeron que yo nací en tu nido/ triste/ sobre la aguja de roca que nace/ de la gran nieve, triste.
Aun así, aun así,/ cóndor de la nieve que llora,/ no explicaría mi nacimiento/ este dolor, este llanto,/ esta sombra que grita/ en mis entrañas,/ helado cóndor.
José María Arguedas “El forastero”

Hace muchos años, leíamos en Luis E. Valcárcel algo que no teníamos cómo comprender en esos momentos: “José María fue hijo natural de un abogado de vida irregular” (“Memorias”, p.370). ¿Hijo natural? Era algo insólito. Nadie le hizo caso. Estaba plenamente aceptado que José María Arguedas era hijo legítimo del matrimonio de Víctor Manuel Arguedas Arellano y de Victoria Altamirano Navarro. No había opción para pensar que fuese un hijo habido fuera del matrimonio por Víctor Manuel Arguedas.

Pocos años después, llegó a nuestros oídos la noticia de que José María era hijo de una india de Huanipaca (Abancay). Esto nos remeció. Me hizo recordar: lo que decía Valcárcel: que José María no era hijo de Victoria Altamirano. Esta versión me la traía una dama huanipaqueña. A ella se la había dicho un profesor paisano suyo, residente en Abancay, llamado Blandy Gutiérrez Palomino. Era una pista para saber el porqué de la afirmación hecha por Luis E. Valcárcel. Era un camino que se abría. Había que ir por esa línea. Valcárcel no iba a hacer una afirmación tamaña sin tener pruebas... o sin creer tenerlas[1].

Nuestras indagaciones iniciales no fueron más allá de establecer un nombre para la posible madre: Juanita Tejada. El profesor Gutiérrez nos confió que, a mediados de los años ochenta, Guido Guzmán, periodista de Abancay residente en Lima, en una reunión, le había dicho: “¿Sabías que Arguedas es de Huanipaca?”. El profesor Gutiérrez inicia entonces sus indagaciones.

Un nuevo estudio que hicimos de las obras de José María -teniendo en cuenta estos nuevos elementos-, revelaba la presencia de Huanipaca en ellas. Durante la segunda quincena de Septiembre de 2004, llevamos a cabo -acompañados de Blandy Gutiérrez, que hizo las entrevistas en quechua- un viaje por Abancay[2], Huanipaca, Karkeki y Cusco, y obtuvimos algunos testimonios que nos permitieron afirmar, con algo más de certeza, la hipótesis de que Juanita Tejada efectivamente había tenido un hijo nacido en la ex hacienda Karkeki (ubicada en Huanipaca, Abancay). Por las referencias similares que encontramos en las obras de Arguedas, aceptamos que el niño nacido fue precisamente él.

De lo que encontramos en Huanipaca, lo que más nos conmovió e impresionó, fue que los sobrinos nietos de Juanita, tenían rasgos parecidos a los de José María, especialmente Alejandro -que vive en la ex casa hacienda de Karkeki-. Alejandro Tejada Guillén (de 75 años) era la viva imagen de José María Arguedas (muerto a los 58 años). Esta evidencia gráfica encontrada nos decía habíamos llegado al origen de todo este asunto[3].

Interesante es acotar que el profesor Gutiérrez manifestó que, en la partida de bautismo de Arguedas, en el lugar donde se escribía el apellido materno, había una “T” como letra inicial. Esta “T” se convertía en “A”, para dar cabida a la letra con que se inicia el apellido “Altamirano”, apellido con el que fue bautizado en Andahuaylas José María (esto le fue narrado Al profesor Gutiérrez por Carmen María Pinilla).

Es comúnmente aceptado que las obras literarias de José María Arguedas son, como él mismo lo manifestara, en mucho, autobiográficas. Pero en ellas hay que bucear buscando lo que nos es útil porque hay muchas contradicciones. Él dijo: “Vivo en medio de ciertas contradicciones que no puedo resolver” (Carta a John Murra, 17 de marzo de 1968, p.168). Por esto -que vale tanto para su obra como para su vida- tenemos que decidir qué tomar, y por qué, de esos elementos que dice que son autobiográficos. En toda obra literaria es natural que la fantasía juegue un papel importante, y él así lo reconoce en lo concerniente a la suya: “Las criaturas que alcancé a crear en mis novelas anteriores son la huella tenaz de las que conocí en el Perú y con las que me identifiqué y por lo mismo las modifiqué o idealicé hasta el infinito” (Carta a John Murra, 17 de enero de 1968, p.182). Pero, dejemos claro que José María era un hombre en cuya vida -en su conjunto- la fantasía desempeñaba un papel primordial. La fantasía desbordaba a la realidad.

Veamos ahora lo referente a su nacimiento... El primer Tejada llegó a Karkeki, -de la Pampa de Anta (Cusco)-, con su familia, durante la guerra con Chile. Se llamaba Agustín. Él se asienta en Huanchulla. Su hijo, Máximo Tejada Pérez, le dio una nieta llamada Juana Tejada Gutiérrez (más conocida como “Juanita”). Ella nació en la hacienda. Muy pequeña Juanita, entró al servicio de Amalia Arguedas Arellano, esposa de Manuel María Guillén y García de los Ríos[4], dueño de Karkeki. “Los familiares de Juanita Tejada manifiestan de que ella ha trabajado desde los 8 años o 7 en las tierras del patrón... (audio incomprensible) Guillén”. (Resumen de Blandy Gutiérrez de las entrevistas hechas por él en quechua a Melchor Tejada y a algunos ancianos de Karkeki).

Era la Semana Santa de 1010. Como acostumbraba para sus fiestas, Guillén la celebró con la presencia de franciscanos cusqueños. Llegó de visita a Karkeki Víctor Manuel Arguedas Arellano. Es por esta fecha que seduce a Juanita, que ronda los 14 años de edad. Encontramos, en el mismo José María Arguedas, dos versiones de esta violación. En la primera que consignamos, por ser más escueta (la de 1966), está el nombre de la muchacha: Juanita. Veamos esta versión: “Encontró a su hijita de trece años, en el fondo de la covacha fuertemente abrazada a un desconocido (...) la pareja [estaba] encarnizadamente abrazada. La alta luz del crepúsculo y la extraña clarividencia de que gozaba aquel día hizo que distinguiera bien las figuras (...) ‘¡Desvirgada! -dijo- ¡Para siempre!’, mientras la pareja seguía apretándose (...) Yo... yo, mejor la hubiera desvirgado (...) ‘¡Desvirgada, endelante de mí, la Juanita!’, dijo” (Mar de harina, pp.249-250).

La alusión a quien se hace referencia como al “padre” que encuentra a su “hijita de trece años” teniendo sexo, directamente apunta a Manuel María Guillén. No se trata pues de un “padre” biológico, sino de un padre mediante padrinazgo, un padrino. Y el “desconocido” no es otro que Víctor Manuel Arguedas, y mediante esa palabra quizá se alude a que vivía en un lugar muy lejos, un lugar que era para la mayoría “desconocido”. Hay muchos elementos en este relato que son comunes entre Supe y Karkeki y muchos otros que son mencionados y, a pesar de su dispersión, nos permite identificar mejor a los actores.

La segunda versión -que en realidad es la primera que escribiera Arguedas- está en la novela “Todas las sangres” (1964), en varios lugares y es más completa que la ya dada. Consignemos que Juanita era una mujer bajita, algo jorobada, gorda, de caderas anchas, cabellos castaño claro muy largos y amarrados en trenzas hacia arriba, ojos muy claros, quizás azules; era muy religiosa. Todo eso es desfigurado -aunque se puede reconocer- cuando, evidentemente, se convierte en Gertrudis, llamada la kurku (jorobada[5]). Arguedas señala: “A la kurku no la dejaron salir nunca de la casa. La vieja señora la recogió cuando supo que la kurku había cumplido tres años. Era hija de un lacayo del patrón. Los padres se la dieron agradecidos.

- Está ‘marcada por el Señor’, debe ser mía -había sentenciado la vieja señora. Ya era de edad entonces” (“Todas las sangres”, p.62, tomo I).

Sobre la violación se dice: “Don Bruno la corrompió, derramó sobre ella [la kurku] su maldita semilla y la malogró. Tenía doce años no más, y ese cerdo del infierno la violó en el corral” (Ibid. p.19, tomo I). “Don Bruno la forzó. Pero ella se dejó llevar al corral sin quejarse, sin pedir auxilio. Medio con sangre, temblando, él la devolvió a la cama de pellejos en que dormía” (Ibid. p.62, tomo I).

Cuando los franciscanos se van de Karkeki, después de la Bajada de Reyes de 1911, el niño les es entregado para que lo hicieran llegar al padre, Víctor Manuel Arguedas, en Andahuaylas: “Manuel María Guillén no habrá querido... ¿Qué cosa habrá sentido? Vergüenza (...) ¿Por qué le habrá dado su hijo [de Juanita] a los curas?” (Hija de Pablo Tejada Guillén).

Recordemos aquí que en Huanipaca, a la criatura recién nacida, la aislaban rigurosamente, junto a su madre, durante un mes, para evitar que muriese pues estaba indefenso contra todas las fuerzas malignas. Es difícil, dada la religiosidad de Manuel María Guillén, que el niño no fuese bautizado estando los franciscanos allí. Igualmente es difícil que el viaje se produjese antes de cumplirse el mes de aislamiento. ¿Esperaron los franciscanos como un favor especial? ¿O, si se fueron antes, Juanita tuvo que irse también para proteger al niño? “Juanita tuvo un hijo. No lo amamantó. Lo siguió hasta que él tuvo 5 o 6 años, a... (audio incomprensible)” (Luz Marina Tejada). Juanita acompañó al niño y permaneció con él hasta que cumplió los 6 años, que es cuando se fue a vivir a Puquio con su padre.

Veamos que dice el profesor Gutiérrez en su resumen: “Ellos [los familiares] supieron manifestar en el idioma quechua de que verdaderamente Juanita ha trabajado allí y muy posiblemente haya tenido un hijo que andaba con ella en la hacienda y después desapareció. Esto daría a entender más o menos que cuando el chico lo llevan a Andahuaylas, de allí regresa acá (a Abancay) y hace sus estudios... (audio ilegible)” (Blandy Gutiérrez en su resumen de las entrevistas). Ha de ser por eso que Luis E. Valcárcel dice: “En Apurímac tuvo a su hijo José María, quien en un primer momento lo acompañaba en sus viajes, pero luego fue abandonado en una comunidad del mismo departamento de su nacimiento, cuando sólo contaba con cuatro o cinco años de edad” (“Memorias”, p.371). Es posible que José María regresase a Karkeki con Juanita al morir Victoria Altamirano -hay un error en la datación de Valcárcel pues se trataría de los 2 años y medio a los cinco- y luego fuera a Abancay a estudiar, cuando contaba los cinco años de edad y parte de cuando tenía seis años. Esto último siguiendo al abanquino Lucio D. Castro Medina -nacido en Cachora cuando formaba parte del distrito de Huanipaca- en el libro “Abancay de mis recuerdos” (p.62). Castro estudió con José María Arguedas en la escuela 661.

En sus últimos días, Juanita perdió la razón y se la pasa hablando del “niño”, de “mi niño. Transcribimos lo que la hija de Pablo Tejada Guillén dijo, después de enterarse de nuestra hipótesis de que Juanita había tenido un hijo:

- Entonces era por eso que la Juanita lloraba pues, andaba... o sea, dice que cuando ya estaba perdiendo el uso de razón ella buscaba a su hijo, le llamaba... (audio incomprensible).

- ¿Buscaba a su hijo?

- Buscaba al esto... a un tal... pero siempre ella hablaba por “el niño”, “el niño”, andaba buscando al “niño”.

- Sí, porque a él le llamaban “niño”.

- Cuando ella se estaba volviendo desquiciada, andaba buscando al “niño”, preguntaba dice por “el niño” siempre (...) Juanita Tejada buscaba al “niño”, al “niño”.

- ¿”Mi niño” decía?

- “Mi niño”. Esto es lo que yo... sé siempre... mi papá [Pablo Tejada] también decía “mi niño” (...)

- ¿No decía [Juanita] “mi hijo”?

- No decía. Solamente decía “el niño” (Hija de Pablo Tejada Guillén).

Traigamos a colación la consideración de que en sus primeros relatos autobiográficos José María se llama a sí mismo “niño” (recuérdese especialmente “Warma kuyay” traducido por el mismo Arguedas como “Amor de niño”. “Warma” le dicen al niño indio, porque al hijo de misti le dicen en español “niño”).

En 1962 Arguedas conoce, en Chile, a Pedro Lastra, cuya esposa tiene por nombre Juana y aparece en las cartas de Arguedas como “Juanita”. Es interesante entresacar algunas partes de esta correspondencia (Editadas por Edgar O’Hara) y mezclarlas teniendo en cuenta lo anteriormente visto. Arguedas le decía a P. Lastra: “Ahora tengo un pueblo [Chile] de hermanos que me acompañan por dentro: tú especialmente (...) y por último la inagotable maternidad de Juanita” (20 de mayo de 1963, p.36). Por esto, acaso, también decía: “A ti y a Juanita los tengo como si estuvieran a la vuelta de la esquina o más cerca, en mí mismo” (26 de abril de 1962, p.20). Luego señalaba: “A mí la ciudad [Santiago] y su calor seco me hace renacer” (no tiene día, es de 1962, p.28)... Me hace “renacer”.

Resulta interesante que, en ese contexto, Arguedas le enviara a Lastra el harawi escrito para Demetrio Rendón Willka por su padre, y que luego aparecería publicado en “Todas las sangres”: “No has de olvidarte, hijo mío,/ jamás has de olvidarte:/ vas en busca de la sangre,/ has de volver para la sangre,/ como el gavilán que todo lo mira/ cuyo vuelo nadie alcanzará” (22 de mayo de 1963, p.71). Vas en busca de la sangre... es, eso, esencialmente, lo que lo hacía ir a Santiago, es decir, la solución del problema cuyo origen se situaba en su infancia y en el que tanta importancia tenía precisamente Juanita, la madre india, aquella mujer que le dio la vida: “Voy donde ustedes en busca de energía. Sólo Chile me da vida” (21 de septiembre de 1963, p.75). Chile y Juanita están relacionados, al menos desde que conoce a P. Lastra y a su esposa Juanita. “En ti Pedro, y en otra persona, encuentro el símbolo de lo que Chile representa para mí: la resurrección y la felicidad; es decir, la felicidad que hace posible la resurrección” (23 de abril de 1963, p.74). No excluimos que se haya entendido, cuando se refiere aquí a la “otra persona”, que pudiera tratarse de Lola Hoffmann... no hay que olvidar que a ésta la llamaba “mamá Lola”; y todo esto también está dentro de las ambigüedades con que Arguedas gustaba jugar, para confundir a quienes lo escuchaban o leían.

La profunda religiosidad de Manuel María Guillén (que estudió en el Seminario y no hizo los votos sacerdotales para encargarse de sus haciendas), hacía imprescindible que el niño fuese bautizado durante el tiempo que estuvieron los franciscanos en Karkeki: “Manuel María Guillén quería que los niños se bauticen de meses, no de grandes, no admitía que crezcan sin bautizo (...) Mandaba a los empleados a los caseríos a ver cuántos niños había para bautizar, cuántos matrimoniantes hay para que se casen y el empleado traía el número de todos” (Erlinda Guillén Guillén, hija de Manuel María Guillén). El probable nombre del primer bautizo de José María habría sido Alberto Federico[6] Arguedas Tejada. Todo esto es lo que nos lleva a considerar que José María nació mucho antes de lo que hoy se considera. Probablemente haya sido un 22 de diciembre su fecha real de nacimiento[7]. Esto haría su caso similar al de José Carlos Mariátegui.

Por todo lo dicho, no resulta nada raro que José María Arguedas haya hecho resaltar tanto en “Runa yupay”[8], (ambientada en Huanipaca), las madreselvas (donde se puede destacar la palabra “madre” si eliminamos “selva”) que su tía Amalia tenía en el patio de su casa, que estaba situada frente a la plaza de armas del pueblo. En “Los ríos profundos”[9], desde el mismo nombre está presente Karkeki, pues “ríos profundos” es el nombre con que se conoce el lugar donde se unen los ríos Apurímac y Pachachaca, en el confín de la hacienda Karkeki (que limita con Andahuaylas y La Convención), cerca de Cachicunca (las minas de sal que están el interior de esta ex hacienda). Muchos otros elementos de esta novela son huanipaqueños, y de Karkeki mismo, comenzando por el mismo “viejo”, a quien se consigna con el nombre de Manuel Jesús Guillén.

Huanipaca está presente, también, en el relato “Diamantes y pedernales” -ambientado claramente en Apurímac- a través de su personaje principal “don Mariano”, quien es reconocido como propio de este distrito... La misma “opa Marcelina” de “Los ríos profundos” ha sido reconocida también como propia de Huanipaca. Recordemos que a los originarios de Huanipaca se les conoce con el mote de “sonsos” (opas), por el bocio que existió en ese lugar. Lo que nos muestra el porqué de la costumbre de Víctor Manuel Arguedas y de Arístides de llamar “zonzo” a José María, y éste mismo se motejaba así en algunas cartas. Lo que nos dice que ellos sabían del nacimiento de José María en Karkeki.

Hay una “confusión” (que en realidad no lo es) muy grande cuando se habla de Karkeki, de Huanipaca y de Abancay pues es como si se estuviera hablando del mismo lugar cuando se los menciona. Y sus razones existen para ello. Es en esta línea podemos considerar a Valcárcel cuando dice que el abogado “en Apurímac tuvo a su hijo José María” (“Memorias”, p.371), y recordar que cuando habla de “Apurímac”, la gente se refiere a Abancay. Véase, como un ejemplo, cuando se menciona el carnaval apurimeño, únicamente (o preferencialmente, si se quiere) se hace referencia al carnaval de Abancay. Dentro de todo lo que llevamos diciendo, no está nada fuera de contexto esta identificación de Apurímac con Abancay, donde se encuentra Huanipaca.

Opa Marcelina... Opa Mariano... es curioso que en “Warma kuyay” se haga varias veces referencia -al inicio mismo del relato- a que su personaje central -autobiográfico- sea un “sonso”, un opa. “Sonso” es el mote con que se conoce a los huanipaqueños en la zona, haciendo alusión indudable al cretinismo que acompaña al bocio. “Huanipaca, como todos esos rincones de Apurímac, es pueblo de indios; k’oto llak’ta, le dicen los indios de ese lado del Perú; porque hay mucha gente con coto [bocio], hombres, mujeres y niños; dicen que por el agua, o por el aire; hay indios que tienen hasta dos y tres bultos en el cuello” (“Runa yupay”, p.128). ¿Ante todo esto no nos resulta por demás interesante que Arguedas fuese tan afin a una señora con bocio? “Él (José María Arguedas) era muy pegado a mi abuela Josefina Vernal que era ciega y le hablaba largamente, los dos solitos en la penumbra. Y mi abuela sufría de esa misma enfermedad del bocio que dices había endémico en ese pueblo, a esas aguas de beber, les falta yodo, mi abuela era natural de Iquique, Prima del héroe Alfonso Ugarte Vernal.” (Cecilia Bustamante Moscoso, carta del 21 de abril de 2005).

Cecilia añade: “José María conversaba mucho con mi abuela en la penumbra del comedor; yo los observaba a través de la mampara, en alguna tarde opaca de invierno limeño que me apretaba el corazón con algo parecido al miedo. Desde mi sillita de mimbre veía que estaban juntos a la cabecera de la mesa, como si él estuviera dando quejas de sus penurias de niño. La abuela sacudía la cabeza, le hacía preguntas, le tanteaba la mano.” (“Una evocación de José María Arguedas). Dos importantes personajes de la novela “Todas las sangres” llevan el apellido K’oto: Adrián[10] y su hijo David, que viven en la hacienda La Providencia, descrita con tantos elementos comunes con Karkeki (incluyendo su pisonay[11] que tiene ya más de ciento cincuenta años). Este apellido, K’oto, es escrito como escribe José María Arguedas, en ”Runa Yupay”, la traducción quechua de “bocio”, es decir, “k’oto”.

Con todo lo anteriormente tratado, comprendemos mejor el que Arguedas haya dicho que nació en la cultura india. Indio lo consideraban en la Universidad de San Marcos y, por cierto, también en la Peña Pancho Fierro donde cantaba y tocaba guitarra. Yolanda López Pozo puntualizaba que José María Arguedas “tocaba la guitarra y cantaba sus huaynos con mucha emoción, le gustaba hacerlo como un verdadero indio” (Pinilla, “Arguedas en familia”, p.399). Él dijo lo mismo en varias ocasiones. Arguedas quiso escribir en quechua desde el inicio (John Murra, “Semblanza de Arguedas”). Señalaba José María Arguedas: “Conozco la cultura india por haber nacido en ella. Yo aprendí a hablar en quechua” (“Canciones y cuentos del pueblo quechua”, p.166). A Hugo Blanco le decía: “Hermano, querido hermano, como yo, de rostro algo blanco. Del más intenso corazón indio, lágrima, canto, baile, odio” (Carta de Arguedas a Hugo Blanco, 1969, p.13-14). Por esta razón él puntualiza también: “Con el cariño de los indios me sentía protegido (...) Ellos eran mi familia. Yo no entendí nunca bien el mundo de mi padre” (Arguedas, Testimonio, sobre preguntas de Sara Kastro Klarén, p.47[12]). Su madre, india, vivió con él hasta que tuvo seis años de edad. Pero nunca lo trató sino como “niño”. Su padre era de ascendencia española.

Con lo anterior comprendemos qué quiere decir cuando escribe: “¿Quién soy? Un hombre civilizado que no ha dejado de ser, en la médula, un indígena del Perú; un indígena, no indio” (citado en Cecilia Bustamante, “Una evocación de José María Arguedas”, p.188). La aclaración “indígena, no indio”, hace referencia a algo que ni él mismo diferenció. Está aquí otra muestra de lo que llamábamos “ambigüedad” anteriormente. En sus obras no hay diferencia entre indio e indígena. En realidad, él nos está diciendo que siendo un hombre civilizado, no ha dejado de ser indio. Lo puntualiza claramente. Además, “indio” se llamó a sí mismo directamente (Ver carta a Pedro Lastra de 23 de marzo de 1963, p.72)...


Bibliografía

ARGUEDAS, José María
• “Amor mundo”. En “Relatos completos”. Editorial Horizonte. Lima, 1987.
• “Canciones y cuentos del pueblo quechua”. En “José María Arguedas, ¡Kachakaniraqmi! ¡Sigo siendo! Textos esenciales”, Edición de Carmen María Pinilla. Fondo Editorial del Congreso del Perú. Lima, 2004.
• “Canto quechua con un ensayo sobre la capacidad de creación artística del pueblo indio y mestizo”. En “José María Arguedas, ¡Kachakaniraqmi! ¡Sigo siendo! Textos esenciales”, Edición de Carmen María Pinilla. Fondo Editorial del Congreso del Perú. Lima, 2004.
• “Diamantes y pedernales”. En “La agonía de Rasu-Ñiti”. Populibros peruanos. Lima, s/f.
• “El forastero”. En “Relatos completos”. Editorial Horizonte. Lima, 1987.
• “Mar de harina”. En “Relatos completos”. Editorial Horizonte. Lima, 1987.
• “Los ríos profundos”. Editorial Horizonte. Lima, 1986.
• “Runa yupay”. En “Relatos completos”. Editorial Horizonte. Lima, 1987.
• Testimonio, sobre preguntas de Sara Kastro Klarén. En la revista “Hispamérica”. Año IV, Nº 10. Buenos Aires, 1975.
• “Todas las sangres”. Biblioteca peruana, Ediciones PEISA, Lima Perú, 1973. Dos tomos.
• “Warma kuyay”. En “Relatos completos”. Editorial Horizonte. Lima, 1987.

ARGUEDAS, José María y Hugo BLANCO.
• “Correspondencia entre Hugo Blanco y José María Arguedas”. En la revista “Amaru”. Nº 11. Publicada por la Universidad Nacional de Ingeniería. Lima, diciembre de 1969.

BUSTAMANTE, Cecilia.
• “Una evocación de José María Arguedas”. En el Número especial dedicado a José María Arguedas de la “Revista iberoamericana”. Volumen XLIX, número 122, enero-marzo 1983.

CASTRO MEDINA, Lucio D.
• “Abancay de mis recuerdos”. Lima 1973.

FORGES, Roland.
• “José María Arguedas, la letra inmortal. Correspondencia con Manuel Moreno Jimeno”. Ediciones de los ríos profundos. Lima, 1993.

GUILLÉN, Manuel María.
• Testamento de 1933. Arequipa. Fotocopia expedida en 1958, del original que se encuentra en el archivo del Notario Víctor Rojas, administrado por el Notario Eduardo Benavides Benavente[13].

MURRA, John y Mercedes LÓPEZ-BARALT, editores.
• “Las cartas de Arguedas”. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1996.

MURRA, John V.
• “Semblanza de Arguedas”. En, “Cartas a Arguedas”. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1996.

O’HARA, Edgar, editor.
• “Cartas de José María Arguedas a Pedro Lastra”. Colección Entre Mares. LOM Ediciones. Santiago de Chile. Agosto de 1977.

ORTIZ RESCANIERE, Alejandro (editor).
• “José María Arguedas, recuerdos de una amistad”. Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial. Lima. 1966.

PINILLA CISNEROS, Carmen María (Editora).
• “Arguedas en familia”. Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial. Lima. 1999.

VALCÁRCEL, Luis E.
• “Memorias”. Instituto de Estudios Peruanos (IEP). Lima 1981.


Notas

[1] Como bien nos dijera Angélica Aranguren Paz.

[2] En un viaje anterior -en realidad de no mucho tiempo antes- que hicimos acompañando a Francisco Xavier Solé Zapatero, tuvimos la oportunidad de escuchar en Abancay, de labios de una jovencita, sin que nosotros hayamos hecho ninguna alusión sobre el particular, esta misma versión que ya por entonces llevábamos. Ella nos decía lo que pensábamos... Mayor razón para volver.

[3] Hicimos que Alejandro Tejada tuviera en sus manos los “Textos esenciales” de Arguedas editado el 2004 por Carmen María Pinilla Cisneros, que tiene en la portada un nítido retrato de José María Arguedas, y nos maravillamos de la semejanza existente entre uno y otro rostro. El mismo Alejandro Tejada lloraba cuando veía la foto y escuchaba lo que le contábamos nosotros. Él nos dijo no tenía noticia de un posible pariente con la fama de éste que le mostrábamos, como tampoco la tenían sus hermanos Lázaro y Néstor. Pero sí conocían de esto sus hermanos mayores Pablo y Melchor. Los sobrinos de Juanita Tejada tienen un recuerdo grato de ella. Especialmente Alejandro, que manifiesta que fue su preferido... y el parecido explicaba el porqué.

[4] Algunos estudiosos de Abancay llaman a Manuel María Guillén con el nombre de “Manuel Jesús Guillén”, que denota la influencia de los franciscanos, que lo hacían llamar así porque no eran Marianos (Agradecemos la aclaración sobre el particular que nos hiciera Ricardo Melgar Bao oralmente). Este es el origen del nombre éste, que figura en “Los ríos profundos”.

[5] José María Arguedas señala que Kurku es “jorobada”, pero en el quechua de Lucanas “kurku” en realidad significa “doblada”, “agachada”, esa palabra no describe a una persona jorobada, aunque puede admitir una ligera joroba, justo como era Juanita Tejada. En Lucanas existe una palabra específica para la persona que tiene joroba, y es: “moqawasa”, que significa “jorobada”.

[6] Según se consigna en “Todas las Sangres” (p.217, tomo II), para el hijo de don Bruno, Alberto Federico Aragón Gutiérrez Chalcos. Al niño que nacerá se da como apellido materno el propio apellido materno de Juanita: Gutiérrez. En la Novela se encuentra en cursiva los apellidos Gutiérrez y Chalcos, que nos estaría indicando que había que poner atención a esa relación. Los indígenas de la novela dicen: Alberto Federico Aragones Gutiérrez Chalcos.

[7] Lo decimos guiándonos por la forma especial con que menciona esta fecha y cómo se la siente con relación al 18 de enero, en una carta de 1968 (Carta a John Murra, 22 de febrero de 1968, p.188). Sabemos que en Chimbote no le prestaba mucha atención a su cumpleaños oficial.

[8] No era casual que Arguedas escogiera la comunidad de Huanipaca para ambientar un relato que iba a ser de difusión obligatoria en todo el país: llegarían (es decir, llegaron, cuando se imprimió) tres ejemplares a cada colegio para ser leídos y analizados y seguidos por los maestros como guía para el censo de 1941. Hemos tenido la ocasión de ver un ejemplar que llegó al colegio de Huanipaca. No, no era casual que escogiera esta comunidad. Ni fue tampoco casual que, después de salir del Sexto, se fuera a esa comunidad a pasar un tiempo. Se pasaba la mañana sentado en un cerrito que está al costado de la población -un cerrito llamado Sicuco-, desde donde se divisa el imponente Apu Salqantay, y desde el cual puede verse también Choquequirao, el lugar donde se debe haber refugiado Manco Inca de los españoles, según apunta la tradición huanipaqueña.

[9] Aunque, lamentablemente, los abanquinos, se hayan sentido heridos por lo que Arguedas dice de Abancay. Por esto sus intelectuales rechazan airadamente a José María Arguedas, muchos sin conocerlo, sin haberlo leído. Claro que hay intelectuales, como Lina Chauca, que lo respetan y aman mucho y hasta se fueron a Andahuaylas a rendir tributo a sus restos, cuando fueron trasladados a ese lugar, diciendo: Al fin Arguedas está en Apurímac.

[10] “Adrián K’oto, cabecilla de Kuychi y de todos los siervos de los Aragón de Peralta” (“Todas las sangres”, p. 41, tomo I).

[11] Recordemos que el féretro de José María Arguedas fue velado junto a un pisonay -que hoy ya no existe- en la Universidad Agraria de La Molina... el mismo árbol que se encuentra en el patio de la ex hacienda Karkeki, donde estamos considerando que él nació. Resulta sumamente curioso.

[12] Ver también “Canto quechua”.

[13] Erróneamente se le atribuye a Juanita el apellido Pérez en este testamento, en lugar del suyo propio que era Tejada. Muchos estuvieron ese mismo error. Ella era conocida como “Pérez” porque gustaba cantar -con sus hermanos- una canción llamada “Pérez uchucha” (Ajicito de Pérez). En realidad todos eran conocidos como los Pérez. Algo influye, por supuesto, que el apellido materno del padre fuese precisamente Pérez.

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