9 de diciembre de 2018

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BOLIVIA: DE LA HISTORIA A LA ANÉCDOTA

Por: Alfonso Gumucio D. (*).

1ro de diciembre de 2007

El discurso que fortalece a la derecha.

El diablo no sabe para quien trabaja, dice el refrán. Parece que en el clima de confrontación y violencia que vive nuestro país en este momento, la derecha se prepara para ocupar un espacio en disputa que está lamentablemente desprotegido por la izquierda. De pronto, el siempre ausente Tuto Quiroga aparece por todas partes. En río revuelto, ganancia de pescadores, dice otro refrán. Así como el Embajador gringo Manuel Rocha facilitó la victoria de Evo en las anteriores elecciones generales, ahora Evo está allanando el camino para que el Niño de Praga (Quiroga) lo sustituya en el gobierno en las próximas elecciones.

La torpeza de los operadores políticos del MAS es digna de Ripley. En lugar de rescatar a sectores progresistas como aliados, se enfrenta a ellos y se aísla. La habilidad del gobierno para hacerse de enemigos es proverbial. El discurso de “todos los que están en contra son derechistas y cachorros de la dictadura” es una estupidez del tamaño de un avión, porque no discrimina los argumentos. Por ejemplo, uno puede ser de izquierda y no estar de acuerdo en que Evo Morales quiera reelegirse como presidente indefinidamente. Esa convicción sobre la alternabilidad en el poder no hace a nadie derechista o reaccionario, porque uno puede tener otras opciones de izquierda que no se llamen Evo Morales.

La personalización de la política se mantiene como en las peores épocas del caudillismo. Con Evo Morales o contra Evo Morales, no hay matices, no se admiten posiciones divergentes. El autoritarismo con el que se trata de imponer esa consigna es inaceptable. En el espectro político boliviano hay muchos matices, y la hegemonía de la izquierda no la tiene, desde luego, Evo Morales. Ni siquiera tiene la hegemonía del discurso indigenista, a juzgar por las apreciaciones que vierten sobre él otros sectores indígenas que consideran que él ha usurpado ese discurso.

Son tantos los frentes que se ha abierto el gobierno, que ya no tiene capacidad de manejarlos, por ello acude a la confrontación que genera violencia y muerte. Lo triste de todo esto es que un proceso en el que creímos ha sido desvirtuado, maltratado y malversado. Las esperanzas de ver un cambio se reducen cada vez más por la suma de actitudes beligerantes, autoritarias e irracionales del gobierno.

El discurso de Evo era un discurso “cocalero”, nada más, y con la llegada al poder se fue transformando en un discurso indigenista, nacionalista y hasta “socialista”. Pero todo eso es solamente a nivel del discurso, porque hay una distancia enorme entre las medidas concretas y el discurso demagógico y electoralista que todavía impera. Evo sigue en campaña, por eso no logra gobernar.

Las palabras sirven para confundir. Los discursos se adaptan caprichosamente al momento político. Desde la perspectiva del gobierno, cuando la gente sale a la calle para protestar y manifestar su oposición, son “turbas”, son “sediciosos”, son “violentos” pero si salen para manifestar su apoyo son el “pueblo” activo y combativo. El gobierno del MAS usa el mismo lenguaje que cualquier otro gobierno para descalificar a sus enemigos, no muestra en ello la mínima originalidad.

El MAS está bebiendo de su propia medicina, ahora siente el fuego de las manifestaciones públicas que tanto alentó, organizó y propició cuando estaba en la oposición. Los enfrentamientos en Sucre se parecen mucho a los hechos lamentables de Cochabamba que también tuvieron un saldo de dos o tres muertos. Pero en aquella ocasión fue el MAS el que propició la violencia, por lo tanto eso no era “malo”. El oportunismo con que se pretende escribir la historia es lamentable. Lo que queda claro es que el gobierno del MAS está rifándose una oportunidad única de hacer Historia, con mayúscula, y solamente está haciendo anécdota.

(*).Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Es autor de una veintena de libros y películas documentales, y ha trabajado en seis continentes en proyectos de comunicación participativa para el cambio social. Es Director Ejecutivo del Consorcio de Comunicación para el Cambio Social.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" hasta el golpe de 1980, y ha publicado en diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia.

Desde 1980 su trabajo en comunicación para el desarrollo lo ha llevado a todas las regiones del planeta. Trabajó con UNICEF en Nigeria (1990-94) y Haití (1995-97); fue director del "Tierramérica" (1998), una plataforma regional de información para el medio ambiente. Ha sido consultor de FAO, UNESCO, PNUD, PNUMA, la Cooperación Australiana, UNAIDS, DTCD y la Fundación Rockefeller en proyectos de comunicación para el cambio social.

Ha escrito veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación: Historia del Cine Boliviano (México, 1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) que obtuvo el Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México (INBA); y Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001),

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