17 de enero de 2022

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CULPA DEL HOMBRE INVISIBLE

Cuento de Eduardo Pérsico.

30 de septiembre de 2010

Una memoria amable y compartida sobre aquel refugio de aventura adolescente, del cómo recorrer los siete kilómetros y entrar por el monte,

Cuando la empresa ferroviaria cerró el empalme con enlace a Córdoba, durante años por ahí se aquietó el paisaje pueblerino. Lejos del caserío quedó un surco de tierra apisonada y olvidado entre yuyales un depósito vacío con paredes de mampostería y doble techo de zinc. Sin trenes se depreció la región pero los comisionistas, tenderos y gente de oficio que iría llegando produjo que además de tractores, cosechas y rumores se hablaran otros temas.

Así, los viejos amigos de juntarse en el bar los fines de semana solían debatir cuestiones con cierto vuelo: como que ‘las matanzas la disponían quienes también culpaban de cualquier crimen al hombre invisible’.

- Un invento de usar a voluntad - les ironizó el dueño yendo y viniendo del mostrador. El médico setentón que fuera Comisionado Regional dos veces, un agente de viajes que los viernes al atardecer volvía de Buenos Aires ‘a mi lugar en el mundo’, al primer ingeniero electrónico de la región y un locuaz comerciante de campos y haciendas eran los cuatro infaltables al encuentro, con más a rachas el patrón del negocio.

Y una vez rodeando un incierto debate previo, enhebraron al galpón del ferrocarril ‘abandonado por el años veinte y ninguno de nosotros había nacido’. Una memoria amable y compartida sobre aquel refugio de aventura adolescente, del cómo recorrer los siete kilómetros y entrar por el monte, la técnica en abrir sus candados y encender un fogón en el invierno o el desafiarse por deporte bajo el techo de dos chapas ardientes algún mediodía. Entreverando esos renglones con pesadas oraciones de trasnoche a ‘los Privilegiados’, los cuatro aportarían a un plan trabajoso sólo con suponerlo a incomodar la indiferencia de esa gente.

Entre ellos el entusiasmo crecería en certezas y quizá, imaginaron que un mediodía de verano al galpón vacío llegaron unas cuarenta personas de distinto idioma a proseguir el Turismo de Aventura por la región del gaucho en la Argentina, un exótico país. Un elegido grupo de mujeres hermosas y hombres pudientes tan felices de gustar el famoso asado con cuero en la lejanía pampeana; inquietante propuesta que de entrada desecharía el brutal calor de febrero y la inutilidad del teléfono portátil. A ninguno alarmó el resonar de dos portones al cerrarse, el zumbido del ómnibus al irse ni el reseco piso de tierra, aunque el hábito de viajes les advirtió la falta de baños, el espontáneo retiro de los asistentes más lo irracional de un posible encierro. Y luego del primer comentario en grupo todos se irían desmadejando; habría renglones inusuales en el libreto de cada personaje que reventaron en un aullido de puteadas en diferente lengua. A todos algún párrafo animal le fijaría el mismo registro de cualquier condenado ante la flojera de ser sólo una persona, y ya nadie lució bien sin el habitual estilo de aula y de familia que los hacía distintos ante el mundo y sin ninguna culpa. Al anochecer cada apremio de mear y cagar arrinconados más los convertiría en Multitud y cuarenta Indiferentes sin fiesta gauchesca ni cabalgata, fueron la turba miserable que naufraga del hambre a la inmundicia, y agonizan en el sórdido mundo de esa especie que repudian los indiferentes. ‘Ustedes han de vivir una experiencia irrepetible’, quizá le concertaron en la Tourims Agency bien lejana de aquel galpón vacío en medio de la pampa...

-  Vamos, que al Poder no le hace ni cosquillas. Ya imaginarán algo invisible a culpar por todo eso y listo – se volvió el dueño al mostrador y los cuatro se miraron...
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Naturalmente y a su tiempo, ninguno pisaría más por el café donde los creían unos viejos delirantes. Aunque nunca se sabe. (Set. 2010).

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.