17 de enero de 2022

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PASAJEROS DEL MISMO VIAJE

Cuento de Eduardo Pérsico

26 de abril de 2010

Dos hombres repitieron durante años sus viajes en el mismo tren, con salidas seis en punto y llegadas seis y quince a Constitución. Quien ya venía sentado leyendo era un empleado de Tribunales conocido por jueces y secretarios, que sonreía para sí al ver en el diario algo que trabajara en su escritorio. El otro, que suponía ‘este viene desde Temperley, tan cómodo’, viajaba de pie sobre el pasillo y era el padre de Jorgito; un pelo corto que por la tarde tecleaba escalas en el piano, aún lejos de Bach y de Clementi. El de viajar sentado pensaría que el mismo horario los igualaba ante las arengas del ministro de economía, ocultas amenazas oficiales y paros sorpresivos que engrosaban la charla de cada cual en su trabajo. Palabrerío donde después de ‘todos los días una huelga, qué barbaridad’ llegaba el irrisorio ‘este país necesita alguien que mande’; aquel aliento a comunicados militares, recomendaciones de uniforme con fuerza de ley y la bendición de dios para proteger la patria. Y cuando el calor renacía el yuyal entre las vías, ellos dos no se cruzaban en tanto sus vacaciones no coincidían.

Por los años setenta Jorgito, que ya era Jorge, consiguió trabajo como pianista y aquel verano sus padres se lucieron diciendo ‘sí, anda por la costa haciendo baladas, rock y esas cosas. Le va muy bien’. Y al retornar en otoño usando barba y un lenguaje enrevesado, ‘este Jorgito’ los preocupó. De pronto entre armonías de Bela Bartok y desenfados del Jazz Quartet, se trenzaría con sus nuevos amigos en descifrar el compromiso social del canto y si la música era el arte de apasionar la política. O cosas así.

Los dos pasajeros imaginarían al otro; trabajos, mujer, hijos; y también los acompasaba la idea sigilosa de la jubilación. Cierta vez hasta compartieron un asiento sin hablarse, pero de tanto Lanús a las seis y en quince minutos terminal Constitución, irían opacando trajes y corbatas y sospecharan los arpegios de lluvia tras el vidrio. Eso sí, sin dejar de apreciar a las muchachas volviendo del verano piel caoba, aquel tren a tren tiempo a tiempo les cambiaría el paisaje sin notarlo.

Jorge sin más noticias se fue convirtiendo en un sollozo perpetuo de su madre, ‘dios quiera que por la música haya viajado lejos’, al tiempo que el empleado de Tribunales iría sabiendo de invisibles tratantes en negociar hijos de personas asesinadas. Desaparecidas. Y tantos ‘vaya uno a saber’ farfullados en pasillos y mingitorios del Palacio de la Justicia. Igual, por los noticiosos litigarían generales contra brigadieres por más incienso en la iglesia, sin confesar el sitio de ningún oculto cementerio.

Y pasados ya más de veinte años, cierta vez entrando a la terminal algún muchacho revoleó unos volantes y saltó a correr por el andén. Mirándose a ráfagas ambos leyeron algo del hambre y el gobierno usurpador y al bajar del tren, quizá elevaran las cejas conviniendo. .
- ¿Qué le parece si tomamos un café? – dijo uno sintiendo continuar un diálogo anterior.
- Por supuesto. Dspués de tanto, ¿quién nos puede reclamar por llegar tarde?.

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.