4 de septiembre de 2014
edicion 440
Información y análisis de América Latina y del mundo

MANUEL SCORZA: TESTIMONIO DE VIDA

Domingo 14 de febrero de 2010

Conversación con Roland Forgues (meritorio peruanista francés, autor de valiosas obras, entre ellas La estrategia mítica de Manuel Scorza) y Gregorio Martínez (notable narrador peruano). París, 1983. Publicada en 1986, en Munilibros, por la Municipalidad Metropolitana de Lima.

Segunda parte de mi libro Manuel Scorza Relámpago Perpetuo / Antología Poética – Testimonio de Vida, con relevante Prólogo de Winston Orrillo. Lima, 2000.

Derechos Reservados / Herederos de Manuel Scorza De esta edición / Jaime Guadalupe Bobadilla

Yo nací en Lima, (el 9 de setiembre de 1928)*, en la Maternidad, ese hospital en donde actualmente las madres parturientas se hacinan hasta el horror. Está ubicada, recuerdo bien, en la cuadra 14 del jirón Miró Quesada. En realidad, no he vuelto a pasar por la Maternidad de Lima, ni creo que haya entrado nunca, aunque nací ahí.

Y ahora veo que, verdaderamente, no tengo un sitio de nacimiento; porque un hospital no es, pues, un lugar de nacimiento. Sé que a mi madre la despacharon muy rápido de la Maternidad, porque necesitaban la cama para otra parturienta. En ese entonces siquiera era así, porque ahora, sabemos, acomodan a la vez a dos o más parturientas en una misma cama. Sí, yo nací en la Maternidad de Lima.

Veo que mi vida está muy relacionada con las clínicas y con los hospitales. Y, singularmente, está relacionada con el Manicomio Larco Herrera, de Magdalena, en Lima; allí donde encierran a los locos. Esto porque mi padre conoció a mi madre ahí, en el manicomio. Él era obrero y trabajaba en ese hospital para locos.

Mi padre pertenece a una familia numerosa, de muchos hermanos, que siendo aún pequeños se quedaron librados a la sola protección de mi abuela, es decir, a la miseria, por más que mi abuela luchaba heroicamente para darles de comer. Y sabemos muy bien que dar de comer a los hijos es muy difícil en pueblos andinos tan pobres como Matara, en Cajamarca. Mi abuelo, el padre de mi padre, se había ido al oriente, al Putumayo, en la época del apogeo del caucho, con el sueño de hacer fortuna. Entonces los hijos, golpeados por el hambre que rondaba el hogar, sostenido únicamente por la abuela, se fueron desperdigando por el mundo, algunos para no volver ni verse nunca más.

Así es como mi padre, después de penurias extremas, llega a la hacienda cañera Casagrande, en Trujillo, es decir, ya en la costa, para trabajar como obrero. Mi padre había pasado penalidades tan extremas, junto con sus hermanos, que esto los marcó mucho. Yo creo que la tradición de desgracia que hay en un pueblo, en una familia, produce una marca muy profunda. Mi padre era, pues, cajamarquino, de Matara.

Mi madre también proviene de una familia en la que, igualmente, habían ocurrido grandes y tremendos dramas, realmente dostoiewskianos, que constituyen un aspecto que aún no he tocado en mis libros. Mi madre había llegado a Lima huyendo también de la miseria, embarcada en esas primeras olas de migrantes que llegaban de las provincias hacia la capital.

Entonces se encuentra con mi padre en el Manicomio Larco Herrera, porque él ya se había trasladado de Casagrande a Lima. Él entró a trabajar como mecánico, ahí, en el manicomio. Seguramente había aprendido ese oficio en el ingenio azucarero de Casagrande. Y cuando entra al manicomio, ya mi madre estaba ahí, trabajando como ayudante de Enfermería, como una muchacha auxiliar que debía cuidar y atender a los locos.

Entonces, mis padres se conocen ahí, en el manicomio, se casan, y ahí se establecen, viven en este lugar de locos. Después, mi padre pasa a otro taller. Aprende panadería y se convierte en el subjefe de la Panadería. Ya en esta condición le dan un mejor alojamiento para que viva con mi madre, en una zona en donde habían tres habitaciones; era una casa dividida en tres habitaciones… dentro del manicomio, pero era un lugar, yo recuerdo, bastante grande, en donde había un palomar, que para mí ha sido el palomar maravillosos al que yo subía, y ahora estoy pensando que quizás ese palomar será después una ‘torre del futuro’ que aparece en uno de mis libros (La tumba del relámpago).

Yo me he criado en el Hospital Larco Herrera. Es allí donde tengo mi primer contacto con la locura. Y qué curioso: antes de llegar al manicomio, mi padre estuvo trabajando en el norte del Perú, en una de las haciendas del terrateniente don Víctor Larco Herrera, cuyo nombre llevará luego el manicomio, como un homenaje a su donante y favorecedor. Don Víctor Larco era un gran gamonal del norte, que también regaló el Puericultorio Pérez Araníbar y muchas otras obras.

ACORIA: EL PARAÍSO PERDIDO

Bueno, yo me crié durante algunos años en el manicomio, y después mis padres deciden irse a la sierra, a los Andes; entre otras cosas, creo, porque yo estaba muy mal de salud, sufría de enfermedades bronquiales muy graves, pero además nuestra situación económica en Lima empezó a ser muy difícil. Es cuando mi padre decide que mejor nos vamos a la sierra, al pueblo de mi madre, Acobamba, en Huancavelica, a unas leguas de Huayanay. Pero se queda en el camino, no llegamos a Acobamba, sino que mi padre se animó a poner una tienda y panadería en Acoria, a poca distancia del pueblo de mi madre.

Huancavelica es uno de los departamentos más atrasados del Perú. Ahora que están ocurriendo los acontecimientos de Ayacucho, el periodismo peruano empieza a descubrir otro país. Porque evidentemente algunos periodistas resultarían extranjeros si los confrontamos con la realidad de lo que llamamos el Perú profundo. Esto se ve bien cuando Héctor Chacón, el Nictálope, el personaje de mi novela Redoble por Rancas, sale de la prisión. Recuerdo que el Nictápole desciende del avión que lo trae del Sepa, la tenebrosa prisión peruana perdida en medio de la selva, y da los primeros pasos ante las cámaras de televisión que lo esperan, y se pone a cantar y a hablar en quechua. Esto lo cuenta muy bien Guillermo Thorndike en una crónica estupenda. En esos momentos, en que había una sintonía total en el Perú -eran los tiempos del Gobierno del general Velasco-, el periodismo peruano y mucha gente no entienden en absoluto qué era lo que estaba ocurriendo. Eran los años en que mi obra había sido aceptada por el Estado peruano, no como ocurre hoy con el Gobierno belaundista, en que es rechazada.

El Nictálope habla en medio de la expectativa que había concitado su liberación. Es el héroe de Redoble por Rancas, un héroe de carne y hueso, que había sido confinado en prisión por los opresores de las comunidades indígenas. Y el Nictálope habla en un idioma que la teleaudiencia del Perú, desconcertada por varios minutos, no puede entender, y no entiende hasta que los locutores le piden que hable en castellano.

Quienes tenemos sangre india sabemos que este abismo ha existido siempre. Aunque es cierto que yo tampoco hablo quechua. En mi infancia entendía el quechua; desgraciadamente nunca llegué a hablarlo, porque aún en los departamentos más pobres del Perú hay grandes barreras, y mi familia en Acoria se había convertido en una familia de pequeños comerciantes, y eso ya nos diferencia de los indios.

Mis padres salieron de Lima con destino a Acobamba, la tierra de mi madre, pero se quedaron en Acoria, un pueblo ubicado en la línea del ferrocarril entre Huancayo y Huancavelica. Ahí mi padre se convirtió en un pequeño comerciante. Tenía una panadería, la cual le daba cierto estatus, de modo que yo no tenía contacto con los indios, no tuve la experiencia que tuvo José María Arguedas, ni pude aprender el quechua. En esa época yo tenía unos siete años. Mi padre, como es cajamarquino, tampoco habla quechua, mi madre sí.

Ahí, en Acoria, empecé a ir a la escuela y viví parte de mi infancia. Acoria me ha dejado experiencias decisivas, y fue para mí la imagen del paraíso. Muchas veces he soñado que llegaba a un lugar perfecto en el mundo, y este lugar era Acoria, o tal vez mejor, una mezcla de Acoria y Acobamba. Si yo tuviera en estos momentos otra energía, la energía que tuve en otros instantes de mi vida, yo creo que me iría a Acoria. Cuando en alguno de mis libros (Las imprecaciones) hablo de “pueblos de una sola calle por donde nunca pasó la dicha”, estaba pensando en la larga calle de Acoria. Acoria es, en mi memoria, un pueblo precioso, por donde pasa un río maravilloso. Acoria es uno de los pocos lugares en donde puedo decir que fui feliz.

Ahí también viví la primera ocasión en que enfrenté a la muerte. Yo estaba en el río, y el río me arrastró. Es un río de agua muy clara, pero que corre con fuerza. De pronto me vi bajo el agua, y tengo en el recuerdo una imagen como si hubiera estado encerrado en un cristal, y no me daba cuenta que la muerte me llevaba. Entonces, un borracho, recuerdo que se llamaba Gonzalo, y que estaba permanentemente ebrio, que era uno de esos hacendados arruinados, que son tan pobres que más parecen mendigos que ni siquiera tienen una camisa para dormir, bueno, este borracho entró al río y me sacó. Cuando recobré el conocimiento, me encontré caminando sin zapatos sobre las piedras. A parir de este instante, este borracho, que había sido un hacendado muy poderoso, tuvo una actuación importante en la vida de mi padre. Había salvado a su hijo y, lógicamente, al haber salvado la vida del hijo de un comerciante, ya podía pedir crédito en la tienda de éste. Entonces, desde ese momento se convirtió en un parásito de la casa. Porque, claro, para mi padre era imposible negarle crédito al hombre que había salvado a su hijo de una muerte segura. Mi padre y yo nunca hemos hablado de esto, porque desgraciadamente yo no hablé con mi padre lo que debí haber hablado, quizás porque uno no habla en el mundo con las personas más importantes. Pero ahora veo a don Gonzalo entrando y saliendo, bebiendo gracias a que tenía un crédito indefinidamente abierto. En realidad, también se había salvado él.

EL FUTURO EDITOR EN UN PUESTO DE PERIÓDICOS

Después de un tiempo, que para mí es un eternidad, volvimos a Lima. Mi padre había decidido regresar a Lima. Intenta una serie de actividades para sobrevivir: hace lo que hace toda la gente pobre para sobrevivir. Creo que a eso no puede llamársele negocio. Tiene un puesto de periódicos, y ahí es cuando voy a tener mi primer contacto con la lectura. En el puesto de periódicos voy a leer los diarios, las revistas, y especialmente una revista que para mí es muy importante, y que lo fue también para la gente de mi generación. Me refiero a la revista argentina Leoplán, que traía historias, resúmenes de novelas, y que yo leía constantemente.

Era un puesto de periódicos ubicado en el distrito La Victoria. Por ahí cerca me matricularon en un centro escolar, en ese barrio de gente pobre, y me fue muy mal. No sé por qué razón una profesora me tomó como un caso perdido de estupidez y falta de inteligencia, hasta el punto de que, automáticamente, cada día que yo entraba a clases me daba un palmetazo. Hoy veo las resonancias que este hecho deben haber tenido en la mentalidad de un niño. Esa especie de complejo de inferioridad que empecinadamente me quería imponer. No sé qué podía haber ocurrido, qué fuerza oculta empujaba a la profesora para que actuara así conmigo. Ni siquiera podía decir que yo no sabía la tabla de multiplicar o que era un bruto de remate, porque yo era un niño aplicado y formal, excesivamente formal, porque mi padre era muy severo. Bueno, pero el tiempo iba a desmentir que yo no era un idiota.

Esto no quiere decir que en mi infancia todo haya sido tristeza. No, no. Yo también, de alguna manera, era un privilegiado. Porque ahí donde la profesora me consideraba un idiota, yo tenia el privilegio de disfrutar de revistas ansiadas por todos los niños, que eran muy pobres y no podían darse el lujo de comprarlas. Entonces, en la escuela, por un lado era considerado un retardado mental por la profesora, pero por otro lado era adulado y buscado y había que ser simpático conmigo para poder leer Pif-Paf. Esto me daba una enorme situación de privilegio, pues yo disponía de un tremendo stock de revistas que eran ambicionadas por esos niños, para quienes normalmente resultaban inalcanzables. Yo tenía que cuidarme, claro, de mi padre, que era muy severo, y siempre algunas revistas resultaban irremediablemente estropeadas. Eran revistas inaccesibles para esos niños tan pobres. Una revista como Billikén, por ejemplo, era muy cara.

Digo esto porque a veces uno tiende a dramatizar. La vida tiene, pues, dos lados. Ni siquiera en la prisión vamos a decir que todo es negro.

Yo no sé si esta experiencia que viví en mi infancia, en el puesto de periódicos de mi padre, tuvo que ver posteriormente con mi actividad de editor, tan discutida por los intelectuales del Perú. Con el paso de los años, yo mismo me he asombrado de las ediciones populares que hice, (Festivales del Libro y Populibros Peruanos), de esos tirajes masivos, porque en realidad, y esto ya está probado, para ganar dinero no necesitaba hacer ediciones populares, sino más bien ediciones caras, esto lo sabe cualquier editor avisado.

Pero yo arriesgué publicando centenares de miles de libros en un país donde se decía que al pueblo no le interesaban los libros. Y es que entonces yo creía, y sigo creyendo, que un proyecto editorial debe tener un objetivo social. No hay que olvidar que yo fui uno de los primeros en publicar a José Carlos Mariátegui y a José Martí en el Perú. Los autores que aparecieron en esos Festivales del Libro fueron clásicos peruanos: González Prada, César Vallejo, Mariátegui. Me sirvió mucho el haber estado en México, deportado por la dictadura del general Odria, porque ahí puede ver la influencia inmensa que los libros de José Vasconcelos tuvieron en la identificación de los mexicanos con su cultura popular, con sus valores nacionales.

Creo que lo que me impulsó a lanzar las ediciones populares fue mi convencimiento de que existía una terrible calumnia contra el pueblo, contra su capacidad y sensibilidad frente al arte y la literatura. Se decía que al pueblo no le interesaban los libros. Y yo sabía, por mi propia experiencia, que no había leído libros porque no tenía capacidad económica para comprarlos, pero no porque no me interesaran. Yo creo que en América Latina, de poder venderse libros, se pueden vender millones si los Gobiernos hicieran algo por apoyar estas campañas. Claro que, por otro lado, vemos que la propia gente de izquierda afirma que el pueblo no quiere comprar libros. No es que no quiera, el caso real es que no puede.

¿QUÉ ES LA PATRIA?

Hay muchas experiencias de mi infancia que después afloran en mi vida, en mis libros. La infancia es como un sedimento que permanece en uno. En mi libro de poesía Las Imprecaciones aparece un poema, (Patria tristísima), que de alguna manera es una alusión a mi infantil visión de la patria, aun cuando esto no era claro ni explícito. Ese poema es también un rechazo, una protesta contra la poesía patriótica con la que nos embutían y se les sigue embutiendo a los niños en la escuela: “Cuando yo era niño/ veía el crepúsculo agitar sus crueles alas/ y le huía por los campos,/ sin saber que buscaba mi boca para gemir;/ pero fui cubriéndome de cuervos,/ mi vida fue cubriéndose de herrumbre,/ fue invadiéndome la noche:/ ahora soy el dolor de mi tierra quebrada.”

Y es que la patria peruana está tan llena de espinas, de cosas sangrientas y terribles, que si quisiéramos acariciarla, las manos se nos mancharían de sangre y quedaríamos abrumados por el dolor. Por eso me parece que hasta hoy la poesía patriótica es retórica y falsa.

Y me pregunto si en algún momento tuve conciencia de que pertenecía a un país. Es curioso, pero yo no sé hasta qué punto los peruanos sentimos una patria. El hecho de cantar el himno nacional en la escuela no significa absolutamente nada.

Esto de la identidad con un país va incluso mucho mas allá de lo que podría decir. En Las imprecaciones hay una crítica frontal, de manera aguda. Pero claro, yo ya había pasado por una experiencia política dura. Ese libro de poesía lo escribí cuando tenía veintisiete años.

Pero ahora veo que, en mi infancia, más importantes que las vivencias patrióticas fueron las vivencias religiosas, porque yo estuve interno -y esto casi nadie lo sabe-, en el Colegio Salesiano, de Huancayo. Ahí estudié primero, segundo y tercer años de Secundaria. Y me enviaron a Huancayo porque yo siempre he padecido de asma tenaz, y en Lima pasaba enormes dificultades con mi enfermedad. Mi padre tuvo que hacer tremendos esfuerzos para poder mantenerme en ese colegio religioso, que realmente ellos, mis padres, no podían pagar. La pensión casi igualaba los ingresos de mi padre; para nosotros el colegio resultaba extremadamente caro. Por eso es que me llevó primero para internarme en el Colegio Nacional Santa Isabel, de Huancayo. Pero cómo sería de aterrador el ambiente del Internado del Colegio, que mi padre no se animó a dejarme. Ya cuando habíamos tomado el tren de regreso a Lima, mi madre tomó una decisión tremenda y nos bajamos en Jauja. Decidió hipotecar económicamente a la familia para que yo pudiera quedarme en el Colegio Salesiano, de Huancayo.

En el Salesiano, donde yo estuve ausente de las traumatizantes penurias económicas que pasaba la familia, viví intensamente las experiencias religiosas. Yo he sido siempre un buen alumno. Destaqué mucho en el Salesiano; y en el Colegio Militar Leoncio Prado, de Lima, donde continué la Secundaria, fui brigadier general, y al final salí entre los diez primeros cadetes de la promoción. Recuerdo que el presidente Manuel Prado, a quien describiría después en Redoble por Rancas, nos felicitó y entregó el premio. Bueno, en los tiempos del Leoncio Prado yo seguía creyendo en Dios. Lo que no recuerdo es cuándo perdí la idea de Dios. Y cuando me han preguntado esto, yo no he podido responder, no tengo una respuesta.

En el Colegio Salesiano yo era un alumno que había llegado a ser monaguillo. Ayudaba en la misa, y para mí era una experiencia suprema, tanto que me sentía extraordinariamente feliz. Creo que esos momentos han sido los de mayor y más intensa felicidad y comunión con Dios, al poder tener el privilegio de ser monaguillo, por ejemplo, en una misa cantada oficiada por tres sacerdotes. Era la felicidad más alta. Estas son referencias eclesiásticas a las que aludo en uno de mis libros (La tumba del relámpago), cuando el administrador de la hacienda Retapata dispara a un siervo y hay una misa de tres curas para evitar que muera el indio abaleado. La experiencia de monaguillo y la experiencia terrible del infierno, que cada noche se repetía cuando nos exhortaban a no morir en pecado, constituían las vivencias religiosas más intensas. Es ahí cuando tengo el contacto más fuerte y enfermizo con la muerte. Sin embargo, puedo afirmar que mi estancia en el Colegio Salesiano fue muy feliz, como lo fue también mi estancia en el Colegio Militar Leoncio Prado, de Lima.

Y fui un alumno aplicado, tanto que si hubiera optado por la carrera militar, seguramente hubiera llegado a general, como muchos de mis compañeros. No sólo era que nosotros, los primeros cadetes de la promoción, teníamos el ingreso asegurado a la Escuela Militar de Chorrillos, sino que, como por sentido de casta, la formación castrense iba a continuar reproduciendo nuestra situación de ello.

Sin duda habría llegado a general, pero se interpuso la Literatura, los libros me indicaron otro rumbo.

Porque no sólo fui un alumno brillante, el caso es que, además, era organizador, asumía responsabilidades, y fui invitado por el general José del Carmen Marín Arista (fundador del Centro de Altos Estudios Militares - CAEM, hoy Centro de Altos Estudios Nacionales - CAEN), que entonces era coronel, y por el general Mendoza Rodríguez, que entonces era comandante. Fui invitado a un almuerzo, lo que entonces, siendo cadetes, constituía un honor excepcional. En esa época yo veía las cosas absolutamente nítidas, y en esa invitación, el coronel Marín y el comandante Mendoza insistieron mucho para que yo ingresara a la Escuela de Oficiales, ya que no me interesaba la carrera militar.

Sin embargo, el Colegio Militar Leoncio Prado había sido fundado para ir formando desde casi niños a las futuras elites del Ejército peruano. Y seguro que ellos, hasta la fecha, no saben que la culpable de que los mejores alumnos desertaran de la vocación militar fue y sigue siendo... ¡la Biblioteca! Parece increíble, pero la influencia de la Biblioteca fue determinante en mi caso y en el caso de otros alumnos destacados. Porque, por ejemplo, la lectura de Gorki, Mis universidades, acabó por convencerme de que la carrera militar no era para mí. Y en el Leoncio Prado yo hasta era castigado por leer demasiado, porque retenía los libros de la Biblioteca. Entonces, me bajaban el puntaje para dejarme sin salida el fin de semana. Pero yo era buen tirador, un tirador de elite, y como los buenos tiradores estábamos sobrestimados, eso me levantaba el puntaje y siempre tenía salida. Vivía pues, de algún modo, ahí en el Colegio Militar, una ambivalencia, pero no podría decir que fue una experiencia ingrata.

Alguna vez, un crítico francés me preguntó si la presencia del Mito en mis obras no era una especie de búsqueda y recuperación de Dios, o la creencia religiosa que yo ya había perdido. A mi me pareció una observación a la cual yo no podía responder fácilmente. Porque creo que la muerte de la creencia en Dios anunciada de manera prematura por la filosofía, sólo nos ha llevado a vivir en una soledad metafísica esencial. La frase tremenda de Nietzsche, "Dios ha muerto", nos deja anonadados. Yo he estado revisando no mi posición atea, porque no es que yo tenga una posición atea, sino que estoy repensando el problema, porque la matemática, la física contemporánea, me mueven a pensar que los argumentos de la filosofía son insuficientes, como, por ejemplo, lo que nos dice Kant en la Crítica de la razón pura. Me parece, pues, que hay algo válido cuando se dice que el Mito es una forma de querer recuperar a Dios.

AUTORES, INFLUENCIAS Y POLÍTICA

En cuanto a mis primeras lecturas de iniciación, no de descubrimiento, pues eso había ocurrido en la infancia cuando me asomé a las páginas de la revista Leoplán, puedo decir que empecé a leer a los novelistas rusos, luego a Balzac, Flaubert. Mi contacto con estos libros me va a cambiar definitivamente y me va a llevar a la política. ¡Qué extraño! Me parece que entre literatura y política hay un vínculo invisible, pero muy fuerte.

Eran los años finales del primer Gobierno de Manuel Prado Ugarteche, y en el Colegio Militar Leoncio Prado, pese al rígido control castrense, aparecen las primeras células clandestinas del APRA y del Partido Comunista. Yo integro una de las células clandestinas del APRA antiimperialista. Y podría decir que frente al ofrecimiento de convertirme en un militar de elite ingresando a la Escuela de Oficiales de Chorrillos, opté por no optar: no elegí nada.

Fui a la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de Lima, en el Parque Universitario. Ahí me dediqué fundamentalmente a vivir intensos amores imaginarios con algunas muchachas hermosas que iban a la universidad. Habían comenzado a asomar algunos poetas jóvenes. Ahí estaban Francisco Bendezú, con su indumentaria de compadrito; Alberto Escobar, que ardía de lirismo; Pablo Macera, que ya se inclinaba por la Historia, pero amaba también la poesía; Rodolfo Milla, que era un personaje mitológico.

En esos momentos nos impresionaba la poesía de Eielson, la poesía de Martín Adán, a quien yo había conocido en el manicomio. En esa época yo tenía dieciocho años y me imaginaba que Martín Adán sentía la necesidad de conversar con alguien de literatura, aun en el manicomio. Martín Adán vestía siempre un traje negro, más o menos bien, y se sentaba en uno de los pequeños parques que hay cerca del Pabellón Nº 2, en ese lugar de paz maravillosa que para mí es el manicomio, esa especie de poblado en el cual hay avenidas. El parque estaba cerca de la panadería donde trabajaba mi padre, y cuando yo pasaba, divisaba a Martín Adán sentado, como esperando a alguien, y yo me acercaba para escuchar la lectura de sus poemas, muy atento, porque sabía que después me iba a preguntar mi opinión. Él sabía que yo era estudiante.

Después, ahí, en el mismo manicomio, conocí a un hombre muy humilde, muy bueno, muy afectuoso, que vivía como pidiendo disculpas; era el poeta Valle Goicochea. Entreví también, en el mismo lugar, la figura de Francisco García Calderón.

Pero el manicomio es un lugar muy especial. Yo no he vivido la experiencia como loco; sin embargo, estaba dentro y reconocí que ni los locos más furiosos constituían peligro alguno para los niños. Los niños tienen el derecho de paso y respeto entre los locos. Es una cosa que siempre me ha llamado la atención. Lo que me golpeó mucho fue ver el caso de los que mueren abandonados por la familia. Recuerdo, y eso está en esas rayas de locura que atraviesan mi obra, que tenía que pasar todas las noches por el mortuorio, y siempre encontraba un muerto cubierto con una sábana. Esas ráfagas de locura están presentes no sólo en mi obra, sino también en mi propia persona, en mi propia vida.

Sin embargo, como ya dije antes, no todo era sombrío. Ahí, en el manicomio, también tuve experiencias muy gratas. Como mi padre ya era jefe de la Panadería, yo disponía de pan a mi gusto, un pan especial. Y en Navidad, cuando los humildes veían con más claridad los abismos de la pobreza, yo tenía panetones a pesar de que no éramos ricos.

Y cuando tuve esas conversaciones con Martín Adán, claro, yo era muy joven, pero ya había tenido algunas lecturas importantes. Había leído a Marcel Proust en una traducción, y recuerdo que hasta escribí un articulito titulado La idea del arte en Marcel Proust, artículo que salió en Publicaciones El Pueblo, que dirigía Carnero Hocke, y que después yo he buscado afanosamente, porque es bastante exacto. No entiendo bien cómo, en el fragor de la lucha política, nos dábamos tiempo para hablar de Proust.

Martín Adán era un hombre de una cortesía notable, de una cortesía absolutamente principesca. Mientras estaba en el manicomio no bebía, pero a veces salía a beber a la calle, y entonces regresaba completamente ebrio, porque él encontraba ahí un lugar de paz. Y sostenía que los locos estaban afuera y que el manicomio era el lugar perfecto de la auténtica cordura. Hoy que veo lo que es la vida, pienso exactamente como Martín Adan, y puedo suscribir su afirmación, pero la suscribo con la dolorosa melancolía que ya he vivido, porque Martín Adán era menor que yo cuando afirmaba eso -porque ahora yo tengo cincuenta y cinco años-, y siento verdaderamente que los locos están afuera y los hombres más sensatos están en el manicomio.

MILITANCIA POLÍTICA: DEL APRA A LA IZQUIERDA REVOLUCIONARIA

La militancia política en esa época significaba convertirse en un conspirador. Yo ya había estado vinculado a la política desde el colegio militar, en donde formaba parte de la célula clandestina del APRA. Y pertenecer, dentro del Leoncio Prado, a una célula política constituía verdaderamente un riesgo. Eso se tomaba como un propósito subversivo y una frontal amenaza contra las Fuerzas Armadas. Los miembros de la célula éramos, en potencia, el general que el APRA siempre estuvo buscando. Todos en la vida podemos tener determinados caminos, pero el hecho es que no los seguimos: esto lo digo con respecto a la posibilidad que tuve de seguir la carrera militar.

Aquí también se plantea el problema del azar, que tanta presencia tiene en mi último libro (La danza inmóvil). Lo que sucede es que somos como los astros, o como los barcos, que el más pequeño cambio de timón los lleva a destinos completamente diferentes al que buscaban. En el mar, como en la vida, un ligero cambio de ruta es fatal o vital.

Mi experiencia política, que la he mantenido siempre y que la mantendré hasta el final como preocupación esencial de vida, tiene su origen en las situaciones de abuso, de miseria que he visto, primero en mi propia familia y luego en los pueblos en los que me ha tocado vivir. Situaciones de extrema pobreza, de miseria extrema, de impotencia, de injusticia; todo esto me empujó a la decisión de hacer algo y de actuar políticamente.

Al APRA ingreso por mediación de un compañero que luego fue dirigente muy conocido. Me refiero a Luis Alvarado. Pero, claro, en el campo de la política peruana hay tres Luchos Alvarado. En este caso se trata del famoso corredor de autos, abogado, hijo del aún más famoso Arnaldo Alvarado. Este Luis Alvarado ya era aprista, por su padre, y estaba en el Colegio Militar. Él fue el primero en hablarme. La dictadura de Manuel Prado ya se tambaleaba, estábamos en 1943, pero aun así era muy peligroso, muy delicado hablar de política en el Colegio, pues en ese caso estábamos violando el Código Militar.

Recuerdo que la primera reunión la tuvimos en el Estadio del Colegio. También aprovechábamos las guardias, cuando coincidíamos. Era muy peligroso. Y luego vemos que este trabajo político va a repercutir hasta 1948, cuando la revolución que debía desencadenar el APRA es traicionada por los dirigentes apristas. Y en el intento revolucionario de 1948, justamente uno de los objetivos que no se logran ejecutar, es la toma del Arsenal del Colegio Militar Leoncio Prado. Este objetivo me fue encomendado a mí, porque yo, como exalumno del Colegio Militar, conocía el terreno. Y ese era el único lugar del Perú en donde había novecientos fusiles inermes, que se podía entrar y sacarlos. Era muy fácil tomar el Colegio Militar, eso no era tomar la División Blindada. Nosotros estuvimos esperando que llegaran quienes tenían que dar la orden. Estábamos con los compañeros del sector de Magdalena y otros grupos. El operativo lo tenía que dirigir yo, porque yo conocía cómo era el movimiento de vigilancia en el interior del Colegio y del pequeño Cuartel adjunto. Era una guarnición reducida, fácil de neutralizar, y luego estaba el parque de novecientos fusiles. Pero la persona que debía dar la orden nunca llegó. La dirigencia aprista había, pues, traicionado el levantamiento.

Entonces, como decía, mi ingreso al APRA se debió a Luis Alvarado. Fue un proceso lento. Varias reuniones, conversaciones, hasta que me convencí de la necesidad de una militancia política, pese al riesgo que significaba activar en el seno de un colegio militar. Constituimos una célula bastante numerosa, y trabajábamos y nos manteníamos en contacto con el partido. Pero en eso llegaron las elecciones de 1945 y fue electo presidente José Luis Bustamante y Rivero, con el apoyo del APRA, y ya no hubo más problemas de clandestinidad, sino al contrario, el APRA ya era legal y nosotros podíamos hacer casi un trabajo abierto.

Mi ruptura con el APRA está expuesta en un documento que se publicó en el diario El Popular, de México, que dirigía Lombardo Toledano. Ese documento apareció el día en que Haya de la Torre salió de su asilo de la Embajada de Colombia en Lima, que había durado varios años, y llegó a México. Entonces, yo publiqué ese documento, que se titula Good bye mister Haya, en el que expresaba todas las críticas que había ido planteando a lo largo de mi militancia en el APRA, sin ser oído. Esto debe haber sido en 1963.

Las bases de mi militancia en el APRA comenzaron a resquebrajarse en 1948, cuando los dirigentes no llegaron a la hora de la verdad y nos abandonaron en el puesto de lucha. En 1948 yo estuve listo, en dos oportunidades, para tomar las armas. La segunda vez fue el plan para asaltar la Escuela Militar ¡de Chorrillos, operativo que estaba a cargo de Guillermo Carnero Hocke, pero nuevamente la dirigencia aprista traiciona el movimiento.

Este tipo de situaciones resulta frustrante. Yo había leído libros en los que se analiza el miedo. Dicen que unos tienen miedo antes de la batalla, otros en el momento de la batalla, y no faltan quienes son estremecidos por el miedo después de los hechos. Yo recuerdo que me sentía tranquilo y en calma, y le digo a Guillermo, mostrándole el pulso: ¡No hay miedo, mira!; y él me contesta: ¡No digas cojudeces, por favor!

En 1948, después del golpe de Odría, vino una redada, y como yo era conocido como dirigente universitario, y había publicado en La Tribuna, el vocero del APRA -aunque lo que había publicado eran poemas-, fui detenido y enviado a la Prefectura. Ahí tuve mi primer contacto con la prisión y sufrí también uno de los desengaños más duros de mi vida política.

Yo tuve en la prisión un ataque de asma que me puso al borde de la muerte. Entre los apristas que estábamos presos habían dos tendencias. Yo me estaba muriendo y el único médico que había ahí, también preso político aprista, se negó a auxiliarme... porque yo era de la tendencia opuesta. Ese fue para mí uno de los golpes más terribles que he recibido en mi vida. Se me quebró el mundo de la patria unida. Me pareció que ya no tenía sentido hacer una revolución. Si un compañero de partido no había querido ayudarme cuando me estaba ahogando, qué podía esperar. Entonces, empecé a convertirme en un hombre solo. Esta experiencia traumatizante la he recogido después en La danza inmóvil, en el personaje Nicolás.

Yo entré al APRA porque tenía una visión mitológica de ese partido, una visión que no correspondía a la realidad. Yo creía que el APRA iba a hacer una revolución. Esa fue la razón por la que ingresé al partido de Haya de la Torre.

Pero, teóricamente, podría decir que tenía cierto nivel de lecturas marxistas. En Buenos Aires leí El capital, y cierta sequedad que se nota en mi libro Las imprecaciones es producto de esa lectura. Estando en el APRA siempre tuve en cuenta la obra y el magisterio de José Carlos Mariátegui, y esto ocurría en la práctica con muchos apristas. Entonces, cuando en 1963 rompo definitivamente con el APRA, ya estaba preparado para un trabajo militante en la Izquierda. Y este es un camino arduo al que más adelante quisiera referirme con detenimiento.

*Entre paréntesis y en cursiva: precisiones / Jaime Guadalupe Bobadilla