17 de enero de 2022

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VISITAS EN LA ESTACIÓN VACÍA

Cuento de Eduardo Pérsico (*)

18 de septiembre de 2009

La tierra estaba de antes, señor Armando Tejada Gómez.

Al saber que gente desconocida acampara en la afueras, por unos días ese tema fue dominante en el pueblo.

- Vinieron del norte y algo buscan. Gente extraña..

La gran inundación del siglo anterior era la historia más recordada en el caserío de la Estación Vacía. Los desbordes de ríos y arroyos en los noventa pesaba sobre la memoria aún más que el levantamiento del ferrocarril, que no fuera asunto menor en la región. Cuando la empresa inglesa del Sudoeste desplazó sus rieles a diez kilómetros del caserío, techó toda la edificación aprovechable hasta nuevo aviso y clausuró los portones del galpón, ahí el paisaje quedó inmóvil para siempre. Adiós los trenes que traerían progreso, aunque igual, durante medio siglo en aquel ámbito de chacareros y productores rurales se asentarían muchos comisionistas y tenderos cuyos hijos también mudaban de ciudad ni bien podían. ‘En cada censo sumamos menos’ recitaban con el mismo orgullo pueblero que enarbolaban por hablar no solamente de cosechas, marcas de tractor o precios del forraje, y entre ellos agotaban temas imprevisibles. No siempre imaginarios aunque sin perfiles muy caseros.

En Estación Vacía no era sólo oratoria y las ambigüedades eran insinuaciones entendibles.
- Es saludable repasar que toda historia se reitera alterando apenas un renglón – se sonrió el dueño de una agencia de viajes en la capital que cada fin de semana volvía al pueblo, su lugar en el mundo.
- Hoy llegaste muy hermético, David – y proseguían renglones para mantener la noche del viernes, hasta adentrarse en el galpón del que todos se atribuían saber algún secreto. El atajo de llegar sin atravesar el monte, la marca de los candados, el despliegue para abrir y bloquear la entrada, los baños sin puertas y el horrendo calor del mediodía bajo el techo de zinc. Y para afinar detalles murmurados en voz baja, siguieron al otro día.

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Después y en fecha incierta, seis pudientes parejas en edad promedio cuarenta años pagaron en efectivo ‘la diversión de habitar la inexplorada región del gaucho en libertad’. Quizá todo fuera imaginación pero algún mediodía al edificio de la Estación Vacía entraron una docena de personas que en principio, más que extrañeza o desapego al quedarse encerrados y solos, sintieron la falta de su teléfono portátil. Un reflejo formal, acaso, y a las seis horas el silencio de quienes unían sus manos entre paredes inaccesibles y hostiles, sellaban ese algo horrible que excitaba y aterraba a la vez. Sobre el anochecer una mujer lloró con ganas y su compañero, al calmarla, agitó un griterío convocador de la realidad que cambió todo el formato en un aullido. Una cámara se encendió, los modos y maneras de doce personas desvalidas y amontonadas pérfidamente fueran endebles, aunque al margen de sus trayectorias, - vidas estructuradas solemnes o dispendiosas, de visitar las aulas más costosas y soberbias, y cometer ciertas traiciones más humanizantes- en aquel encierro final fueran ellos de verdad. Apenas seres humanos. Y sin grandes ensayos de actuación y vestuario, los mediocres, impresentables y subalternos valores de la especie que naufraga por el mundo soportando la inmundicia del hambre fueron exhibidos por ese grupo de seres elegidos. Que sin decoro ni pudores, - ver videos- recrearon de forma impecable la repugnante marginación de cualquier villa miseria del mundo verdadero.

(*) Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.