31 de agosto de 2022

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UN DIVINO MEDIODÍA

Cuento de Eduardo Pérsico (*).

13 de noviembre de 2008

Bajo un sol habitual en febrero, la inspectora de tránsito cumplía su tarea en la esquina más céntrica de Buenos Aires. Vestida con una blusa blanca sin mangas y una ceñida falda azul, subiendo y bajando de la calle la mujer ordenaba el paso de autos y personas, y cuando un muchacho se le acercó para hablarle al oído se apartó extrañada. Al repetirse el turno de circular autos él repitió el abordaje mirándola de frente y ella desviaría la vista por el descaro.

Al rato y al tiempo de un cruce de personas, el muchacho joven, de camisa abierta y pantalón ajustado que lucía su piel tostada, volvió a hablarle. Algo imprevisto le diría para que la mujer negara moviendo su mano derecha y le respondiera algo con una sonrisa leve. La escena se reiteró y por ahí, ya menos separados, ella se preocuparía por alguna idea intrusa y se los veía en una negociación acaso extravagante. En un turno de los autos el muchacho porfiaría en alejarla del lugar y hubo segundos tensos, demorados, hasta que con presteza los dos caminaron hacia un edificio sobre la misma vereda.

A la mujer una fuerza extraña se le impuso, subieron al primer piso como si fueran a cometer una travesura y en una oficina de ambiente sombreado; reflejo de una computadora encendida, un escritorio y dos o tres sillas separadas, la mujer pensó telegráficamente que su marido la mataría. Además que nunca había visto a ese hombre joven que comenzó a besarla, le ayudaba a quitarse la ropa y a transitar un territorio inesperado. El muchacho tomándole las nalgas quedó debajo de su barbilla y ella volaría en un aroma de novedosa piel, entregada íntegra al recibir la rotunda visita entre sus piernas. Un ritmo nuevo se le apropia y la erige desde la punta de sus pies desnudos, temblor que llega crece y se aleja cuando la boca definitiva del muchacho le saborea la boca. Entonces y los dos fuera del mundo, algún gemido fuga junto a palabras sin eco y el irrepetible y lacio abandono de lo definitivo.

Hasta separarse no hablaron. El muchacho quedó ausentado sobre la silla con las piernas desnudas y quitándose el condón, y la inspectora se vistió apremiada en volver a su tarea. Desechando pensar en su marido y que ella habría imaginado eso alguna vez.

Y quién sabe si al cruzarse en el infinito los dos precursores del encuentro no se felicitarían como siempre, sin palabras. El diablo con su canchero estilo de guiñar un ojo y dios, sencillamente, sonriendo con ganas.

(*). Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.