17 de enero de 2022

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MI TANGO ES EN VOZ BAJA

Por: Eduardo Pérsico.*

19 de agosto de 2008

Cuando se nos viene sigiloso y casi nos sugiere un silbido, el tango huye de cantoras y recitadores clamorosos para hablarnos palabras que sólo uno sabe. Así que a contraluz de cualquier pensamiento se adueña de nosotros y de cuánto no pudimos ser; esas cuestiones.

Siempre el tango retorna por esos recovecos del frío fabriquero y ojos de alguna piba que nunca lo supiera; más el amigo fusilado en agosto como una lluvia sobre mi traje nuevo.

No tan sólo por eso mi tango es en voz baja. Yo lo siento conmigo a solas y de a uno también si afina su rasguido de viola misteriosa, entrañable y compadre, y evoca los sueños demolidos contra algún paredón congelado y oscuro. Y es que aquel otro tango, del sueño adolescente y goles perdidos sobre la hora, se obliga a dar un paso de costado, digamos versallesco, y los olvidos olvidados nos vuelvan de rebrote
hacia tanta arboladura de esperanza que tuvimos. Anterior al desaliento
y la feroz derrota.

Es que el tango, taimado, no nos deja sin herirnos un resquicio. Él se adueña del cuerpo aniquilable y de una sola sombra en el difuso velamen de las sábanas. De nuestro pobre cuerpo que llevamos de arrastre huyendo de un reloj de insaciable desgarro.

Eso lo sabe el tango. Y es entonces que torna cigarrillo de larga ceniza meditada, una copa de vino solitario balbuceando algún nombre y ojos en el vacío. Apenas y por eso no jay que gritar el tango, es en voz baja y que nadie sepa cuánto nos ilusionamos o quisimos. Es un chamuyo visceral y mío que vuelve cada tanto. Contragolpe al vacío de un tiempo mejor o imaginario, semental de nostalgia que a veces ya resuena a vulgar organito repetido.

El tango en alta voz y teatralero es una grosería de recién venido. Y él puede someternos por laberintos de la mirada lejos y olvidos inasibles al recuerdo. Es una confesión de tanto en tanto, un deschave en sí mismo y un ‘vos sabés como fueron esas cosas’.

Por eso y lamentos que prometí callarme, me vuelve siempre el tango. Y no perdona.

(*). Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.