17 de enero de 2022

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NALGAS DE MOSLEY Y JOANA

Por: Alexandro Saco.

28 de abril de 2008

Como cuenta MVLL en su artículo Traseros irritados, la falsa moral no es privilegio de un alcalde Chiclayano. En Inglaterra muchos han pedido la renuncia de Max Mosley a la Federación Internacional del Automóvil, por el vídeo publicado en The News of the World. En Perú muchos han hecho escarnio de la exhibición del cuerpo de Joana. No es sólo el asunto del alcalde, sino de todos los que se han erigido frente a este hecho irrelevante buscando determinado fin.

Max Mosley, personaje de la sociedad europea, disfruta en el sótano de su mansión mientras cinco prostitutas le dan de nalgadas y luego el hace lo mismo con ellas entre insultos. Joana juega frente a la cámara retirándose la ropa y dejando ver caderas, nalgas y senos. Que bien que la gente haga lo que le da la gana con sus cuerpos y éstos le sirvan para satisfacer su deseo. Lo contrario es la represión de la mente, la moral inaceptable frente a la intimidad y a la sexualidad. ¿Alguien duda de que el placer del sexo voluntario es un ejercicio frente al que no hay cuestionamiento que valga?

El perverso es una creación de fines del siglo XIX. No era raro encontrar en manuales de medicina familiar de inicios de siglo recomendaciones como las de atar la mano del padre a la del hijo en las madrugadas para sentir si el menor se masturbaba y proceder al castigo. Yo mismo he tenido un profesor de ciencias en el colegio que nos decía que no nos masturbemos porque eso producía cáncer. El perverso es la sombra que proyecta la corrección de lo sexual; pero como lo correcto es justamente una invención para encerrar al que se atreve, llegamos al mismo punto: la moral que se pretende colocar frente a lo sexual es nada.

El cuerpo como centro de la lucha por las libertades. Se trata de uno de los centros de confrontación de la post modernidad. Si bien todos sabemos que determinadas prácticas existieron y existirán, la lucha se ha trasladado al reconocimiento legal de aquellas. Las uniones de personas del mismo sexo existen, el aborto es multitudinario, pero el reconocimiento o no reconocimiento legal se constituye en el objetivo a superar. Paradójico resultado, ya que en algunos casos, la legalidad es otra de las formas de afirmar exclusión antes que inclusión. Las leyes nunca serán tan amplias para reconocer toda la diversidad humana, pero tanto grupos conservadores como pro derechos hacen de la legislación un fin y un medio.

Hace unos días la congresista Luciana León decía en RPP que el matrimonio entre personas del mismo sexo era un tema que en una sociedad no avanzada como el Perú todavía no se debía discutir. La publicación de las nalgadas a Max Mosley como que evidencian que en cuestiones de falsa moral no nos diferenciamos mucho de las llamadas sociedades avanzadas. Y es que finalmente es una perdida de tiempo creer que ciertas condiciones económicas pueden variar la perspectiva del humano, modelada por siglos por el control y la vigilancia; del mismo modo creer que las distancias y las fronteras de lo mapas nos dividen mentalmente es muy relativo. Los occidentales de hace siglos o los que viven lejos de nosotros estamos básicamente influidos por lo mismo: el poder que ensombrece nuestras búsquedas. Aunque es cierto que en algunos territorios hay más libertad y tolerancia.

No es casual que los sex shops en Lima tengan los vidrios pintados de negro y que tras ellos se abra el mundo de juguetes que se pretenden negar. Mientras que en Ámsterdam un cliente reclame airadamente porque el juguete que llevó no vibra todo lo que esperaba para producirle un orgasmo múltiple. Pero tanto los de allá como los de acá enfrentarán a algún alcalde de pacotilla o a algún medio de comunicación miserable que vea en un desnudo o en unas nalgadas en el sótano algo que condenar. Joana Nakano y Max Mosley pretenden ser condenados por hacer lo que quieren con sus cuerpos. La naturaleza los absuelve porque ésta nos ha dado el placer para usarlo; las ideologías humanas los convierten en pervertidos porque de algo hay que vivir.