31 de agosto de 2022

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Y EN 1948, AL BOGOTAZO NO FALTÓ NI HUMPHREY BOGART (*).

Por Eduardo Pérsico.

4 de marzo de 2008

Por el año 1948, la Embajada Argentina en Colombia existía en un caserón de tres pisos con reminiscencias de colegio inglés y resonancias de peleas a las piñas entre adolescentes de buena familia. Y sin curtir nunca esos antecedentes, en su explanada Blanes baja del Ford modelo ’46 del que dispone en Bogotá. Un camino de piedra colorada rodea el jardín, el techado luce hasta las tejas verdosas de musgo y en la escena, Blanes viste un impermeable desabrochado y un sombrero aludo que empezó a quitarse. Su traje azul le calza una pinta porteña ´buenosaires’ que mejor aprecian los argentinos del interior, se dice. Lo mismo, Blanes ha pasado la noche con Mary Welch, enfermera de la embajada yanki y temprano desayunó con Mac Johnson, un corresponsal del Herald Tribune que lo surte con buena información. Juntos oyeron la transmisión del juicio contra el teniente Cortés, un oficial que meses atrás asesinara a un periodista y fuera defendido por el abogado Jorge Eliecer Gaitán, el colombiano más nombrado esos días.

Por abril del ’48 Bogotá era un escenario con representaciones mezcladas: atraían la Conferencia de Cancilleres Americanos y el juicio del militar Cortés, y un Congreso estudiantil con delegados de la FUBA de Buenos Aires, antiperonistas, mexicanos y unos cubanos liderados por un tal Castro levantaba menos atención. A ese Jorge Eliécer Gaitán sus partidarios lo abrevian ‘Jega’ y vive en Santa Teresita, una zona exclusiva; Blanes estudió su casa y en Colombia, con asesinatos políticos cada día, liquidarlo era juego de chicos. El gobierno de Ospina Pérez , la división del Partido Liberal, los millonarios de la cocaína, el ejército desorientado y entre los cancilleres de América prendido el general Marshall por Estados Unidos, era una ensalada con varios gustos.

Blanes sale de la embajada con una caja de alfajores y duda si su imagen es la misma de cuando entró. Pese a su memoria multidireccional que recuerda hacia atrás, adelante y a los costados, el tipo se olvida que siempre una mina condiciona la memoria de un hombre y el recuerdo de María Verónica en Buenos Aires se le anticipa más de cuarenta años... Bien, su memoria le trae inseguridades pero igual pasó una buena velada en el departamento de Mary Welch y lo convence repasar alguna secuencia de la encamada. Además, su sombrero y el impermeable, atuendo que muchos lucen en Bogotá, le dan un aire de Humphrey Bogart aporteñado. ‘Y los colombianos nos quieren desde la muerte de Gardel’, le comentó Iglesias, un chofer de la embajada que está recaliente con Mary Welch y espera turno.

Al mediodía Blanes maneja por el centro de Bogotá, un cartel esquinero anuncia ‘Almacén La Fortuna’, con letra cursiva, y más allá la tienda ‘El Buen Gusto’. Y por la Carrera Quinta lo frenan unos estudiantes entrenados en eso de ‘abajo la tiranía y yanqui go home’.

- Yo que tu, chico, torcía por la otra calle – le habló un muchacho muy alto y de camperón oscuro. Blanes retrocedió el auto pensando ‘ese pibe tan alto no es colombiano y será famoso, seguro’, ramalazo de Memoria Futura al vislumbrar afiches del año sesenta: barba, un habano apagado en la boca y el mismo en la revolución en Cuba...

Ese mediodía el Jega Gaitán obtuvo la libertad del teniente Cortés y completado así su prestigio nacional. Indio agresivo el Jorge Eliecer, hijo de un librero y una maestra, tez aceituna y pelo lacio engominado para atrás, orador y abogado desafiante el hombre puede llenar una plaza de gente afónica por gritar en ‘a la carga, a la carga, Jega’. Y al defender al teniente Cortés que matara a un periodista, el indiazo taimado que dice no ser comunista puso a todos los de uniforme de su parte. Para los yankis es alguien de temer, solía escucharse…

Blanes frenó en el restaurant Monte Blanco y se vería con Mary Welch, su enfermera favorita. Rubia, piernas largas, un bocado; pero antes y sin secuencia intermedia entraba por un portal de la Carrera Séptima donde Gaitán tenía su oficina. Una placa con bajorrelieve dorado memoraba la muerte del personaje en ese lugar, en abril de 1948, y vuelta a su memoria anticipada sin permiso. Se apuró a leer la arenga grabada en un mármol oscuro: ‘Yo no creo en el destino mesiánico y providencial de los hombres. No creo que por grandes que sean las cualidades haya nadie capaz de lograr que sus pensamientos o determinaciones sea la determinación y el pensamiento del alma colectiva’. Blanes no sabía si esas ideas le daban bronca y entró por una puerta angosta contigua a un negocio de guitarras y video caseteras. Al subir los escalones de madera oscura dudó si había dejado su sombrero en el auto y en qué instante ocurría aquello, y bien sintió ese ambiente de sigilo y silencio.

Reluce una vitrina con trofeos, a cada vistazo el empapelado refulge diferente y al final del pasillo, prueba un par de llaves y abre la oficina de Gaitán. Blanes en el asiento del político más promisorio de Colombia; un sillón de cuero marrón, unos ejemplares de El Tiempo, una fotografía del tipo discurseando su ‘Oración por la Paz’ y unos cuantos diplomas bien enmarcados. Blanes escucha el crujir de una puerta, sopesa un cortapapeles de ébano y lo vuelve a su estante. Transpira, una agenda cambiable indica viernes 9 de abril de 1948 y él, ‘el mejor hombre de la Oficina del Poder’ vuelve unas hojas atrás. Auí mejor: ‘miércoles 7, Rómulo Betancourt, 13,45 o 13 y 45’,algo así. Ñieegp 12 almuzo”. Sigue inentendible y en la siguiente ‘Fidel Castro-Rafael del Pino’ y lo asoció al estudiantado que viera en la Carrera Quinta. Sencilla idea para un Agente de Inteligencia Superior que de pronto dejó de sudar y al salir compadreando desafió dejando su tarjeta bajo la agenda. Blanes.

Si liquidaran a Gaitán frente a su casa el trabajo perdería efecto, piensa, pero en pleno Bogotá a mediodía su tarea tendría más repercusión. Mucha gente vería al orador que libertó al teniente Cortés, ‘Jega a la carga, a la carga’, y al Roa Sierra, hermano del espía de la legación alemana, lo ubicaría enseguida por la plaza Bolívar. Le hablará por teléfono, después irá al hotel Monte Blanco a darle los alfajores a Mary Welch, - qué buena está esa mina, por favor- y la jornada viene pesada. Por un rato su imagen de impermeble y sombrero seguía imprecisa. Quizá esa ropa estuviera en su auto y de repente, en Bogotá y por 1948, a Blanes le vuelve un fotograma con María Verónica. ¡Qué tortura es el recuerdo de una hembra que nos persigue con anticipación!

Mac Johnson, el del Herald, le había dicho que Bogotá era una santabárbara a reventar con la primera chispa. La Conferencia de la OEA se iba a otros cauces: reclamos de independencia de Puerto Rico, los argentinos repitiendo el libreto soberano por las Malvinas, velados ataques contra Trujillo que amparaban los yankis, y fuera de ahí, las arengas de Gaitán poniendo al ejército más caliente que negra en baile y el creciente poderío de los barones de la droga. Colombia era un polvorín y el enviado del Herald, estando sobrio, sabía más que el Departamento de Estado los de la Oficina. ¡Qué extraño, no!

Blanes cruza de nuevo la plaza Bolívar. En la Carrera Séptima una multitud mira arriba por una promesa o un eclipse de sol. Al ver a Roa Sierra, Blanes le indica detenerse a unos metros sin perder de vista a Gaitán; él se disimularía y el plan empieza a cerrar cuando ‘el líder político que más esperanza despierta en los colombianos’ sale del edificio y se detiene al borde de la vereda. El hombre sonríe a la gente y acaso imaginó un acto espontáneo, pero suenan unos balazos y se derrumba hacia adelante. Un disparo le penetró la nuca y enseguida se escucha gritar ‘mataron a Gaitán, ese hombre mató a Gaitán’. Y en última mirada, al irse Blanes recoge los aterrados ojos de un tal Juan Roa Sierra cuando la muchedumbre lo despedazaba. Más tarde dijeron que era de una embajada europea, pero bueno…

A tres días del asesinato del líder Jorge Eliecer Gaitán a manos de Juan Roa Sierra, -agitador profesional de 26 años y ultimado por la multitud en el sitio del atentado- persiste la ola de asaltos, desmanes y crímenes en Bogotá, la capital de Colombia. Se confirmó la existencia de grupos organizados en destruir algunos importantes edificios; el hotel Regina, la Catedral Metropolitana y el Ministerio de Justicia. También se informa que algunos delegados a la Conferencia de Cancilleres de la OEA, incluido el héroe norteamericano general George Marshall, retornan a sus países. El gobierno de Ospina Pérez responsabilizó a Moscú por los disturbios y un hermano del asesinado líder Gaitán culpó al comunismo internacional. Y según el corresponsal Mac Johnson, del Herald Tribune, una enfermera de la embajada norteamericana en Bogotá, Mary Welch, avistó desde una ventana del restaurant Monte Blanco, frente a la Carrera Séptima, a un hombre vestido de azul disparando contra Gaitán y huyendo del lugar. El líder político que entre otros cargos fuera Alcalde de Bogotá, cayó abatido en plena calle y dando así inicio a una verdadera guerra civil. Indias envueltas en pieles hoy caminan por la ciudad en llamas, hombres enfurecidos vacían las tiendas de licores y en el interior del país abundan los asaltos a importantes haciendas donde habrían sido decapitados todos sus habitantes” – informaron los diarios.

Por lo demás, anoche las fuerzas del orden proseguían buscando cerca del lugar del hecho, a un individuo vestido con impermeable y sombrero gris, mezcla rara de Gardel con Humphrey Bogart...

(*). Capítulo de “Nadie muere de Amor en Disneylandia”, de Eduardo Pérsico, novela premiada en 1993 por el Fondo Nacional de la Artes, Argentina.