4 de octubre de 2014
edicion 441
Información y análisis de América Latina y del mundo

¿NARRATIVA DE LA VIOLENCIA O DISPARATE ABSOLUTO?

Por: El Yanapuma.

Domingo 9 de diciembre de 2007

Acerca de "Abril rojo" de Santiago Roncagliolo. Entre realidad y ficción, sólo cabe verosimilitud.

El sensei Nagata era conocido en la vieja Lima por matar un burro de un solo golpe de mano. Fue el primer maestro de karate que conocieron los hijos de inmigrantes japoneses en nuestro país. Al otro lado del Pacífico, Masutatsu Oyama acostumbraba hacer idéntica exhibición, pero con un pesado toro. Treinta años después Jackie Chan incursionó en el séptimo arte e hizo más de 50 películas de kung fu. Este actor se hizo millonario como acróbata de la pantalla grande, pero sus aventuras eran tan inverosímiles que provocaban (y provocan) las carcajadas del público. Imaginémonos qué pensaría el difunto Nagata, como también el hasta ahora sobreviviente Oyama, sobre Jackie Chang. Si ellos le dijeran “payaso”, sus fans les responderían: “pero es famoso”. Ahora imaginemos qué dirían los dos renombrados expertos si Jackie Chang les espetara: “gracias a mi éxito, las artes marciales han llegado a Hollywood”.

Igual nos pasa a quienes hemos llevado el tema de la violencia política a la literatura, desde los años ochenta, cuando vemos surgir –en el nuevo siglo- a los Jackie Chang de la narrativa peruana. Por más que alguno de ellos tenga la buena intención de “representarnos” o “sacarnos del anonimato”, le diremos la vieja frase: no me defiendas, compadre. Después de ganar al lector con un solo golpe de mano, podemos criticar a quienes hacen veinte maromas increíbles para distracción de un público ingenuo.

Pienso que el tema de la violencia política no puede ser reducido a un thriller. Según el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, esa etapa histórica le ha costado al Perú 69 mil muertos aproximadamente. Por este motivo y por el saldo de dolor que ha dejado en miles de familias peruanas, es sumamente importante la posición del autor que pretende tratar el asunto. Alguien me dirá que cada quien hace lo que quiere con su novela. Yo contesto que eso no condiciona mi opinión.

Ya nos hemos referido a la novela de Alonso Cueto, “La hora azul”, que ganó el premio Herralde. Ahora nos referiremos al joven narrador Santiago Roncagliolo y a los desaciertos de su novela premiada por Alfaguara: “Abril rojo”.

Roncagliolo no comete tan frecuentemente los errores de párrafo que Cueto ha heredado del Vargas Llosa senil. Parece que ha tenido mayor labor de corrección. Pero, si se trata de proferir espumarajos quechuas o de levantar la vista hacia el agujero -una fosa común repleta de cadáveres- o de "quemar sus últimos cartuchos, como los héroes" (p.113), o de hacer que un helicóptero retroceda, llegaremos a celebrar el absurdo absoluto. La primera puede pasar por una figura literaria hecha por un narrador occidental e hispanohablante frente al quechua que no entiende; por lo tanto, no está despojada de discriminación. Nunca he escuchado un "espumarajo" quechua, pero puedo imaginar qué quiso decir el autor, a través del narrador, desde una mentalidad típicamente limeña. En cuanto a la ubicación de la fosa, la narración previa es explícita respecto a que los personajes tienen que ascender, por lo menos una cuesta, antes de darse de narices con los cadáveres. Pero una vez que Chacaltana ha subido esa cuesta, es improbable que tenga que "levantar" la vista hacia el hoyo. El hueco no está en el espacio sideral. En cuanto a quemar sus últimos cartuchos "como los héroes", los peruanos conocemos únicamente a un personaje de nuestra historia que mantuvo ese juramento: Francisco Bolognesi, antes de morir defendiendo el morro de Arica que fue tomado por los invasores chilenos. Por lo tanto, no se alude a "héroes" en plural. Como Mario Suárez ha demostrado, según su pericia aeronáutica en la FAP, no pueden "retroceder" los helicópteros. ¿De dónde les inventó el autor la palanca de retroceso?

El personaje principal:

Sobre el personaje principal, dice la contracarátula: “El investigador de los asesinatos es el fiscal distrital adjunto Félix Chacaltana Saldívar. A él le gusta que lo llamen así, con su título y todo. Y el fiscal Chacaltana nunca ha hecho nada malo, nunca ha hecho nada bueno, nunca ha hecho nada que no estuviese claramente estipulado en los reglamentos de su institución. Pero ahora va a conocer el horror. Y el horror no se ha leído el código civil”.

La Ley Orgánica del Ministerio Público no reconoce el cargo de “fiscal distrital”, sino que el cargo titular más bajo es el de fiscal provincial. Si el autor se hubiera dedicado más a investigar la materia de su novela, habría puesto a Félix Chacaltana Saldívar como fiscal provincial adjunto bajo las órdenes de un fiscal provincial titular. Un fiscal adjunto, es un vice-fiscal o segundo del principal que está a cargo de determinada fiscalía.

Pero como de confundir se trata, este fiscal "distrital" no desfila con el escalón del Ministerio Público o de la Fiscalía en la procesión de semana santa, sino con la escuadra del Poder Judicial. Cualquiera diría: “ni que fuera juez o secretario de juzgado”.

Como el autor no conoce las funciones del Ministerio Público ni de los fiscales, hemos visto que pone en la contra-carátula que Chacaltana "va a conocer el horror. Y el horror no se ha leído el Código Civil". En declaraciones del autor dice que Chacaltana "cree en la ley y el orden y sabe recitar de memoria el Código Civil". Pero la labor de un fiscal como Chacaltana no corresponde precisamente a resolver casos de interés privado, sino de interés público. Por lo tanto, lo que debería conocer más un fiscal en lo penal, además de la Ley Orgánica del Ministerio Público, no es el Código Civil, sino el Código de Procedimientos Penales, la Constitución y –principalmente- el Código Penal. Puede tranquilamente obviar en sus labores cotidianas el Código Civil. Se trataría, según lo que cuenta la novela, de un fiscal provincial en lo penal a quien corresponde intervenir en la investigación el delito desde la etapa policial, no de un fiscal “distrital” en lo civil.

Confusión de instituciones y de épocas.-

En 1922 se creó la Guardia Civil del Perú (GC) cuyo mítico lema fue "El honor es su divisa". Durante décadas los peruanos nos acostumbramos a diferenciar a la Guardia Civil de otras instituciones policiales como la Guardia Republicana (GR) o la Policía de Investigaciones del Perú (PIP). Esta tripartición de la labor policial duró hasta el primer gobierno de Alan García, quien en 1988 creó la Policía Nacional del Perú (PNP) cuyo lema es "Dios, Patria y Ley".

Si la novela de Roncagliolo narra los hechos que se suceden en la post guerra, precisándose enmarcados en la etapa de pacificación fujimorista, se supone que el lema citado no corresponde con la época ni el espacio-tiempo narrado. Cuando dice: "En la pared colgaba el escudo de la policía con su lema: el honor es su divisa" (p.71), se evidencia la ignorancia del autor respecto a las instituciones de su país.

Continuemos con la confusión de instituciones. La Guardia Civil (GC) después de las guerrillas de 1965 recibió un curso de especialización en lucha antisubversiva a cargo de una misión militar norteamericana. La misión yanqui impulsó a que la GC crease un cuerpo o batallón antisubversivo, llamado los Sinchis. Cuando se unificaron las tres instituciones policiales en una sola (PNP), los Sinchis conservaron su identidad y peculiaridades.

Veamos qué nos pretende decir Roncagliolo: El comandante Alejandro Carrión Villanueva al inicio de la novela es presentado como militar. Pues bien, en la página 182 este comandante del Ejército Peruano (EP) confiesa: "En esa época yo era capitán. Era el superior inmediato de Cáceres".

En cuanto a este personaje, el Perro Cáceres, Carrión sostiene: "Era una mierda de gente. Un sinchi. A esos los tenían pudriéndose en una base de la selva. Luego los trajeron aquí para ponerse al día" (178). Pero en la página 133 se le hace figurar como el teniente EP Alfredo Cáceres Salazar, o sea como un oficial del Ejército Peruano (EP). Se repite seguidamente en la pág. 181: “daba orden a sus sinchis de hacerlo” para que después en la pág. 326 vuelva a reafirmar “Alfredo Cáceres Salazar, teniente del Ejército del Perú”. Nótese que la confusión de instituciones es fruto del descuido en cuanto al hecho histórico que se pretende usar de telón de fondo. Los sinchis -como ya explicamos- son miembros de un cuerpo de la antigua Guardia Civil especializado en lucha antisubversiva. Su base tradicional de entrenamiento está enclavada en la selva central, en Mazamari, cerca de Satipo, departamento de Junín. Por lo tanto, el teniente Cáceres no puede figurar primero como oficial del Ejército (EP) y luego ser descrito como un SINCHI.

La equivocación es mayúscula en boca del personaje que narra la trayectoria de Cáceres, señalando que a los sinchis los tenían pudriéndose en la selva y los trajeron a Ayacucho "para ponerse al día". La verdad fue a la inversa: los sinchis combatieron a la subversión en Ayacucho dos años antes de que entrase a tallar el Ejército y la Marina. En síntesis, tenemos un teniente del Ejército que luego se le identifica como miembro de la policía y viceversa; y un comandante del Ejército que cuenta al revés la historia de la lucha antisubversiva.

En escatología no le va mejor a Roncagliolo. Cuando escribe: "Sobre la pared colgaba una imagen de Cristo en claroscuro, elevando las manos hacia el Señor" (p.55) nos somete a un riguroso desafío de interpretación teológica. ¿En qué quedamos? ...¿Cristo es el Señor o el Señor es una persona distinta a Cristo?... Tres personas distintas y un solo Dios verdadero, indica el catecismo. ¿El título señorial le corresponde a una sola persona de la santísima trinidad?

En cuanto a armas, le corresponde a un narrador de la violencia saber siquiera lo más elemental. Para el autor los efectos del disparo de una pistola calibre 9 mm (arma corta) se parecen a los de una escopeta calibre 12 (arma larga). “Era la primera vez que disparaba en su vida. El disparo sonó mucho más fuerte de lo que había calculado y lo empujó hacia atrás, hasta hacerlo caer sobre el cuerpo. La bala rebotó contra las paredes, atronando la casa con el eco agudo de sus golpes en la piedra”, (Pág. 262). Jamás he conocido alguna pistola de 9 mm., automática o semiautomática, que produzca esos efectos. En síntesis, el disparo de pistola nunca empuja hacia atrás al tirador. Es un error imperdonable para quien pretende narrar la violencia. Igual es cuando afirma “como si la pistola fuese una metralleta de helicóptero” (p.321), pues las metralletas son armas unipersonales, no de artillería aérea. Los helicópteros usan ametralladoras, no metralletas.

CONCLUSIONES.-

Santiago Roncagliolo ha hecho una novela que, en términos formales, está bien fabricada. Tiene páginas bien hechas, aunque el argumento a veces sea contradictorio. Lleva al lector a un desenlace sorprendente, pero retrasa demasiado la llegada al clímax de la narración. Para ser una gran novela, le faltan ingredientes que son exigibles en el tema de la violencia política que vivió el Perú. Necesita verismo, investigación del tema y de los detalles que enriquezcan el universo narrado. Los detalles son sumamente importantes para que los peruanos podamos identificarnos con eso que se nos cuenta y tomarlo seriamente.

La primera ley que reconocen para la novela los teóricos de narratología, es la ley de verosimilitud. Ésta apunta a la credibilidad de la ficción narrativa. La novela entraña la creación de mundos imaginarios verosímiles. Es decir, creíbles y aceptables a pesar de su condición ficticia. La verosimilitud de los sucesos presentados en la novela nos parecería así tan convincente que terminaríamos por olvidar que se trata de una fabulación. La verosimilitud consiste en mantener el equilibrio entre ambos extremos, realidad y ficción, máxime si se escribe de hechos históricos o de un contexto histórico significativo.

En este campo es donde operan los detalles que pedimos. El arma empleada, las instituciones operantes, el perfil psicológico del personaje principal, etc. Todos y cada uno de ellos, cuando son mal tratados por error u omisión, terminan entrampando a la novela o llevándola al sitio donde acumulamos los textos que merecen una sola lectura.

Desde el punto de vista político, esta novela abona la corriente burguesa de literatura de post guerra. No contiene una crítica de los sucesos que han marcado a fuego el subconsciente colectivo de millones de peruanos. Tampoco se puede leer entre líneas la posición del autor. Por eso se enmarca en la secuencia narrativa de Vargas Llosa (“Historia de Mayta” y “Lituma en los Andes”) y de Alonso Cueto (“Pálido Cielo” y “La hora azul”). Hasta allí los Jackie Chang de la narrativa de violencia política le han abierto el camino al Karate Kid que Alfaguara puede promocionar. Pero recordemos que ese film, a pesar que ha vendido millones de boletos, no convence a ningún practicante serio de artes marciales.

Posted by ar2/dantecastro.