17 de enero de 2022

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A MI GATO LE ENCANTA MOZART

Cuento de Eduardo Pérsico (*).

4 de junio de 2007

Hoy me distraje mirando a mi gato. Con decoro, porque él es distante, discreto y sabe callar. En verdad, le anduve alrededor y recordé a Lord Byron: el gato posee belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad; todas las virtudes del hombre sin sus vicios. Una semblanza menos cínica que la de Ambrose Bierce: Gato. Suave autómata indestructible preparado por la naturaleza para recibir patadas cuando las cosas van mal en el círculo doméstico.

Al mirarlo entiendo que los gatos se vuelvan invisibles cuatro veces al día, y si ellos quieren nadie los verá de guardia baja, empobrecidos de lluvia y madrugada. Si decide atenuar su exhibición todo gato se hace etéreo, inatacable, y su corazón le late en una verdad lejana y superior. Ya deberíamos saber ese misterio.

Mi gato se llama Fidel y revive al escuchar música; sobre mi falda sigilo al distenderse, sutileza ajena a la gravedad, reflejo de mi espejo, cuerpo imperceptible; y oyendo al Pugliese yumbeado de “Negracha” o “La Cachila”, Fidel conmueve su pelaje y pierde su mirada lejos. Eso me anima, aunque al Piazolla de “Verano Porteño” no lo disfruta. ´Fidel, es música con esencia que te muestra a Buenos Aires desde el cielo’, le repito pero ni se entera. Y me apena que aún no sepa que el tango es una catarsis nostalgiosa y absurda, que irrumpe de improviso cabalgando un silbido para hablarnos muy quedo, despacito, de alguna plenitud nuestra y sin testigos. ‘Fidel, el tango es vino a solas, un sueño demolido o la mirada de esa piba que a ráfagas retorna y a contraluz de todo se adueña del momento. El tango es en voz baja, nos trabaja por dentro su rasguido de viola misteriosa cuando el llanto nos llega de costado, versallesco, o si los olvidos olvidados retornan de rebrote y se apropian del sueño. Porque Fidel, el tango en alta voz y teatralero es una grosería de recién venido, y sin una confesión a solas cada tanto o decirle al amigo más gomía “vos sabés como fueron esas cosas”, sería una música más, carnestolenda. Y por ese misterio, acaso diminuto, siempre nos vuelve el tango y no perdona’...

Aunque, ¿cómo explicarle a un felino sin apremios el enigma de los derrotados, o el cigarrillo de lenta ceniza meditada contra un reloj de insaciable desgarro?

En cambio, oyendo el “Concierto Número Cuatro de Mozart” Fidel se hace una fiesta. Levita leve y ligero, gato definitivo hecho dos sílabas sin cuerpo que vuela oyendo el sólo Dale Clevenger. Y hasta creo ya incorrecto decirlo sin jactancias: mi gato es un atigrado cualunque cabezón y sin prosapia, pero su gusto musical lo diferencia. Sí señores, todo felino puede ser un amante a hurtadillas, merodeador de habitaciones sin apenas proyectar su sombra, clandestino de silencios a su antojo y que lleva en sus ojos el secreto de la libertad, y sin pedantería, les digo que ninguno mejor a Fidel para disfrutar a Mozart en mi bemol mayor. Aunque jamás le perdone, gato gil, que si el fueye de Troilo me solloza “Responso” él se haga el indiferente; y me den estas ganas de sacarlo a patadas.

(*). Eduardo Pérsico´, narrador y ensayista, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.