15 de agosto de 2020

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LA “LEGITIMIDAD” COLONIALISTA DE FRANCIA EN MALI

Por: Daniel Gatti (BRECHA).

2 de febrero de 2013

El 11 de enero Francia decidió mandar sus tropas a Mali, en solitario, en respuesta a un llamado del gobierno local para "frenar el avance del terrorismo islámico". Pocos días después, un grupo integrista musulmán de los más duros tomaba centenas de rehenes en Argelia y la represión consiguiente de las autoridades argelinas se saldaba con decenas de muertes. En los últimos días París recibió un apoyo expreso de Estados Unidos, que ya comenzó a trasladar equipos y armas franceses hacia Mali.

Contra el terrorismo islámico el fin justifica los medios. La afirmación bien podrían hacerla suya (si no la hicieron ya) todos cuantos han intervenido en los últimos años, en las últimas décadas, para "poner fin al avance" de la peste que ha remplazado al comunismo en el lugar de enemigo principal de Occidente. Diga que el enemigo a combatir en Mali es de esos tan tan malos, tan malísimos, tan pertenecientes a otro mundo al cual uno -occidental, progre- no quisiera pertenecer, que incluso un militante anticolonialista de pura cepa sesentista pudiera hacer la vista gorda al ver desembarcar a los fornidos soldados de la patria libre, igualitaria y fraterna para defender los ideales democráticos de la agresión terrorista.

Lo que sucede es que en la última década larga, muy larga, antes del famoso 11 de setiembre de 2001, pero desde entonces con una "legitimidad" de la que antes se carecía, los países occidentales (no sólo Estados Unidos, también la mayoría de los europeos) han ido acostumbrando a la opinión de que en nombre del combate a esos nuevos malos todo vale: vale invadir países a pedido de sus autoridades, poco antes criticadas por violar los derechos humanos (es el caso de Mali); vale intervenir sin ser llamados (Pakistán, aliado, aún dudoso, pero aliado al fin, donde un comando de las fuerzas de elite de Estados Unidos entró como Perico por su casa para matar al odiado Osama bin Laden, tirar su cuerpo al mar, asumirlo, y como si nada); vale montar cárceles clandestinas, como las de la cia en zonas de la ex Europa socialista, y campos de concentración adonde se traslada clandestinamente prisioneros desde miles de quilómetros y se los tortura impunemente (Guantánamo, o en el propio "teatro de operaciones", la cárcel de Abu Gjraib), y como si nada; vale bombardear sistemáticamente con drones aldeas con población civil en medio de la total indiferencia de la "comunidad internacional"; vale establecer listas de enemigos a "eliminar", admitirlo públicamente, ejecutarlo donde sea, y nada. Y así.

En nombre del combate al islamismo más radical -gestor de horrores, qué duda cabe- todas las exacciones, invasiones, asesinatos, violaciones a los derechos humanos, parecen haber encontrado justificación. Las propias y las de los aliados, mientras aliados sean.

Hace un par de semanas el gobierno de Mali -surgido del golpe de Estado de un año atrás- pidió a su par francés que por favor lo ayudara a combatir a los islamistas radicales ya establecidos en el norte del país que se estaban extendiendo hacia el sur y amenazaban con tomar la capital, Bamako. François Hollande, el presidente socialista francés que cuando llegó al poder, ocho meses atrás, sostuvo que los tiempos en que el país se había conducido como "el gendarme de África" eran cosa del pasado y que jamás de los jamases intervendría en el continente si no era bajo un mandato claro de las Naciones Unidas, pues bien, ignoró todo eso y presuroso envió sus tropas a la ex colonia a combatir al malo malísimo. París justificó su decisión en la necesidad de "frenar el avance de los grupos terroristas", de impedir la instalación de una suerte de Sahelistán, un feudo islamista en el desierto de Sahel, casi que a las puertas de Europa, y dijo que sus soldados permanecerán en el territorio maliense "el tiempo que sea necesario", al menos hasta que el ejército local y una misión militar de los países de África occidental "tomen el relevo". Ninguna decisión explícita de la onu medió para que Francia decidiera, sola, "responder al llamado" del gobierno local (esto no impidió que su secretario general, Ban Ki Moon, saludara la "valiente" acción francesa, aunque él hubiera preferido, dijo, priorizar la negociación política con los islamistas). Y lo que al comienzo se trataba de una intervención "limitada a detener el avance de los grupos terroristas" se extendió pocos días después a operaciones contra "la retaguardia" de esos grupos, en sus propias bases del norte del país, con repetidas incursiones de los bombarderos Raffale "en conjunto con tropas malienses".

El miércoles pasado la Federación Internacional de Derechos Humanos de Francia acusó a esas fuerzas malienses de cometer decenas de "ejecuciones sumarias" y otros abusos mientras contraatacaban a los islamistas. Unos meses antes la propia onu había documentado hechos del mismo tenor (ejecuciones, torturas, violaciones, recurso generalizado a niños soldados) por parte de los dos bandos, los islamistas en el norte y las tropas gubernamentales a las que París prestó su ayuda en el sur. Sobre todo en el norte, como consecuencia de una aplicación estricta de la sharia (la ley islámica), traducida en lapidaciones de parejas adúlteras, mutilaciones de condenados, abusos sexuales a mujeres acusadas de no ir vestidas de manera apropiada. Pero también en el sur, en particular contra integrantes de minorías, como los tuaregs, los habitantes del desierto, responsabilizados de mantener vínculos con grupos islamistas.

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La intervención francesa en Mali fue la justificación declarada por un grupo extremista islámico, escindido de la ya durísima Al Qaeda en el Magreb Islámico (aqmi) y conocido como "Los que firman con sangre", para atacar una planta gasífera en el desierto de Argelia cercano a la localidad de In Amenas y tomar decenas y decenas de rehenes con el fin, según parece, de transportarlos a Mali para forzar una negociación con el gobierno local y sobre todo con Francia. La acción fue de tal magnitud (una cincuentena de atacantes armados a guerra que toman una planta ubicada en el corazón económico de Argelia, en la que se encontraban más de 600 personas) que nadie defiende la idea de que hubiera sido lanzada a raíz de la intervención de París en Mali, pero los propios franceses admiten que esa intervención "le dio la excusa" al grupo para llevarla a cabo. El ataque se saldó con una masacre (casi 70 muertos) luego de que Argel, fiel a su tradición de dureza ante el radicalismo islámico que remonta al golpe de Estado de 1992,* decidiera pasar a la acción.

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Lo curioso del caso (o no tan curioso: en realidad se trataría prácticamente de la confirmación de una regla) es que los grupos islamistas a los que Francia (asistida ahora por Estados Unidos, véase nota adjunta de Juan Gelman) combate en el norte de Mali fueron parte de la "resistencia" libia contra el régimen de Muammar Gaddafi, y su armamento y poderío militar provienen sobre todo de la colaboración de la otan, que los utilizó a ellos contra Gaddafi como utilizó a sus "hermanos" afganos contra los soviéticos en los ochenta, y ahora a sus otros "hermanos" sirios contra Al Assad, o a Saddam Hussein contra Irán. O.

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Entre aquel 92 argelino y este presente argelino y maliano y la recientísima historia libia, hay personajes o grupos que se reiteran, señala el periodista argentino radicado en Francia Eduardo Febbro. "Los terroristas que ingresaron a la planta (de In Amenas) llegaron a través de la frontera con Libia, distante unos 100 quilómetros. Por esas zonas se arraigó el líder de la brigada ’Los que firman con sangre’, el argelino Mojtar Belmojtar, luego de haber transitado por el Grupo Salafista de Predicación y Combate (gspc), una rama disidente de otro grupo terrorista argelino, el gia. (.) Otro de los protagonistas centrales es aqmi, una célula nacida en el seno del gspc. La presencia de los grupos islamistas radicales en el norte de Mali, una zona atravesada a la vez por el Sahel y el Sahara y donde instalaron sus bastiones, motivó la intervención militar francesa. Esos grupos se unieron entre sí para avanzar progresivamente hacia el sur de Mali una vez que el Estado maliense quedó debilitado por el golpe de Estado de 2012.** Cuando los occidentales importaron a bombazos una apariencia de democracia en Libia, los mercenarios que trabajaban para Gaddafi se dispersaron en la amplia frontera sur, de 4 mil quilómetros de desierto. Las armas, incluidas las que Occidente suministró a la oposición libia durante la guerra, fueron a parar a manos de esos grupos. Negocio fructífero y bomba de tiempo."

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François Hollande tenía fama de blando. Ya no la tiene. Su decisión de ir a la guerra en Mali fue "saludada" por casi todo el espectro político francés (una de las pocas excepciones fue la del Frente de Izquierda). Los sondeos reflejaron ese clima de unidad nacional, y Hollande, que había caído en su nivel de aprobación, criticado por izquierda y derecha, ahora los mira de arriba. Hollande no era tampoco bien visto por las fuerzas armadas desde que, al llegar al gobierno, anunció un recorte severo de sus presupuestos, austeridad obliga. Las guerras tienen eso: los mandos militares se alegran.
Notas

* El actual gobierno argelino, al que Occidente "respeta", según palabras del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y con el que ha tejido buenas relaciones económicas, surgió de un golpe de Estado dado en 1992 para impedir que asumiera el poder el Frente Islámico de Salvación, ganador de las elecciones legislativas de entonces. Desde ese momento la guerra entre gobierno e islamistas radicales ha provocado decenas de miles de muertos (se habla de hasta 150 mil), muchísimos de ellos no combatientes tomados como blanco por unos y otros. En recientes declaraciones al diario parisino Libération, el investigador Kader Abderrahim, profesor de ciencias políticas especializado en el Magreb y el islamismo, señaló que el gobierno argelino, pese a su represión masiva, o quizás por ello mismo, ha sido incapaz de "saldar la cuestión del islamismo. La lucha contra el terrorismo ha sido un fracaso. No hubo actuación política acompañando la represión". En los tiempos más recientes Argelia se convirtió, de hecho, en aliada económica y política de Francia, permitiendo que sus aviones con destino a Mali sobrevuelen el espacio aéreo nacional. "Abdelaziz Buteflika (su debilitado presidente) sin duda lo aceptó a cambio del asentimiento político de François Hollande a su permanencia en el poder", dijo Abderrahim al diario francés.

** Mali, uno de los países más pobres del mundo, está partido en dos entre un norte controlado por una nebulosa de grupos islamistas asociados a un ala dura de los tuaregs, los habitantes del desierto, y un sur gobernado por una administración derivada de un golpe de Estado. Este golpe, que tuvo lugar en marzo de 2012, fue protagonizado por un grupo de militares que derrocó al presidente constitucional Amadou Toumani Touré, al que le reprochaban debilidad frente a la rebelión independentista tuareg en el norte. En abril del año pasado, Dioncounda Traoré, presidente del senado, remplazó a la junta militar y asumió como presidente interino con la condición de celebrar elecciones en 40 días, que no se realizaron. Traoré reforzó entonces la lucha contra los islamistas radicales, que fueron extendiendo su poder territorial hasta controlar hoy casi el 65 por ciento del país, poblado por unos 14,5 millones de habitantes. A fines de mayo, el norte se proclamó como país independiente bajo el nombre de Estado Islámico del Azawad, y adopta la sharia como "ley fundamental".