25 de enero de 2020

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ESPAÑA: "FRANCO ESTÁ EN EL CIELO"

Por: Pedro L. Angosto.

31 de marzo de 2009

Para Kaos en la Red

La crisis económica es grave, quizá muy grave, pero sobre todo es incierta pues los pronósticos yerran uno tras otro y nadie es capaz de saber a ciencia cierta cual será su alcance, su profundidad. Además, la crisis es sospechosa, cada vez más sospechosa, porque parece que ya nada existe más que la propia crisis, que ya no se puede hablar de otra cosa, ni legislar, ni gobernar, ni siquiera protestar o discrepar, sólo asentir con la testuz entre las piernas a lo que digan los que reparten las cartas en este inmenso casino trucado. Sin embargo, por muy grave e incierta que sea una crisis, ello no impide a ningún gobierno cumplir con los mandatos que recibió del pueblo. La crisis no puede paralizar la acción política, la crisis no puede tapar la memoria, la crisis no puede ser un pretexto para retroceder, la crisis no puede ser un escudo para eludir responsabilidades y compromisos, y es por ello que los gobiernos, mucho más en el caso del español -que es casi el único de Europa que se dice progresista-, tienen la obligación de trabajar para que se cumplan las leyes, para hacer que éstas sean cada vez más justas, para demostrar, con sus decisiones, que no vivimos bajo una democracia anémica, que no estamos atados por un pasado ignominioso ni por un futuro rupestre.

La crisis económica, por tanto, no es un impedimento para que el actual gobierno –el otro posible no lo hará, se lo impediría la genética- lleve hasta sus últimas consecuencias la flaca Ley de la Memoria Histórica que él mismo elaboró. No hay excusa que valga, ni siquiera la hipotética soledad parlamentaria derivada de las elecciones vascas y del propósito de Patxi López de ser Lendakari. No, ni mucho menos. Un gobierno se debe a un partido, pero sobre todo se debe al pueblo. Da igual lo que digan las estadísticas, da lo mismo lo que digan los medios, lo que alborote la Santa Madre Iglesia romana, lo que amenacen quienes de eso viven: Es mucho más digno perder las elecciones sabiendo que se está haciendo lo que es debido, que ganarlas haciendo lo que no se debe o no haciendo nada.

En estos días rememoramos el setenta aniversario del ascenso al poder y a los cielos, por la gracia de Dios, de Francisco Franco Bahamonde, uno de los criminales más perversos, fríos y mediocres que ha parido la humanidad, para nuestra desgracia, en nuestro suelo. Todavía, incomprensiblemente, aquel grandísimo degenerado, aquel asesino contumaz, aquella bestia sanguinaria, aquel monstruo de voz atiplada, andares ridículos y agilidad impar para el exterminio, para matar y anular a sus paisanos como si fuesen ratas, para someterse a los poderosos de otros Estados, sigue teniendo muchos partidarios que lo añoran como el Jefe irrepetible, que recuerdan su tiempo como una época dorada donde todo era inmaculado y perfecto. Muchos de ellos militan en el partido que fundó uno de sus ministros –Manuel Fraga Iribarne-, un partido que en cualquier momento, dadas las circunstancias internas y externas, puede volver al poder para seguir la obra del maestro querido.

Y no andan descaminados sus acérrimos, las o­nce mil vírgenes eran inmaculadas, aunque la de diciembre –si esa del puente- lo era más que las demás, porque era española, más española que ninguna, más que la del Pilar, que la de Covadonga, que la de Regla, que la Salerito. Las chiquillas aprendían labores propias de su sexo, obediencia, docilidad, sumisión al cura y al marido, y a llevar flores a María cada 13 de mayo por lo de Cova de Iría; los chiquillos a apedrear gatos, a hacer bravuconadas, a cantar himnos gloriosos, a hacer novatadas, a putear a los tímidos, a hacerse hombres a base de pantalones cortos bajo cero, de hostias, de trabajos esclavos y de servicios a la patria fúsil en mano bajo el mando de analfabetos, llenos de güisqui y tintorro barato, que jamás supieron hacer otra cosa diferente que joder al prójimo; los hombres trabajaban por cuatro perras o emigraban para mandar divisas, no pensaban o sufrían en silencio, imponiendo el silencio a los suyos, ayudando a que el mecanismo represivo estuviese siempre engrasado:

El miedo siempre guardó bien las viñas del oprobio. Los turistas venían a vernos como a los macacos de Gibraltar; el Real Madrid ganaba cinco copas de Europa seguidas; Carmencita cumplía años y sus hijas salían por la televisión que ya había llegado en blanco y negro como extensión del Nodo para contribuir, aún más, a la desinfección mental que tanto necesitaba el pueblo español según el loco nada egregio Vallejo Nájera padre. Los chicos iban a las escasas piscinas que había, a una hora las niñas, a otra hora los niños, como está mandado. La semana santa sin luz –¡para la que había! ¡Cuántas noches habremos cenado, tengo 48 años, al calor de las velas o el quinqué-, sin cine, sin bares –bibliotecas no había-, sin fútbol, a oscuras, con todo cerrado: Estábamos de luto porque hacía tiempo que se había muerto un señor y miles de hombres encapuchados se lanzaban a las calles con velas o sosteniendo tronos con santos de palo –Eugenio D’Ors dixit- ensangrentados. Mientras el mundo se estremecía al son de las canciones de los Rolling Stones o los Beatles, aquí se cantaban y bailaban canciones de otros tiempos, blandas, plúmbeas, ñoñas, deprimentes, siempre bajo la atenta mirada de algún alma caritativa que velaba por la moralidad pública y privada, para alejarnos de las tentaciones de la carne o la amistad…

Sí, todo era inmaculado. Un alto de la Guardia civil no obedecido, por lo que fuese, por una borrachera, por sordera, por descuido, podía acarrear la muerte merecida del infractor; las comisarías y cuartelillos continuaban destilando sangre, almacenando costillas rotas, arrojando a personas por las ventanas -¡cuánto sabrá ese al que llaman Don Manuel!-, los soplones –podía ser cualquiera- informando de la conducta de tal o cual elemento según les viniera en gana; los alcaldes y gobernadores enviando a jóvenes imberbes a regimientos sin bandera dónde todo estaba permitido; los maestros rompiendo palmetas en los dedos prietos de los chiquillos que no sabían la oración del día; las campanas tocando arrebato; los curas en las mejores mesas, tan verdugos ellos como los que apretaban el garrote o el gatillo; el hambre enseñoreándose de todo el país mientras los sostenedores del criminal enviaban unos litros de leche en polvo, de queso pestilente, de mierda. Olor a boniato cocido, a calcetín sudado –como decía Vázquez Montalbán-, a humanidad en descomposición; hedor a Torquemada, a Fernando VII, al cura Merino, a Narváez, a Vázquez de Mella, a Herrera Oria, a Cardenal Segura, a Primo de Rivera, a Comín Colomer, a vivan las caenas, a alfereces provisionales, a mamporreros, a criadas por lo comido, a hambre, a miedo, a sumisión, a obscenidad santificada, a traición. Sí, todo limpio, inmaculado, silencioso, manso, quieto, aterido, ciego, torcido bajo un inmenso manto sangre del que todavía –salvajes- muchos se sienten orgullosos.

Cientos de miles de españoles yacen bajo los campos de España, cientos de miles de españoles que defendieron al Gobierno Constitucional como mejor pudieron, con lo que tenían a mano. Muchas veces sin orden ni concierto, muchas veces sin una sola bala que echarle al fusil encasquillado. No fueron ellos quienes se rebelaron contra el gobierno legítimo, no fueron ellos quienes incendiaron España, no fueron ellos quienes apoyaron a Hitler y Mussolini: Fueron ellos quienes les combatieron por primera vez en el suelo de la vieja Europa, quienes usaron tirachinas y pusieron sus pechos contra las bombas criminales de la Legión Cóndor; fueron ellos quienes sacrificaron sus vidas por la libertad elevando el nombre de la República española a la categoría de leyenda; fueron ellos quienes todo lo perdieron sin que la actual democracia haya sido capaz después de treinta años de agradecerles el sacrificio, de condenar a sus verdugos, de sacarlos de la tierra perdida donde el fascismo los escondió, tal vez, para siempre, como si defender la democracia, como si ser los primeros en enfrentarse al nazi-fascimo hubiese sido algo vergonzoso.

No hay más tiempo, los últimos testigos de la barbarie, los supervivientes de la última quinta que formó parte del ejército constitucional, tienen una media de ochenta y ocho años. La memoria viva se esfuma. Es llegada la hora de cerrar las heridas, de ponernos en paz con nosotros mismos y puesto que no se puede juzgar a los autores intelectuales y materiales del genocidio porque han muerto en olor de santidad, si se puede resarcir a sus víctimas, a los defensores de la libertad, poniendo todos los medios para recuperar los cadáveres de los desaparecidos –el duelo no acaba hasta que se encuentra al cadáver dijo hace poco Rubalcaba-, restaurando el honor de los que lucharon por la liberad, no dejando una sola calle de España bajo la advocación de golpistas, creando un museo del terror fascista en el que las nuevas generaciones puedan saber de la barbarie, introduciendo en el código penal la apología del franquismo, declarando ilegal y genocida al régimen de Franco en sesión conjunta de las Cortes Generales y de todos los Parlamentos autonómicos. A ningún demócrata, y en este país todos dicen serlo, pueden agraviar tales medidas, sino llenarles de emoción y satisfacción por el deber cumplido, por haber cerrado para siempre la mayor deuda que tenemos con nosotros mismos: Hacer las paces con la verdad y con nuestro pasado, poniendo a cada cual en el lugar que le corresponde, a Franco en los infiernos.