10 de noviembre de 2019

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BARACK OBAMA EN SU LABERINTO

Por: Jorge Gómez Barata.

7 de octubre de 2008

(Argenpress). La reina de Inglaterra o el rey de España pueden convertir en lores, condes o marqueses a todos los idiotas que les plazca, pero no pueden hacer médico o maestro a un ignorante y, con su firma, el presidente de la Reserva Federal puede crear miles de millones de dólares, pero ninguna tonelada de acero. La crisis norteamericana, es una crisis de dinero y en las altas finanzas estadounidenses, el dinero no es fruto de la economía sino de la especulación. Ese y no otro es el fondo del problema actual.

Para no ser excesivamente esquemático añadiré que el liberalismo económico es una doctrina perfecta para conducir la economía capitalista desarrollada, aunque ineficaz para la especulación y menos para financiar una guerra. Las guerras no son subastas ni juegos de bolsa, sino gastos reales. Al conducir la guerra con los criterios del neoliberalismo, Bush se ha equivocado. En Wall Street las finanzas son como un juego de ruleta, mientras la guerra es una realidad. Cierta vez le escuché decir a Fidel Castro: “No se puede estar en guerra y de fiesta”. Otra vez tuvo razón.

Otra dificultad es que para curar una enfermedad primero hay que diagnosticarla y no existe un diagnostico exacto de la actual crisis de las finanzas y de la economía norteamericana. Quienes lo saben lo ocultan y aquellos que pudieran resolverlo lo usan para obtener beneficios mezquinos; esa dialéctica explica por qué los congresistas republicanos votan contra el plan de Bush y Barack Obama lo apoya.

Como parte de su autocrítica, Bush está tratando de hacer ahora lo que tendría que hacer Obama cuando asuma la presidencia: poner las riendas, al menos de una parte de la economía en manos del Estado y tomar el mando, tal como hace 75 años hizo Franklin D. Roosevelt. Con su plan, Bush le adelanta trabajo, cosa que naturalmente el candidato apoya. El otro asunto es que quien se marcha es Bush, no el partido Republicano, que no puede traicionarse. El debate en torno a la relación del Estado con la economía es la única diferencia filosófica real entre demócratas y republicanos.

Respecto a la economía, Franklin D. Roosevelt, fue un mal precedente como antes lo había sido Woodrow Wilson en torno a la guerra. Por poner fin al aislacionismo, involucrarse en la Primera Guerra Mundial y tener allí 364 000 bajas, de ellas 130 000 muertos, Wilson fue castigado con vetos al Tratado de Versalles y al ingreso de Estados Unidos en la Sociedad de Naciones y con las leyes de neutralidad de la década del treinta, mientras muchas de las medidas de Roosevelt para controlar la economía fueron desautorizadas por el Tribunal Supremo y su liderazgo dio lugar a la 22º Enmienda, que limita la reelección a dos períodos sucesivos.

De ser electo, Barack Obama será confrontado por sus promesas de cambio, no en el nivel retórico donde se admite que los compromisos electorales sean olvidados, sino en el dramático terreno de los hechos donde los líderes, especialmente los jóvenes y ambiciosos y aquellos que como él tienen una cita con la historia, son rudamente confrontados. El primer hombre que sin haber nacido realmente en los Estados Unidos los gobernará, no podrá hablar de cambio, tendrá que cambiar.

En las opciones de Obama rondarán los grandes renovadores, por cierto todos demócratas: Wilson, Roosevelt y Kennedy. Wilson se fue a la guerra para catapultar a Estados Unidos a posiciones de liderazgo mundial, Roosevelt paradigma de la democracia y liberal en política avanzó en la socialización de la economía y libró la guerra que salvó a la Nación de la ruina y contribuyó a salvar a la humanidad de la tiranía fascista mientras Kennedy nacionalizó la Reserva Federal e intentó devolver al pueblo la soberanía sobre el dinero y perdió la vida en el intento. Obama tendrá que hacer el solo la obra de los tres: parar una guerra, reformar la economía y traer a Estados Unidos de regreso a la realidad.

En los Estados Unidos de hoy la economía y las finanzas guardan la misma relación que la existente entre una bella mujer y su retrato. Quien posea a la bella obtiene un disfrute, aunque físico limitado; nadie puede amar interminablemente; mientras quien tenga la foto podrá contemplarla eternamente, pero no la hará suya. Todos los psiquiatras lo saben: existen límites para la irracionalidad y la locura llega a un punto en que acaba con el demente. El paisaje es gris pero tales son las opciones.