24 de agosto de 2019

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SARKOZY: EL MONARCA REPUBLICANO

Por: Hugo Moreno.

5 de febrero de 2008

(SIN PERMISO).

Al presidente Nicolas Sarkozy, las instituciones de la V República le convienen perfectamente. Vale recordar que ésta nació como un régimen centralizado con un poderoso poder ejecutivo, en detrimento del parlamento y de los principios democráticos. El general De Gaulle pudo hacerlo, en 1958, en el contexto de la prosperidad económica, del fordismo a la francesa, del pleno empleo. Pero lo que sirvió entonces para evitar una guerra civil, se convirtió luego en instrumento para la afirmación de sus aspectos más negativos: el poder desmesurado de la función presidencial, con mengua grave de la representación popular. Aquí ha encontrado el su terreno propicio el “sarkozismo”, ruptura con el gaullismo tradicional, en el contexto del capitalismo remundializado de nuestra época.

Todas las izquierdas se enfrentaron en 1958 al proyecto reconstituyente De Gaulle, denunciaron el sistema institucional, trataron de defender el pacto republicano de 1946 en el que habían participado activamente. François Mitterrand escribió El golpe de Estado permanente. Pero cuando la Unión de la Izquierda ganó las elecciones en 1981, las otrora vilipendiadas instituciones fueron aceptadas de grado. Mitterrand se arrellanó en el “trono” del Elyseo -el palacio presidencial-, y a plena satisfacción. Lo hizo con panache, como dicen los franceses, con brillo y elegancia, durante los largos años de su presidencia. Ya funcionaba como un “monarca republicano”, metáfora utilizada por el constitucionalista Maurice Duverger. Los gobiernos de izquierda y de derecha se sucedieron, sin que nadie volviera a poner en cuestión el régimen, aun a pesar de las reticencias del Partido Comunista y de la extrema izquierda.

La nueva coyuntura de los años 1980, la crisis económica, los cambios del sistema mundial, impusieron un cambio de orientación. La dirección socialista abandonó, en lo esencial, su proyecto reformista. A partir de 1983 (ruptura con el PCF), el PS gobernó solo, aceptando como inexorable el horizonte del nuevo capitalismo en proceso de contrarreforma. La gestión del Estado capitalista y del sistema se convirtieron en su objetivo. De las viejas “100 proposiciones” para cambiar la vida y de la “ruptura con el capitalismo”, quedó muy poco, si algo. La diferencia entre “derecha” e “izquierda” fue diluyéndose, lo que venía de perlas a la primera y aun propiciaba el auge de la extrema derecha. Esta encontró en el Frente Nacional su expresión. Los grupúsculos extremistas pasaron a ocupar con el FN un espacio nacional. Importantes sectores populares se identificaron con la ideología racista y xenófoba de Le Pen. La “seguridad” y la “cuestión de la inmigración” pasaron a ser el centro del debate, al cual contribuyeron, por mucho, los medios de comunicación y sus mandatarios. El desempleo, las desilusiones, la crisis política y moral, las capitulaciones de las élites políticas, fueron el telón de fondo.

Las elecciones presidenciales de 2001, enfrentando al presidente Chirac y Le Pen, en detrimento inesperado del socialista Lionel Jospin, expresaron esa situación. A la crisis económica se agregó la política, pero también la social, cultural y moral. La derrota del Partido Socialista, culminada con su llamamiento a votar por Chirac en la segunda vuelta, le hizo perder la poca legitimidad que aún le quedaba. La derecha chiraquiana, vale la pena recordarlo, no tenía necesidad del voto de izquierda para imponerse. En cambio, se obsequió a Chirac con 80 % del sufragio. Un sano triunfo contra Le Pen, por cierto. Pero la izquierda, incluidos los grupos radicalizados, sucumbieron a una trampa mortal. Hay que rastrear por ese lado la encrucijada de las izquierdas, incapaces de dar una respuesta, o aun siquiera de convertirse en una oposición creíble, varadas en el cenagal del desencanto y la impotencia política.

Se abrió el espacio para el desquite de los conservadores, paradoja de la historia, disfrazados de “reformistas”. Los “Nuevos filósofos” ya habían anunciado el color, pues el vacío en la sociedad del espectáculo, como en la naturaleza, se llena con cualquier cosa. La resistencia intelectual y cultural careció de relevancia, a pesar de algunos intentos. En su amplio espectro, el movimiento social democrático, aquel que defendía las tradiciones y los valores republicanos y socialistas - libertad, igualdad, fraternidad- había perdido la iniciativa. Esa fue la derrota más importante, que allanó el camino a los herederos de Thiers y de Petain. Chirac, al fin y al cabo, con sus veleidades gaullistas, aún había tratado de mantener cierta independencia francesa (en particular, con su clara oposición a la guerra de Irak). Pero el Estado de impronta chiraquiana, anquilosado y corrupto, ya no servía a los intereses de una gran burguesía francesa más y más adaptada a un capitalismo remundializado y en plena mutación.

La elección de Sarkozy, en abril 2007, no encontró mayores obstáculos. Fue la expresión de una nueva correlación de fuerzas sociales y políticas; la impotencia de la izquierda en su conjunto le dejó el camino expedito. Ni un PS mayoritariamente convertido al social-liberalismo ni una candidata como Ségoléne Royal podían ofrecer una alternativa real a la derecha. La dirección socialista, salvo pocas excepciones, se había pronunciado claramente por la Constitución Europea, condensación del neoliberalismo. Esa que establecía prioritariamente la libre concurrencia, la privatización de los servicios públicos, la apertura de la economía; en resumen, la exaltación del “todo mercado”, donde el término “progreso social” era mencionado tres veces (mientras banco 176, concurrencia 174, mercado 78...), sin contar que “fraternidad” había desaparecido... A lo que todavía hay que agregar el abandono de una política europea autónoma y el hecho de que la defensa quedaba reducida, como en el actual “Mini-Tratado”, a la sola referencia de la OTAN, perdiendo la Unión Europea toda autonomía. ¿Qué otra cosa, pues, podía esperarse?

Al mismo tiempo, el fracaso de la “izquierda de la izquierda”, la profunda crisis de un PC que paga el precio de su adhesión histórica al estalinismo, el sectarismo de propios y ajenos, etc., contribuyó a esta catástrofe política, cualesquiera fueran las motivaciones, algunas, acaso, no carentes de cierto fundamento. “Los caminos del infierno están pavimentados con buenas intenciones”, había dicho el poeta. Sarkozy se impuso así, con casi el 54 % de los votos, con el favor de la derecha tradicional y buena parte de la extrema derecha, que veía recuperados y trocados en “respetables” algunos de sus temas favoritos. Entre ellos, la xenofobia, la inseguridad y la inmigración, asociadas alegremente. Sectores populares, atrasados económica y culturalmente, se dejaron seducir por el nuevo jefe.

Avido de poder y riqueza, el protegido de Pasqua y Chirac no había tardado en abandonar a sus viejos padrinos para jugar su propia carta. Sería injusto negarle inteligencia política, o cuando menos, olfato. El que lo llevó a postularse como candidato de la “reforma”, la “ruptura” y la “modernización de Francia”, olvidando mencionar que fue uno de los principales responsables del Estado chiraquiano y ministro de peso en los gobiernos precedentes En todo caso, Sarkozy está lanzado en su proyecto, con las manos libres que le deja la constitución. La aplicación “sin complejos”, como le gusta decir, del neoliberalismo. Pero recordemos, para evitar la mistificación, que su política económica se inscribe en la continuidad de los últimos 25 años. Con matices, los gobiernos de izquierda y derecha, han coincidido en lo esencial: las privatizaciones, la desregulación, la flexibilidad laboral, el aumento de la explotación del trabajo, la domesticación de los sindicatos. Sarkozy va más lejos, pero no es el equivalente francés de Ronald Reagan y Margaret Thatcher; entre otras cosas, porque en Francia, aun estando el movimiento obrero y social muy debilitado, no ha sido todavía derrotado. Y ése precisamente el reto al que se enfrenta este nuevo presidente.

Este gobierno aparece como el instrumento de la nueva aristocracia financiera mundializada, el de la gran burguesía representada por el MENEF [la principal asociación de la patronal francesa]. Laurence Parisot, la actual presidenta, lo dijo claramente, retomando una fórmula de Denis Kessler: “El modelo social francés es el producto puro del Consejo nacional de la resistencia. Un compromiso entre gaullistas y comunistas. Llegó el gran momento de reformarlo, que es lo que está haciendo el gobierno”. Otros sueñan también con enterrar “la ideología” de Mayo 68 que, en su imaginario, representa el símbolo del declive de Francia.

La novedad de la política “sarkoziana”, reside en la brutalidad, la violencia y el despotismo del nuevo gobierno, que ordena y manda con total desprecio de la representación popular y nacional. El parlamento, controlado por la derecha, no desempeña otro papel que el de una suerte de caja de resonancia, y hasta el primer ministro, François Fillon, aparece como un figurón. El alineamiento con la política internacional de los Estados Unidos, quizá sea el cambio más importante y peligroso, el que marca de verdad la ruptura con el gaullismo. “Sarko, el Americano” no es una metáfora periodística, sino que apunta a este viraje, con consecuencias aún inciertas. La adopción del Mini-Tratado Europeo, el acuerdo de Lisboa, es un ejemplo elocuente. Sarkozy impone, por la vía parlamentaria, una copia fiel de la Constitución Europea, con total desprecio por el 54 % de los que dijeron No en el referéndum del 29 de mayo de 2005. La dirección socialista llamó primero al boycot, con algunas honrosas excepciones; luego a la abstención. Una nueva capitulación, que permitirá, muy probablemente, la aprobación del Mini-Tratado de Lisboa.

Sin embargo, desde la huelga del sector público del 18 de octubre, y los consiguientes movimientos, aparece claro que el “estado de gracia” de Sarkozy está llegando a su fin. Las últimas encuestas constatan una caída de su popularidad (45 % que aprueba, frente al 57 % en contra). Su presencia frenética en los medios, la exposición orquestada de su vida privada, sus torpezas sin cuento, están hastiando a la opinión pública. Las giras de Sarkozy a modo de viajante de comercio, buscando nuevos mercados, incluso para el sector nuclear, no compensan una situación crítica para la burguesía francesa; menos aún para los sectores populares golpeados por las desigualdades y la injusticia que aumentan cotidianamente.

Este gobierno aparece así, sin máscaras, como el gobierno de los ricos y para los ricos.

Pero por importante que empiece a ser la resistencia, la ofensiva está en sus manos, al menos por ahora. Las huelgas, las movilizaciones, las protestas, no logran frenar, a pesar de su incipiente magnitud, el desmantelamiento del Estado de Bienestar, las privatizaciones, la reducción de los gastos públicos, el aumento de la explotación, la destrucción del código del trabajo, la disminución del nivel de vida. Las conquistas obtenidas desde 1945, incluso desde 1936, están siendo demolidas con eficacia aterradora. El desquite de las clases dominantes se expresa en esta “guerra social”, llevada a cabo de forma perfectamente consciente. Pero el descontento aumenta, y las elecciones municipales, en pocas semanas, serán un test fundamental.

El nuevo plan para “calmar” las zonas marginales, con una promesa de mil millones de euros (una miseria, si se compara con el budget nacional, incluso con la reciente estafa de cinco mil millones de euros en la Société Générale) forma parte de esta política. Los jóvenes de los barrios suburbanos, esos que estallaron en noviembre 2005 y que siguen pobres y humillados, son difíciles de engañar. Algunos retoques, muchas promesas; nada concreto. No son los paliativos de Fadela Amara, una de las fundadoras de “Ni putas ni sumisas” -cooptada por el sarkozismo- lo que podrá impedir el asalto a los muros. Pues muros existen, efectivamente. En los suburbios parisinos y de los centros urbanos, donde el desempleo y la pobreza doblan la media nacional, esos muros separan el mundo de los pobres y parias del mundo de los ricos y del bochornoso espectáculo de los actuales inquilinos del poder. Nada podrá arreglarse al margen de una política nacional de creación de empleos y de justicia social, de una redistribución de las enormes riquezas acumuladas. Es decir, todo lo contrario de lo que está haciendo Sarkozy.

Esta semana, Jacques Attali, ex-consejero de François Mitterrand, presentó a Sarkozy sus 314 proposiciones para “cambiar Francia”. Obsequioso, no se privó de agregar con cierto narcisismo onanista: “Si Luis XVI hubiera aplicado las que proponía Turgot...” El presidente francés, al parecer, manifestó un acuerdo general, tomando quizá como un cumplido esta deferencia. El Rapport Attali contiene pocas novedades. No es otra cosa que un concentrado, en 250 páginas, del ultraliberalismo inspirado en el consenso de Washington, con algunos toques “a la francesa”. Las mágicas palabras de “flexibilidad” y “ajuste” impregnan el documento. En resumen, para mejorar la “competividad” de las empresas (otra palabrita de moda), hay que terminar con el sector público, abrirlo a la concurrencia y privatizar el resto, culminando las contrarreformas emprendidas en 1986, 1993, 1997 y 2002. A las que se agregan las de la educación nacional, con la “reforma universitaria” recientemente aprobada por el parlamento, y un plan de supresión masiva de puestos de funcionarios (28.000 en 2008, de los cuales 11.800 docentes, en particular en primaria y secundaria). Difícil pronosticar si la suerte del nuevo “monarca” será semejante a la de Luis Capeto, pero la bronca acumulada no deja de aumentar.

Sarkozy proclama la época de los “vencedores”; los que se “levantan temprano”, los que “trabajan más para ganar más”... A la arrogancia del nuevo rico, se suma un llamativo cinismo. “Miren cómo yo pude llegar”, dice el hijo de inmigrantes, postulándose como ejemplo de integración, ostentando su Rolex, sus vacaciones pagadas por millonarios, su amistad con Bush, sus viajes de representante de comercio, su elogio inaudito de las religiones, hasta su nueva mujer, la ex-top modelo Carla Bruni, presentada públicamente en Disneylandia... Se acabó el panache, el brillo y la elegancia de otros tiempos. Si los pobres son pobres, por algo será; como todos, también ellos son responsables de su situación, lo mismo que los pueblos colonizados de Africa, como no se recató de decir en el reciente discurso de Dakar.

Sarkozy desconcierta; comienza incluso a molestar a sectores de su propio partido y de las clases dominantes. En su agitación permanente, lo siguen los Tartufos de siempre, el grupo tradicional de sus amigos, al que se agregaron, para su vergüenza, algunas personalidades procedentes de la izquierda como Bernard Kouchner, Eric Besson, Jacques Lang, François Attali y otros, a distintos niveles. Dominique Strausss-Kahn, actual presidente del FMI, manifiesta su “convergencia”... En realidad, no les fue difícil, pues ya estaban ganados al liberalismo. En todo caso, todos al servicio del “monarca”, recibiendo órdenes y aceptando descortesías inconcebibles.

Se terminó la fiesta en París. Ahora existe una sociedad atomizada, individualista, puerilizada, invadida por el temor de un mundo incierto. Una especie de “gran miedo” que penetra en todas las capas sociales. El telón de fondo es el desempleo crónico, la desindustrialización, la deslocalización de las empresas, la ausencia de esperanza, al menos para los que no tienen nada, los oprimidos y explotados de siempre. El miedo a su rebelión halla ciertamente un eco en el discurso “securitario” de Sarkozy. Este es el gobierno del partido del orden. El “Trabajo, Familia, Patria” del petainismo parece resurgir. El Ministerio de la inmigración y de la “identidad nacional”, en manos de Brice Hotefeux, que tiene asignado como cuota la expulsión anual de 25.000 extranjeros irregulares, recuerda también aquellos tiempos de oprobio. (Esta cuota, dicho sea entre paréntesis, se acompaña de una actividad policial extraordinaria, basada en la ’caza’ de inmigrantes supuestamente clandestinos, la caza de todos los prima facie no europeos: árabes y negros en particular. Se asemeja mucho, les molesta recordarlo, a las ’raffles’ de judíos durante el gobierno de Petain. No tiene el mismo significado, pero basta recorrer el metro de París, sus estaciones, las de trenes, para hacerse una idea. A la vista de tantos soldados y policías, los controles permanentes, etc., cualquier visitante extranjero podría imaginar que Francia vive bajo un Estado policial. El espectro de una república oligárquica y autoritaria está presente).

Desde el gran movimiento social de 1995, los trabajadores tratan de oponerse a la ofensiva neoliberal. En no pocas ocasiones, lograron parar o desviar los proyectos sucesivos. Se ganó en las calles, en la huelga, en las manifestaciones, pero el proceso siguió su curso. El sistema político lo permite, pues está centralizado y controlado, pero también el debilitamiento del movimiento obrero tradicional, golpeado por los tres millones de desempleados y la gangrena del social-liberalismo que ha ganado a una parte de sus dirigentes. En la reciente huelga del transporte, fue la CFDT la primera organización que aceptó la negociación, cuando aún todo estaba en juego. En el más reciente movimiento estudiantil y docente, fue la UNEF, el importante sindicato estudiantil, quien cedió, aceptando levantar el movimiento. Ambas organizaciones, como es sabido, respondiendo a la orientación de la dirección socialista...

En todo caso, la tormenta social sigue en ciernes. Sarkozy puede asumir la impostura del monarca republicano, pero carece de la envergadura del Príncipe. Este, como recordaba Maquiavelo, debía suscitar y organizar una voluntad colectiva de un pueblo que se identifica con él. Lejos estamos de eso con Nicolas Sarkozy, más cercano a aquella figura tan bien descrita por Antonio Gramsci: “Quien sustituye los hechos concretos por el orgullo o hace política del orgullo, es hombre sospechoso de poca seriedad”. Los centros del poder que lo han entronizado, una vez utilizado, lo abandonarán, como siempre hicieron en la historia. La cuestión sigue siendo la ausencia de una alternativa republicana y socialista creíble. Ahí reside la fragilidad del movimiento social que puede seguir marchando por las calles de París y las grandes ciudades, haciendo huelgas y manifestaciones, pero dejando la iniciativa y la decisión políticas a los otros. Entre el fin del período de gracia de Sarkozy y el comienzo de su bancarrota, queda aún un tiempo y un espacio para llenar. Varias iniciativas trabajan en ese sentido, entre ellas el llamamiento internacional “El Mayo del 68 no sino un comienzo...”

El viejo Sócrates, en la vigilia de su muerte, a la espera del barco anunciador del momento fatal, rodeado de sus amigos, pidió a uno de ellos que le trajera una flauta. Sorprendido, el joven preguntó: “Pero Sócrates, ¿para qué quieres una flauta ahora, si nunca supiste tocarla?” El sabio, que decía que saber, saber, no sabía nada, con sus setenta años y una sonrisa que uno puede imaginar, repuso: “Pues, por Zeus, mi querido amigo: si no aprendo ahora, ¿cuándo quieres que lo haga?”... Para las izquierdas en Francia, valga la anécdota. Todavía nos queda un tiempo para aprender a tocar la flauta. Y hay que apresurarse, antes de que, en efecto, sea demasiado tarde.

Hugo Moreno, docente-investigador en Ciencias Políticas (Universidad de París 8), es miembro del Consejo Editorial de SIN PERMISO.