10 de noviembre de 2019

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MORIR EN CANTO GRANDE

Por: Vicky Peláez.

18 de septiembre de 2007

El Día de la Madre, hace diez años, Alberto Fujimori ordenó el fusilamiento de presos rendidos en un penal de la capital

Nadie podría decir ahora, cuál acción fue la peor y cuál afectó más al Perú durante el gobierno de Alberto Fujimori, pero la masacre en la cárcel de Canto Grande, el 10 de Mayo de 1992, difícilmente será borrada de la mente de los peruanos, pues fue la primera acción sangrienta, ampliamente difundida por el mandatario japonés en el afán de justificar el autogolpe, según se sabe hoy.

Pese al tiempo transcurrido, ningún organismo nacional ni extranjero, se ha detenido a investigar qué pasó durante más de 8 días de violentos sucesos y por qué Fujimori ordenó fusilar a los presos amotinados que se habían rendido. Los datos señalan que fueron unos 80 presos los asesinados. Sus cuerpos llegaron a la morgue en pedazos.

Por primera vez, un sobreviviente de ese hecho sangriento se atreve a relatar a el diario/LA PRENSA, los pormenores de la masacre, porque los medios, mayoritariamente controlados por Fujimori, nunca dieron oportunidad para que el "otro lado" relate su versión de los hechos. Tal es el silenciamiento, que inclusive en los documentos desclasificados por el gobierno norteamericano, el golpe de Fujimori del 5 de abril y la masacre de Canto Grande un mes después, no aparecen.

El caso de miles de inocentes

Mario Vilcara es uno de los miles de inocentes que purgaron cárcel a raíz de la guerra entre Sendero Luminoso y el gobierno peruano. En su desgracia arrastró a los suyos y hoy él y sus hermanos están asilados aquí en Nueva York, restañando sus heridas visibles e invisibles. Ellos huyeron hasta aquí perseguidos por la violencia que nunca parecía acabar.

"Tenía 20 años cuando fui detenido cerca a la Universidad San Marcos, donde yo estudiaba. Estaba en el paradero del bus, cuando de una camionetas cerrada bajaron unos hombres vestidos de verde olivo y me detuvieron a golpes. A pesar de que preguntaba y quería saber qué pasaba, no me contestaban. Antes de ser levantado en vilo y tirado en el vehículo me quitaron la camiseta y me cubrieron la cara, adentro había otro detenido y en el camino capturaron a otro joven más. Más tarde me enteraría que los tres éramos coacusados de un "intento de hacer pintas llamando al paro decretado por Sendero Luminoso".

"La pesadilla que viví desde ese momento es muy difícil y larga de relatar. Cuando la fiscal nos llevó al lugar del ’delito’ no encontraron nada, pero fui torturado, golpeado, humillado y vejado de todas las formas imaginables durante casi dos meses, para que confiese una culpa. Sólo déjeme decirle que cada noche en la unidad de la policía de investigación, practicaron conmigo algún tipo de tortura. Me colgaron de las carnes, me aplicaron la picana, trataron de ahogarme en excremento humano, me reventaron a patadas y puñetazos mientras los torturadores se reían y ponían música con el volumen al máximo. Al final cuando ya no tenía una lágrima más por derramar, cuando mi propio olor se confundía con el excremento, cuando no daba más por el cansancio -pues en todo ese tiempo dormía en el suelo o de cuclillas-, aumentado todo por la pena de ver a mi madre desesperada por no poder hacer nada, me trasladaron a la Cárcel de Canto Grande donde tenía que esperar mi juicio".

A los tres coacusados nos sacaron de la carceleta del Palacio de Justicia y nos tendieron en el suelo del bus que nos llevaría a la penitenciaría. Eramos peor que basura, sobre nosotros caminaban los presos comunes que fueron dejados en diferentes cárceles. Era de noche cuando nos dejaron, yo ya no tenía esperanzas de nada. Tenía 20 años y sólo esperaba la muerte, pagaba sin haber cometido nunca nada malo, porque aunque mis padres eran inmigrantes pobres, siempre nos habían criado bien, jamás había estado en líos, trabajaba de día en una fábrica y en la noche estudiaba en la universidad, pero todo eso se había acabado".

"En Canto Grande, nuevamente la policía nos revisó a golpes y se quedaron con lo poco que nos habían dado nuestros familiares. A eso de las tres de la mañana decidieron llevarnos a los pabellones, para nosotros eligieron el 4B, un edificio de cuatro pisos donde estaban los presos por terrorismo. El olor de la cárcel es horrible y muy particular, es lo primero que impresiona, y creo que de noche se acentúa. Caminamos un largo trecho hasta que los guardias tocaron la puerta de fierro. El responsable, un interno, preguntó desde adentro quién era. "Traemos tres nuevos", dijo el policía y la voz le contestó que allí ya eran muchos y que no cabía ni un preso más. Entonces el guardia le dijo que nos llevaría al pabellón de los presos comunes".

"Si ese hombre no se hubiera decidido a recibirnos, otra sería mi historia. Lo cierto es que nos hicieron pasar y por primera vez en todo ese tiempo de experiencia infernal alguien me trató como a una persona. Se presentó y nos invitó a sentarnos, otro nos trajo una taza de mate tibio y pan, y mientras engullíamos la comida -había sido tan escasa todo ese tiempo- nos preguntaban nuestros nombres y si éramos del partido. Como ninguno lo era, nos dijeron que estaríamos entre la "masa" y que en la mañana seguiríamos hablando. Nos señaló un lugar vacío de un pasillo, donde en una larga fila de colchones dormían decenas de personas. A cada uno nos dieron un colchón y una frazada. Apenas me tendí caí en un profundo sueño, pues era la primera vez también que dormía como persona".

"El sonido de zampoñas despertó mi primera mañana en esa cárcel, y desde ese momento nunca más en el tiempo que permanecí en el 4B, mis días, mis horas y mis minutos estuvieron vacíos. El sistema de sobrevivencia era admirable, culpables e inocentes, sentenciados o no, estábamos tras las rejas y debíamos sobrevivir con dignidad, así lo habían decidido los dirigentes prisioneros de ese pabellón y gracias a Dios no fui llevado a donde los presos comunes, donde la droga, los asesinatos y las violaciones eran cosa de todos los días, allí la cantidad de presos con Sida es alta". "En el 4B éramos unos 400 presos. Desde el amanecer estaba programado todo. Por turnos los presos practicaban deportes, cocinaban, enseñaban o aprendían a leer, escribir y todo lo que pudieran. Igualmente, se participaba en actividades culturales y por supuesto todos éramos adoctrinados y debíamos seguir una conducta estricta, de lo contrario no podíamos permanecer allí. Fui testigo de alguien que fue expulsado y los guardias lo llevaron donde los comunes. Todos los días se daba a conocer el "pensamiento del día", se hacía ejercicios, se cumplía tareas, se estudiaba, se programaba esparcimiento , se escuchaba las noticias, se analizaba la situación, etc., etc. La limpieza del pabellón y personal eran estrictas. Teníamos tres depósitos de agua, almacén de alimentos, biblioteca, enfermería, cocina, huerto donde se criaba gallinas y cuyes. Todo logrado por los propios prisioneros, con lo que traían los parientes, con lo comprado a los policías y presos comunes".

"Lo más interesante es que las puertas y ventanas furon fortificadas por los presos con muros de concreto, a raíz de la matanza que sucedió en 1986 en tres cárceles de la capital. Al 4B no entraban los policías pero los familiares entraban cuando eran los días de visita. Una vez habían descubierto, a través de un alcantarillado, una entrada al pabellón de mujeres 1A, donde estaban más de 100 acusadas por terrorismo. Allí ellas llevaban idéntica actividad a la nuestra. Los días de visita íbamos hasta allá. Sólo se podía mantener amistad con las presas si es que tenías una relación afectiva afuera, y si surgía un enamoramiento tenías que informar y pedir permiso a tus responsables, quienes a su vez lo informaban a la alta dirección del pabellón, ellos decidían. Cada grupo tenía un responsable militar y político. ...Yo tuve una enamorada, pero salió antes del 10 de mayo felizmente... Los días de visita venía mi mamá trayendo comida y cosas. También me visitaban mis hermanas y mi hermano menor. Desde ese mes de agosto de 1990 hasta mayo de 1992 aprendí lo que es la extrema desesperación, el dolor, el odio, la impotencia pero también aprendí lo que es compartir hasta lo más mínimo. Mi vida cambió totalmente y crecí en todo sentido".

La matanza

"Desde el mes de abril en que se supo que se había producido el golpe de estado, llegaban rumores de una inminente masacre, todos se acordaban de lo sucedido en Lurigancho en 1986, cuando Alan García mandó matar a 300 presos. El partido tenía "ojos y oídos" y enviaban desde fuera informes que cualquier noche vendrían las fuerzas especiales del ejército para matarnos bajo el pretexto de un motín a raíz de una supuesta requisa y traslado. Decían que Fujimori trataba de justificar su autogolpe a sangre y fuego". "Realmente se derramó mucha sangre y hubo fuego, hasta hoy tengo pesadillas y despierto creyendo que sigo en ese combate tan desigual. Nuestros vigías en lo alto del pabellón, vieron a eso de la medianoche del 7 de mayo que llegaban decenas de carros del ejército y de allí bajaron pelotones de las fuerzas especiales. No hubo aviso, no dijeron nada y, no fue hasta la madrugada en que atacaron. Con la explosión de un cohete Instalaza volaron una pared inferior del pabellón de mujeres. Ellas resistieron hasta con agua hervida y clausuraron la puerta a ese lugar, mientras, una a una se trasladaron hacia nuestro pabellón. Grupos de los nuestros fueron entonces hacia allá para responder, teníamos algunas armas de fuego compradas a los comunes, arcos y flechas, ballestas caceras y por supuesto bombas molotov, pero que casi no servían de nada ya que las ventanas estaban tapiadas como le conté".

En ese pabellón murieron por las balas, quemados y por el bombardeo con los Instalaza como unos doce compañeros, así que se decidió la retirada total al 4B. Los guardias no se dieron cuenta y todo el día y la noche estuvieron destruyendo el 1A. Cuando se enteraron de que fueron burlados, la arremetida contra el 4B fue terrible.

El bombardeo fue constante. Los heridos eran atendidos y operados por nuestros médicos y sólo se preparó en el primer día una sopa de pollo para los enfermos, los demás sólo probamos un poco de agua y pan. Cuando atacaban desde los huecos en el techo nos defendíamos con antorchas de fuego, pero al tercer día tuvimos que retirarnos del cuarto piso, después cayó el tercero. Nos lanzaron bombas lacrimógenas y resistimos con nuestros propios orines. Por todo eso y mayormente por las esquirlas de las bombas murieron como unas 10 personas. Al llegar el cuarto día y cuando el edificio parecía una coladera y estaba por colapsar, la alta dirigencia decidió que debíamos entregarnos, pero todos teníamos miedo de salir. Así que a gritos pedimos alto al fuego. ...Nos rendimos, no disparen, vamos a salir dijimos y los disparos cesaron.

"Salgan con las manos en alto", dijeron con el alta voz y como nadie quería salir primero, los dirigentes decidieron dar el ejemplo. Yo estaba en las gradas y vi todo, primero salieron como unos 20 entre hombres y mujeres. Agarrados y con los brazos en alto comenzaron a cantar la Internacional Socialista cuando salieron. Allí entonces les empezaron a disparar y todos cayeron al suelo.

Nos quedamos mudos ante el fusilamiento. Por eso, nadie quería salir. Desde afuera el alta voz dijo otra vez que a los siguientes no los matarían. Pasó largo rato y el segundo grupo salió agachado y corriendo, a esos no les pasó lo mismo, pero a ratos se escuchaban balazos. Al parecer alguien señalaba, separaban a los dirigentes conocidos y los llevaban a un rincón y los fusilaban.

A otro grupo que salió corriendo también le dispararon, y así a unos disparaban, a otros no.

Cuando me tocó salir corrí esperando la muerte en cualquier momento, en todo el camino había regueros de sangre, y en una esquina vi el cadáver de una mujer, el que estaba a mi lado me dijo que era la periodista Janet Talavera.

A las mujeres las encerraban en un depósito y a los hombres nos llevaron a un descampado de la prisión donde permanecimos tendidos boca abajo durante varios días, vigilados por soldados con sus perros. Allí estuvimos sin comer ni tomar agua, defecando y orinando en el lugar. El presidente Fujimori llegó allá y pasó por mi lado el primer día. Caminó tras la alambrada y, cómo lo desprecié en ese momento porque se empezó a reir y burlarse de los que estábamos caídos.

A los cuatro días de estar tendidos ya casi desfalleciendo de hambre, sed y por el frío, a eso de las tres de la mañana llegaron los presos comunes trayendo una gran olla de sopa. Después de ese día ya pudimos sentarnos, luego pararnos y más adelante organizarnos para cavar una fosa donde realizar las necesidades. A los pocos días fuimos, los sobrevivientes, trasladados a la cárcel de Lurigancho, justo donde se había producido la matanza de 1986.

Tardé tres años más en prisión, llevado a la reconstruida Canto Grande fui encerrado en las tristemente famosas "celdas tumba" de Fujimori, donde no se sabía si era de día o de noche. Allí nos recibió el alcaide más malo del mundo, Gabino Cajahuanca, como él mismo decía. A éste le gustaba castigar personalmente a los presos, pero allí sobreviví también. A los días de llegar, sin nada qué hacer ni leer -todo estaba prohibido-, cuando estaba preparado a morir, escuché mi nombre a través de la tubería, alguien desde algún lado enviaba a todos los presos "el pensamiento del día". La sobreviviencia también funcionaba allí y por esa pequeña comunicación se programaba el trabajo diario.

Fujimori no cesó en detener, torturar y encerrar a miles de inocentes, incluyendo a mi hermano menor que cayó sólo por ser mi hermano. Felizmente él fue ayudado por un organismo de derechos humanos y pudo salir del país. Cuando logré llegar ante un juez, me sentenciaron a 5 años, el tiempo que había estado preso. Al salir de esa prisión mi hermano nos ayudó a mi hermana y a mí para llegar a Nueva York, aquí cuando supieron de todo lo que pasamos nos otorgaron el asilo politico".

(Revista poética Almacén).