10 de noviembre de 2019

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PERÚ: “PACTO SÍSMICO”

Por: Carlos Angulo Rivas.

2 de septiembre de 2007

El 15 de agosto, el Perú sufrió un sismo de mayúsculas proporciones. De inmediato, la ayuda internacional y la solidaridad mundial no se hizo esperar; fue rápida y consistente, pero lamentablemente la reacción del gobierno de Alan García fue lenta y catastrófica, en una palabra un caos. La prensa internacional desde España a Nueva York ha criticado severamente los desatinos del gobernante, la soberbia y, el desplante, frente a brigadas internacionales de ayuda veloz y urgente abandonadas en medio de la anarquía y la desorganización total. Pero esto que parecería un poco de nerviosismo, angustia y zozobra ante la dimensión de la catástrofe, fue un desenlace bien pensado, calculado y preparado en la búsqueda de beneficios políticos.

Es cierto, nada más se podía esperar de un gobierno incapacitado para dar respuesta no sólo a un desastre natural sino al desastre social y político que, antes del movimiento telúrico en Ica, Pisco, Chincha y zonas aledañas, vivía un terremoto nacional imparable que mantenía en jaque mate al abanderado sudamericano, junto a Álvaro Uribe, del TLC y la arremetida brutal contra la revolución bolivariana y en especial contra el presidente de Venezuela, comandante Hugo Chávez. Después del paro nacional del once de julio, de la huelga de maestros, agricultores, mineros, cocaleros y el 70% de las regiones del país, Alan García, durante el discurso de Fiestas Patrias (28 de julio,) como es su costumbre prometió de todo e inclusive terminar con la pobreza en su categoría media y extrema por simple decreto supremo. Con palabras grandilocuentes se valió de la farsa usada por Alejandro Toledo, el Acuerdo Nacional, para por encima de la entelequia o ficción, convocar a un “Pacto Social” que vería el aumento del salario mínimo vital, que de vital tiene escasamente el nombre. Como era de esperarse, frente al fraude de su propia elección y la estafa del “cambio responsable,” la población recibió el nuevo llamado con frialdad y sobre todo incredulidad. Tanto que el mismo Alan García se vio obligado a enfrentar las críticas, aduciendo una mala interpretación de sus intenciones de dar prioridad al crecimiento económico en la perspectiva de aumentar salarios (¿?) y mejorar el nivel de vida, como se sabe en un país donde sólo el 30% de la PEA tiene empleo. La central de trabajadores, CGTP, tentada al principio de ingresar al llamado “Pacto Social” retrocedió ante la trampa tendida por quien tiene definida su política, rígidamente, obediente a los mandatos de la Casa Blanca y la construcción del tercer piso del modelo neoliberal iniciado por el delincuente prófugo Alberto Fujimori.

Días antes del sismo natural en el sur chico del país, la visita oficial del presidente boliviano Evo Morales, puso en cuestión el tercer capítulo del modelo neoliberal abrazado con fervor patriótico (de la otra patria) por Alan García. Sin pelos en la lengua, Evo Morales espetó su crítica a la política económica del gobierno en presencia del mandatario peruano, en Palacio de Gobierno; luego ante el pleno del Congreso; y posteriormente en olor a multitudes en un concurrido mitin de barrios marginales al sur de Lima (Villa El Salvador.) El malestar creado por Evo Morales, entre los miembros del gabinete ministerial y los congresistas de derecha y los oficialistas, fue puesta de manifiesto como una descortesía nunca vista en la relación entre dos Estados. Al respecto, el titular del Consejo de Ministros, Jorge del Castillo, consideró que el jefe de Estado boliviano dejó de lado la “cortesía” al criticar el manejo económico del gobierno del presidente Alan García. “Creo que el señor Evo Morales ha perdido un poco de cortesía. Cuando uno es huésped de un país, debe actuar a la altura de las circunstancias.” Por otro lado, el ministro de Relaciones Exteriores, José Antonio García Belaúnde, consideró que Morales no debió realizar declaraciones de tipo político en su visita oficial a nuestro país. “Que haga política en su país” afirmó el ministro de Defensa, Allan Wagner, quien se sumó a las críticas en contra del presidente de Bolivia, cuestionando severamente los comentarios políticos. “Cada uno hace política en su país y no hace política en países ajenos.” Y para rematar, Alan García criticó duramente a los gobiernos radicales latinoamericanos que se hacen llamar antiimperialistas y que limitan las libertades básicas y nacionalizan todo, en clara alusión a Cuba, Bolivia y Venezuela. García sostuvo que dichos modelos “no durarán mucho tiempo” y remarcó que el verdadero socialismo y la izquierda no lanzan piedras ni provocan confrontaciones.

Si bien es cierto que se rompió de cierta manera con la cortesía diplomática añorada en Versalles, la validez de las declaraciones de Evo Morales rompieron con la hipocresía de vender gato por liebre, pues tanto en el ambiente oficial como en el mitin de Villa El Salvador (invocación a unirse al ALBA) y en la reunión con los gremios sindicales y políticos, el presidente boliviano impugnó la política neoliberal de libre mercado seguida al pie de la letra por el régimen aprista de Alan García diciendo: “queremos socios no patrones” y también haciendo un llamado a unirse en contra de los TLCs con Estados Unidos, tal cual los plantea la superpotencia imperial. De esta manera, las grandes diferencias ideológicas, entre los dos gobiernos, quedaron claramente establecidas. Marcadas estas diferencias, el ambiente político peruano volvió a caldearse y a redefinirse en la lucha contra el gobierno y su ridículo llamado al “Pacto Social” de arcaico origen oligárquico, maniobra tramposa para lograr una tregua o el oxigeno necesario para continuar sin variaciones su modelo de crecimiento económico hacia afuera y de explotación y represión hacia adentro. Tanto así que la CGTP volvió a plantearse un nuevo paro nacional a ser tratado en una asamblea de delegados de ese organismo; las regiones en su conjunto rechazaron el decreto ley de la represión (destitución) contra las autoridades elegidas que, por supuesto, no se deben al gobierno central sino a sus electores; el paro de cocaleros estaba por iniciarse, la huelga médica se inició el mismo día del terremoto (suspendida) por ese gremio horas después debido a la emergencia; las regiones de Puno, Cusco, Ancash, Arequipa, Ucayali, Loreto, etc. estaban en pie de huelga a la espera de las reivindicaciones alcanzadas, actas de acuerdos firmadas, al primer ministro Jorge del Castillo; en el Congreso existía la interpelación al ministro del Interior por la acción corrupta de comprar 698 automóviles patrulleros de fabricación china (fuera de los estándares internacionales, compra transparente según Alan García y Alva Castro, hoy extrañamente anulada) y el sobreprecio (doble de su valor real) de un arsenal de bombas lacrimógenas y balas de caucho antimotines, además subsistía la amenaza de una huelga nacional de la Policía, pésimamente mal pagada como los maestros; a ello se agregó el problema limítrofe con Chile ante la publicación de la cartografía del territorio y mar peruano.

Como se puede observar, el panorama descrito líneas arriba era de desesperación para el gobierno de Alan García, ahogado en sus propias tretas y ardides de las castañuelas sueltas, la verborrea barata y los bailes del reaggaton y la vida es un carnaval. Gobierno definido, en su conjunto, por la mayoría de ciudadanos como el “cambio responsable” de la gran estafa nacional. Fue allí cuando el desesperado llamado al “pacto social” trató de comprometer a todos en los desvaríos de García Pérez, sobre todo aquel de eliminar la pobreza extrema del país por decreto supremo, pero, felizmente, esta nueva maquinación había muerto antes de nacer. No se logró el “pacto social” tan ansiado e imprescindible para el gobierno, sin embargo, de manera natural y lamentable para las víctimas se originó un “pacto sísmico” de convocatoria popular unánime frente a la enorme desgracia del terremoto del sur chico, donde cerca de 600 muertos (faltan desenterrar muchos,) decenas de miles de damnificados (se calculan 200 mil,) tres ciudades grandes destruidas (38 mil viviendas en el suelo,) más cuatrocientos millones de dólares en pérdidas, lograron la paz social transitoria. En este sentido, dramáticamente, la tregua de la salvación momentánea buscada por el régimen. Alan García, sus ministros y partidarios, digámoslo con todas sus letras, utilizaron la desgracia humana para un relanzamiento político, de ahí el enorme celo de no dejar actuar a nadie sin el protagonista principal, el showman de la foto y la imagen. La crítica internacional a este aprovechamiento político del presidente peruano, ha sido, como debe de ser, implacable. La incapacidad, la falta de reacción inmediata, la negligencia del gobierno y sobre todo el despotismo propio del caciquismo, tenía una razón de ser: restaurar la figura del farsante, independientemente de las fallas y las torpezas de un gobernante incompetente insuperable, como lo demostró ya en su primer gobierno.

25 de agosto de 2007