10 de noviembre de 2019

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USA: IMPERIO O REPÚBLICA DEMOCRÁTICA

Por: Chalmers Jonson.

3 de marzo de 2007

(Revista Sin permiso). La historia nos dice que una de las combinaciones políticas más inestables es un país -como los EE.UU. de hoy- que trata de ser una democracia dentro de sus fronteras y un imperio hacia fuera. ¿Por qué esto es así? Puede ser un asunto muy abstracto. Tal vez la mejor manera de exponer mis ideas sobre ello sea señalar unas pocas palabras sobre mi nuevo libro, Némesis, y explicar por qué le di el subtítulo Los últimos días de la República Americana. Némesis es el tercer libro que nació de mis últimos ocho años de investigación. Nunca me propuse escribir una trilogía acerca de nuestra democracia en creciente peligro, pero me encontré con cada vez más datos tanto sobre el legado de las presiones imperialistas que nosotros le imponemos a muchos otros países así como de la naturaleza y el tamaño de nuestro imperio militar, por lo que un libro llevó al otro.

Profesionalmente, soy un especialista en historia y política de Asia Oriental. En el 2000, publiqué Retroceso: los costos y consecuencias del imperio americano, porque mi investigación sobre China, Japón y las dos Coreas me convencieron de que nuestras políticas tendrían serias consecuencias futuras allí. El libro fue conocido en su momento, pero recién después del 11/9 el término de la jerga de la CIA que adapté para el título se convirtió en una palabra de uso familiar, y mi libro en un best seller.

Me he propuesto explicar exactamente cómo nuestro gobierno se volvió tan odiado alrededor del mundo. Como jerga de los métodos encubiertos de la CIA, “retroceso” no significa sólo la represalia por las cosas que nuestro gobierno ha hecho a, y en, países extranjeros. Se refiere, específicamente, a las represalias por operaciones ilegales que se realizaron en el extranjero que fueron mantenidas en total secreto para la población americana. Estas operaciones incluyen el derrocamiento clandestino de gobiernos que no eran del agrado de varias administraciones, el entrenamiento de militares extranjeros en técnicas de terrorismo de estado, el pucherazo de elecciones en países extranjeros, la interferencia en la viabilidad económica de los países que parecían amenazar los intereses de las corporaciones americanas más influyentes, así como la tortura o asesinato de extranjeros. El hecho de que estos actos fueran secretos, al menos en un principio, significó que cuando llegara el retroceso -como lo hizo tan espectacularmente el 11 de septiembre de 2001- el público americano fuera incapaz de poner esos eventos en contexto. No sorprende, entonces, que los americanos fueran proclives a apoyar actos de venganza inmediatos con la intención de castigar a sus perpetradores reales o presuntos. Esos castigos, por supuesto, sólo prepararon el terreno para otro ciclo de retrocesos.

Un mundo de bases

Como continuación de mi propia odisea analítica, comencé a investigar sobre la red de 737 bases militares americanas que manteníamos alrededor del mundo (de acuerdo con el inventario oficial del Pentágono de 2005). Sin incluir los conflictos de Irak y Afganistán, alrededor de medio millón de tropas, espías, contratistas, dependientes y otros están apostados en bases militares localizadas en más de 130 países, muchos de ellos gobernados por regímenes dictatoriales que no han dado voz a sus ciudadanos en la decisión de permitirlo.

Solo como un ejemplo, aunque destacado, de la política imperialista de bases: durante los últimos 61 años, el ejército estadounidense ha sembrado la pequeña isla japonesa de Okinawa con 37 bases. Aun más pequeña que Kauai, en las Islas de Hawai, Okinawa tiene 1,3 millones de personas que conviven con 17.000 marines de la Tercera División y la principal instalación militar de Asia Oriental -la base aérea de Kadena. Han habido muchas protestas en Okinawa contra las violaciones, crímenes, accidentes y la polución causada por esta concentración de tropas y armamentos americanos, pero el ejército americano -en complicidad con el gobierno japonés- las han ignorado ampliamente. Mi investigación sobre las bases americanas en el mundo resultó en Las penas del imperio: militarismo, secretismo y el fin de la República, escrito durante los preparativos de la invasión a Irak.

Como nuestras ocupaciones en Afganistán e Irak se convirtieron en grandes fiascos, desacreditando nuestro liderazgo militar, arruinando nuestras finanzas públicas, y llevando muerte y destrucción a cientos de miles de civiles en esos países, yo seguí meditando el tema del imperio. En esos años, se tornó cada vez más claro que George W. Bush, Dick Cheney y sus partidarios fueron reclamando, y asumiendo activamente, poderes específicamente denegados al presidente por nuestra Constitución. No fue menos evidente que el Congreso había casi renunciado completamente a sus responsabilidades para equilibrar la rama ejecutiva del poder. A pesar de la barrida demócrata en la elección de 2006, queda aún por ver si estas tendencias pueden, a largo plazo, ser controladas, y revertidas.

Hasta la elección presidencial de 2004, los ciudadanos comunes de los Estados Unidos podían al menos reivindicar que nuestra política exterior, incluyendo la invasión ilegal de Irak, era producto de la Administración Bush y que no lo habíamos puesto en el cargo. Después de todo, en 2000, Bush perdió el voto popular y fue nombrado presidente gracias a la intervención de la Corte Suprema por 5 votos contra 4. Pero en noviembre de 2004, sin hacer caso de las acusaciones de fraude electoral, Bush ganó por más de 3,5 millones de votos, lo que hizo ‘nuestra’ tanto su guerra como su régimen.

Lo pretendieran o no, ahora los estadounidenses somos vistos en el mundo consintiendo la tortura de presos en la prisión de Abu Grahib en Irak, en la base aérea de Bagram en Kabul, en Guantánamo, Cuba, y en la red mundial de prisiones secretas de la CIA, así como suscribiendo la pretensión de Bush de que, como comandante en jefe en “tiempos de guerra”, él está más allá de los límites de la Constitución o leyes internacionales. Ahora hemos sido agobiados con una economía improvisada basada en déficits comerciales y fiscales récord, con el gobierno más hermético e invasivo en la historia del país, y la guerra “preventiva” como base de nuestra política exterior. Tampoco hay que olvidar la potencial epidemia de proliferación nuclear que intentan otras naciones para adaptarse y defenderse a sí mismos contra las guerras “preventivas” de Bush, mientras nuestro ya considerable arsenal nuclear crece buscando la superioridad del primer golpe y gastamos miles de millones en ideas futuristas de guerras en el espacio sideral.

La elección por venir

En la época que comencé a escribir Némesis, no tuve ninguna duda de que mantener nuestro imperio en el exterior requeriría recursos y compromisos que recortarían, o simplemente eludirían, lo que había quedado de nuestra democracia interna y que, al final, podrían generar una dictadura militar o -más probablemente- su equivalente civil. La combinación de grandes ejércitos permanentes, guerras casi continuas, una creciente dependencia económica del complejo militar-industrial y la producción de armamentos, y gastos militares ruinosos así como un presupuesto de “defensa” inflado, por no hablar de la creación de un completo segundo Departamento de Defensa (conocido como Departamento de Seguridad Interior) ha significado la destrucción de nuestra estructura de gobierno republicana a favor de una presidencia imperial. Por estructura republicana me refiero a la separación de poderes y los complejos pesos y contrapesos del poder que los fundadores de nuestro país establecieron en la Constitución como el principal baluarte contra la dictadura y la tiranía, que ellos tanto temían.

Estamos al borde de perder nuestra democracia para mantener nuestro imperio. Una vez que una nación emprende ese camino, la dinámica que se aplica a todos los imperios comienza a funcionar -aislamiento, sobrecarga, la unión de fuerzas locales y globales opuestas al imperialismo, y finalmente la bancarrota.

La historia es instructiva sobre este dilema. Si elegimos mantener nuestro imperio, como hizo el imperio romano, ciertamente perderemos nuestra democracia e inexorablemente esperaremos el retroceso que genera el imperialismo. De todas maneras, existe una alternativa. Podemos, como hizo el imperio británico después de la Segunda Guerra Mundial, mantener la democracia renunciando al imperio. Los británicos no hicieron un trabajo particularmente brillante al liquidar su imperio y hubo bastantes casos en los que los imperialistas británicos desafiaron el compromiso de su nación con la democracia para quedarse con los privilegios externos. La guerra contra el Kikuyu en Kenia en la década del 50 y la invasión anglo-franco-israelí a Egipto en 1956 son ejemplos particularmente crueles de ello. Pero la idea central de la historia británica de posguerra es clara: el pueblo de las Islas Británicas eligió la democracia sobre el imperialismo.

En su libro Los orígenes del totalitarismo, la filósofa política Hannah Arendt ofreció el siguiente resumen sobre el imperialismo británico y su destino:
“En conjunto, fue un fracaso por la dicotomía entre los principios legales del estado-nación y los métodos que se necesitaban para oprimir a otras personas de forma permanente. Este fracaso no fue ni necesario ni se debió a la ignorancia o incompetencia. Los imperialistas británicos sabían muy bien que las ‘masacres administrativas’ podían mantener a la India en la esclavitud, pero también sabían que la opinión pública inglesa no apoyaría tales medidas. El imperialismo podría haber sido un éxito si el estado-nación hubiera estado dispuesto a pagar el precio, suicidarse y transformarse en una tiranía. Esta es una de las glorias de Europa, y especialmente de Gran Bretaña, que ella prefiriera liquidar el imperio”.

Estoy de acuerdo con esta apreciación. Cuando uno mira el apoyo innecesario y vano del Primer Ministro Tony Blair a la invasión y ocupación de Irak de Bush, sólo puede concluir que fue una respuesta atávica, que representó la nostalgia británica de revivir las glorias -y crueldades- de un pasado que debería haber sido historia antigua.

Como forma de gobierno, el imperialismo no pretende ni requiere el consenso de los gobernados. Es una forma pura de tiranía. El intento americano de combinar democracia interna con el control tiránico sobre los extranjeros es desesperadamente contradictorio e hipócrita. Un país puede ser democrático o puede ser imperialista, pero no puede ser ambas cosas a la vez.

El camino hacia la bancarrota imperial

El sistema político americano falló y no pudo evitar que esta combinación se desarrollara, y ahora tal vez sea incapaz de corregirla. Las pruebas apuntan fuertemente a que los ámbitos legislativo y judicial de nuestro gobierno se han vuelto tan serviles en presencia de la presidencia imperial que han perdido ampliamente la capacidad de reaccionar de manera independiente y en base a principios. Aún en esta nueva etapa del Congreso, parece haber una profunda sensación de impotencia. Varios miembros del Congreso han intentado explicar cómo el único poder que aún mantiene -recortar los fondos para un desastroso programa de gobierno- no es uno que esté preparado para usar.

Entonces la pregunta es: si el Congreso no, ¿pueden las personas restaurar el gobierno constitucional? Al menos teóricamente es concebible un movimiento de base que termine con el gobierno secreto, que saque a la CIA y otras operaciones de espionaje ilegal y ejércitos privados a la luz, fuera de la protección del poder imperial, que detenga el complejo militar-industrial y que establezca una financiación electoral pública genuina. Pero dado el gran control de nuestros medios masivos de comunicación y los problemas para que nuestra enorme y diversa población se movilice, tal opción por la democracia popular, que existió en el pasado, parece poco probable.

Es posible que, en algún momento futuro, el ejército estadounidense pueda destituir al gobierno y declarar una dictadura (aunque sus comandantes indudablemente encontrarán una palabra más elegante para ello). Así fue, después de todo, como acabó la República romana -volcándose hacia un general populista, Julio César, que fue declarado dictador vitalicio. Después de su asesinato y de un corto interregno, su sobrino nieto, Octavio, lo sucedió en el trono y se convirtió en el primer emperador romano, César Augusto. Es improbable que el ejército norteamericano vaya por este camino. Pero uno no puede ignorar el hecho de que los altos funcionarios militares parecen haber desempeñado un papel importante al deshacerse de su amo civil, el secretario de defensa Donald Rumsfeld. Los nuevos directores de la CIA, sus principales áreas internas, la Agencia de Seguridad Nacional y muchos otros órganos centrales del “sistema de defensa” son funcionarios militares (o ex militares), lo que sugiere que los militares no necesitan derrocar el gobierno para poder controlarlo. Mientras tanto, el ejército profesional emerge como una institución aún más aislada en nuestra sociedad, su perfil menos y menos parecido al de la población.

Sin embargo, los golpes militares, aunque decorosos, no son parte de la tradición americana, ni de los cuerpos de oficiales, que más bien se preocuparían por como reaccionaría la ciudadanía ante un movimiento hacia una dictadura militar abierta. Más aún, los juicios contra los torturadores militares de bajo rango de la prisión de Abu Grahib y asesinos de civiles en Irak han demostrado a las tropas alistadas que obedecer órdenes ilegales puede acabar en un castigo severo del que los altos rangos salen librados. Nadie sabe si los soldados rasos, aun siendo, que de ninguna manera es, un ejercito ciudadano, obedecerían órdenes claramente ilegales para expulsar a un gobierno elegido o si los cuerpos de oficiales tendrían la suficiente confianza como para dar esas órdenes. Además, el actual sistema ya ofrece tanto a los militares de alto rango -fondos, prestigio y empleo futuro por medio de las famosas “puertas giratorias” del complejo militar-industrial- que una peligrosa transición hacia cualquier gobierno militar directo tendría poco sentido bajo condiciones razonablemente normales.

Cualquiera que sea el desarrollo futuro, mi mejor vaticinio es que Estados Unidos continuará manteniendo una fachada de gobierno constitucional y deambulará hasta que la bancarrota financiera lo sorprenda. Por supuesto, bancarrota no significará el fin literal de Estados Unidos más de lo que lo fue para Alemania en 1923, China en 1948 o Argentina en 2001-2002. Puede que, de hecho, abra el camino para una restauración inesperada del sistema americano -o para un gobierno militar, una revolución o, simplemente, algún nuevo acontecimiento que aún no podemos imaginar.

Ciertamente, tal bancarrota significaría un descenso drástico de nuestro nivel de vida, la subsiguiente pérdida de control sobre los asuntos exteriores, la súbita necesidad de adaptarse al surgimiento de otros poderes, incluyendo China e India, y el consecuente descrédito de la idea de que EE.UU. es, de alguna manera, excepcional comparado con otras naciones. Tendremos que aprender lo que significa ser un país pobre -y las actitudes y modales que lo acompañan. Como observó Anatol Lieven, autor de America Right or Wrong: an Anatomy of American Nationalism:

“El poder mundial norteamericano, como es concebido ahora mismo por la abrumadora mayoría del establishment estadounidense, es insostenible... El imperio ya no puede recaudar suficientes impuestos ni soldados, está crecientemente endeudado, y los Estados vasallos clave ya no son confiables... El resultado es que el imperio no podrá, por mucho tiempo más, pagar por las tropas profesionales necesarias para cumplir sus autoimpuestas tareas imperialistas.”

En febrero de 2006, la administración Bush presentó al Congreso un presupuesto para defensa de 439 mil millones de dólares para el año 2007. En los comienzos de 2007, la administración presentará al Congreso una solicitud suplementaria de 100 mil millones de dólares sólo para las guerras de Irak y Afganistán. Al mismo tiempo, el déficit actual de la cuenta corriente -el desequilibrio en el comercio de bienes y servicios más los pagos de remesas, utilidades, intereses y dividendos a los inversores extranjeros- tuvo su peor deterioro trimestral. En 2005, el déficit de la cuenta corriente fue de 805 mil millones de dólares, el 6,4% de la renta nacional. En 2005, el déficit comercial estadounidense, el componente principal del déficit total, se disparó a 725,8 mil millones, el cuarto año consecutivo en que la deuda comercial americana batió récord. Sólo el déficit comercial con China alcanza los 201,6 mil millones de dólares, el mayor desequilibrio registrado con cualquier país. Mientras tanto, desde mediados de 2000, el país ha perdido cerca de tres millones de puestos de trabajo en la industria.

Para intentar sobrellevar estos desequilibrios, el 16 de marzo de 2006 el Congreso elevó el límite de deuda nacional de 8,2 a 8,96 billones de dólares. Esta fue la cuarta vez que se aumentó desde que George W. Bush asumió el poder. La deuda nacional es el monto total que debe el gobierno y no debe ser confundida con el déficit presupuestario federal, el monto anual en que los gastos federales superan los ingresos. Si el Congreso no hubiese elevado el límite de deuda, el Gobierno no habría podido pedir más dinero y tendría que haber dejado impagas sus deudas masivas.

Entre quienes financian estas sumas sin precedentes, los dos principales son los bancos centrales de China (con 853,7 mil millones en reservas) y Japón (con 831,51 mil millones de dólares en reservas), y ambos encabezan los grandes déficits comerciales que EEUU tiene con el mundo. Esto ayuda a explicar por qué nuestra deuda no ha disparado lo que la teoría económica estándar dictamina: una aguda devaluación del dólar americano seguida por una severa contracción de la economía cuando nos demos cuenta de que no podemos afrontar por mucho tiempo más los bienes importados que tanto nos gustan. Además, tanto el gobierno japonés como el chino siguen estando dispuestos a recibir dólares para sostener las ventas americanas de sus exportaciones.

Por el bien de sus propios empleos internos, ambos países prestaron cuantiosos montos al tesoro americano, pero no existen garantías sobre cuánto tiempo más estarán dispuestos a (o ser capaces de) hacerlo. Marshall Auerback, un estratega financiero internacional, dice que nos hemos convertido en una “Economía Blanche Dubois” (en referencia al protagonista de la obra Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams) fuertemente dependiente de la “bondad de los forasteros”. Desafortunadamente, en nuestro caso como en el de Blanche, hay cada vez menos forasteros que quieren sostener nuestras ilusiones.

Por lo tanto, mi deseo es que -si los americanos no encuentran la manera de elegir entre democracia e imperio- al menos nuestra aventura imperial termine no con una explosión nuclear sino con un accidente financiero. Desde la actual posición privilegiada, ciertamente parece un desafío desalentador para cualquier presidente (o Congreso) de cualquier partido comenzar la tarea de desmantelar el complejo militar-industrial, terminar con el manto de secretismo de la “seguridad nacional” y los “presupuestos ocultos” que hace imposible la supervisión pública de los actos del gobierno, y poner al ejército secreto del presidente, la CIA, bajo control democrático. Es evidente que Némesis -la diosa de la venganza, la castigadora de la soberbia y la arrogancia en la mitología griega- está ya de visita nuestro país; deja simplemente pasar el tiempo antes de darnos a conocer su presencia.

Chalmers Johnson es un profesor retirado de Estudios Asiáticos en la Universidad de California, San Diego. Desde 1968 hasta 1972 ha trabajado como consultor en la oficina de Proyecciones Nacionales de la Agencia Central de Inteligencia. Nemesis: Los últimos días de la República Americana, el volumen final en esta Trilogía del Retroceso, esta siendo publicada en este momento. En 2006 apareció en el premiado documental Por qué Peleamos.

Traducción para www.sinpermiso.info: Camila Vollenweider.