24 de mayo de 2019

INICIO > OTRAS SECCIONES > TEXTOS SELECCIONADOS

LA ESPADA DE MAHOMA.

29 de septiembre de 2006

Por: Uri Avnery.

[Traducido del inglés para La Haine por Felisa Sastre] ¿Por qué el Papa pronunció esas palabras en público? Y ¿por qué precisamente ahora? :: No se puede eludir el examinarlas en el contexto de la nueva cruzada de Bush y de sus partidarios evangélicos con sus eslóganes sobre el “islamofascismo” y la “guerra mundial contra el terrorismo”, en los que el “terrorismo” se ha convertido en sinónimo para designar a los musulmanes.

Desde los tiempos en que los emperadores romanos lanzaban a los cristianos a los leones, las relaciones entre los emperadores y los dirigentes de la Iglesia han experimentado muchos cambios.

Constantino el Grande, que se convirtió en emperador el año 306, - hace exactamente 1700 años- promovió la práctica del cristianismo en el Imperio, que entonces incluía Palestina. Siglos después, la Iglesia se escindió entre ortodoxos (orientales) y católicos (occidentales). En occidente, el obispo de Roma, que tomó el título de Papa, exigió que el emperador aceptara su supremacía.

Las luchas entre emperadores y Papas desempeñaron un papel fundamental en la historia europea, y dividieron a los pueblos. Tuvieron altibajos. Algunos emperadores expulsaron o depusieron un Papa, y algunos Papas excomulgaron o depusieron a un emperador. Uno de éstos, Enrique IV, “se fue hasta Canossa” y permaneció allí tres días con los pies desnudos sobre la nieve, delante del castillo del Papa hasta que éste se dignó anular su excomunión.

Sin embargo hubo épocas en las que emperadores y Papas vivieron en paz entre ellos. Y hoy somos testigos de una de esas épocas. Entre el actual Papa, Benedicto XVI y el vigente emperador, George Bush II, existe una maravillosa armonía. El discurso pronunciado el Papa la semana pasada, que ha desatado un conmoción mundial, sigue la línea de la cruzada de Bush contra el “islamofascismo” en el marco del “choque de civilizaciones”.

En su conferencia en una universidad alemana, el Papa describió lo que él considera una enorme diferencia entre el cristianismo y el Islam: mientras aquél se basa en la razón, el Islam la niega. Mientras los cristianos consideran la lógica de las acciones de Dios, los musulmanes niegan que exista tal lógica en las acciones de Allah.

En mi condición de judío ateo, no voy a entrar en el fragor de este debate. Entender la lógica del Papa supera mis humildes capacidades. Pero no puedo ignorar un párrafo que me afecta también como israelí que vive cerca de la línea de separación de esa “guerra de civilizaciones”.

Para probar la ausencia de razón en el Islam, el Papa afirma que el Profeta Muhammad ordenó a sus seguidores difundir su religión por medio de la espada. Según el Papa, algo irrazonable porque la fe nace del alma y no del cuerpo, por lo que ¿de qué manera puede la espada influir en el alma?

En apoyo de su tesis, el Papa citó- de todas las citas posibles- a un emperador bizantino, que por supuesto pertenecía a la Iglesia oriental, es decir a la competencia. A finales del siglo XIV, el emperador Manuel II Paleologo mantuvo una discusión- o, al menos es lo que él mismo afirma (aunque se duda que tuviera lugar de verdad)- con un anónimo sabio musulmán de Persia. En el acaloramiento de la discusión, el emperador (siempre según sus propias palabras) lanzó a su adversario las palabras siguientes:

“Muéstreme lo que Muhammad aportó de nuevo, y sólo encontrará cosas malas e inhumanas como su mandato de extender su fe mediante la espada”.

Estas palabras plantean tres preguntas: a ) ¿Por qué las dijo el emperador? b) ¿Son ciertas? c) ¿Por qué el Papa actual las cita?

Cuando Manuel II escribió su tratado era la cabeza de un imperio agonizante. Asumió el poder en 1391, cuando sólo se mantenían unas pocas provincias del, en otra época, ilustre imperio. Provincias, que, por otra parte, ya se sentía amenazadas por los turcos.

En aquel tiempo, los turcos otomanos habían llegado a las riveras del Danubio, y conquistado Bulgaria y el norte de Grecia, habiendo derrotado por dos veces a los ejércitos que en su socorro habían enviado los europeos para salvar el Imperio Oriental. En 1453, sólo unos pocos años antes de la muerte de Manuel, su capital, Constantinopla, (la actual Estambul) cayó ante los turcos, dando lugar al fin de un Imperio que se había mantenido más de mil años.

Durante su reinado, Manuel visitó las capitales europeas en un intento de conseguir apoyo. Prometió reunificar la Iglesia y no hay duda de que escribió su tratado religioso para incitar a los países cristianos a luchar contra los turcos y para convencerlos de que iniciaran una nueva cruzada. El fin era práctico: poner la teología al servicio de la política.

En este sentido, la cita sirve con exactitud a las exigencias del actual emperador, George Bush II. Él también quiere unir el mundo cristiano contra el “Eje del Mal”, fundamentalmente musulmán. Además, los turcos están llamando a las puertas de Europa, en esta ocasión pacíficamente, y es bien conocido que el Papa apoya a las fuerzas políticas que ponen objeciones a la entrada de Turquía en la Unión Europea.

¿Hay algo de verdad en la argumentación de Manuel?

El mismo Papa ha abandonado la prudencia. Como teólogo riguroso y de renombre, no puede permitirse falsificar textos escritos. De ahí que haya admitido que el Corán, específicamente, prohíbe la difusión de la fe por la fuerza. Él citó la segunda Sura, versículo 256 (extrañamente falible para un Papa, quería referirse al versículo 257) que dice: “No debe darse la coerción en materias de fe”.

¿Cómo puede nadie ignorar una afirmación tan inequívoca?

El Papa argumenta simplemente que este mandato fue formulado por el Profeta cuando se encontraba al principio de su carrera, todavía débil y sin poder pero que más tarde ordenó que se hiciera uso de la fuerza al servicio de la fe. Un mandato que no se encuentra en el Corán. Es cierto que Muhammad reivindicó el uso de la espada en su guerra contra tribus enemigas- cristianos, judíos y otros- de Arabia, cuando empezaba a construir su Estado pero se trató de un acto político, no religioso: básicamente de la lucha por un territorio, no para la difusión de unas creencias.

Jesús dijo: “los reconoceréis por sus frutos” y el trato que el Islam dio a otras religiones debe ser juzgado mediante una simple prueba: ¿Cómo se comportaron los gobernantes musulmanes durante más de mil años cuando tenían la fuerza para “difundir la fe mediante la espada”?

Bien, pues es precisamente lo que no hicieron.

Durante muchos siglos, los musulmanes dominaron Grecia. ¿Se convirtieron los griegos en musulmanes? ¿Alguien intentó siquiera islamizarlos? Por el contrario, los cristianos griegos desempeñaron los puestos más importantes en la administración otomana. Los búlgaros, serbios, rumanos, húngaros y otras naciones europeas vivieron en una u otra épocas bajo el dominio otomano, y mantuvieron su fe cristiana. Nadie les obligó a convertirse en musulmanes y todos ellos siguieron siendo cristianos fervorosos.

Es verdad que los albanos se convirtieron al Islam y también los bosnios pero nadie asevera que lo hicieran bajo coacción. Adoptaron el Islam para alcanzar favores del Gobierno y disfrutar de sus beneficios.

En 1099, los cruzados conquistaron Jerusalén y masacraron, en nombre del pacífico Jesús, a sus habitantes musulmanes y judíos de forma indiscriminada. En aquella época, tras cuatrocientos años de ocupación de Palestina por los musulmanes, los cristianos todavía constituían la mayoría del país. Durante tan largo periodo, no se hizo intento alguno de imponerles el Islam. Sólo tras la expulsión de los cruzados, la mayoría de sus habitantes comenzaron a adoptar la lengua árabe y la fe islámica, y fueron los antepasados de la mayoría de los palestinos actuales.

No hay prueba ninguna de que se produjeran intentos de imponer el Islam a los judíos. Como es bien sabido, bajo el dominio islámico los judíos de España disfrutaron de una prosperidad sin parangón con ninguna otra época hasta casi nuestros días. Poetas como Yehuda Halevy escribieron en árabe, y lo mismo el gran Maimónides. En la España islámica, los judíos fueron ministros, poetas, científicos. En el Toledo musulmán, los sabios cristianos, judíos y musulmanes trabajaron juntos y tradujeron del griego antiguo textos filosóficos y científicos. Aquélla fue, ciertamente, una Edad de Oro. ¿Cómo hubiera sido posible algo semejante si el Profeta hubiera ordenado que se “difundiera la fe por medio de la espada?

Lo que sucedió después es incluso más revelador. Cuando los católicos reconquistaron España a los musulmanes, establecieron el reino del terror religioso. A judíos y musulmanes se le ofreció una cruel elección: o se convertían al cristianismo, o se les masacraba o tenían que marcharse. Y ¿adónde escaparon los centenares de miles de judíos que se negaron a abandonar sus creencias? Casi todos fueron recibidos con los brazos abiertos en los países islámicos. Los judíos sefardíes (“españoles”) se establecieron en todo el mundo islámico, desde Marruecos al oeste, a Iraq en el este, desde Bulgaria (entonces parte del Imperio Otomano) en el norte, a Sudán en el sur. En ninguna parte fueron perseguidos. No sufrieron nada semejante a las torturas de la Inquisición, las hogueras de los autos de fe, los pogromos, las terribles expulsiones masivas que tuvieron lugar en casi todos los países cristianos, hasta culminar en el Holocausto.

¿Por qué? Porque el Islam de forma expresa prohíbe la persecución de las “gentes del Libro”. En la sociedad islámica se reservó un lugar especial para los judíos y para los cristianos. No disfrutaron por completo de derechos iguales pero casi. Tuvieron que pagar un impuesto especial pero estaban exentos del servicio militar- una compensación muy bien acogida por muchos judíos. Se ha dicho que los gobernantes musulmanes no veían con buenos ojos cualquier tentativa de convertir a los judíos al Islam, incluso aunque fuera de forma pacífica- porque suponía la pérdida de ingresos por impuestos.

Cualquier judío honrado que conozca la historia de su pueblo no puede sino sentir un profundo agradecimiento al Islam, protector de los judíos durante cincuenta generaciones, mientras que el mundo cristiano los perseguía e intentaba en muchas ocasiones que abandonaran su fe “por la espada”.

La historia de la “difusión de la fe mediante la espada” es una leyenda perversa, uno de los mitos que se generaron en Europa durante las grandes batallas contra los musulmanes: la reconquista de España por los cristianos, las cruzadas y el enfrentamiento con los turcos que casi conquistaron Viena. Sospecho que el Papa alemán, también, cree honradamente en esas fábulas. Lo que quiere decir que el dirigente del mundo católico, teólogo cristiano, no ha hecho el esfuerzo de estudiar la historia de otras religiones.

¿Por qué pronunció esas palabras en público? Y ¿Por qué en estos momentos?

No se puede eludir el examinarlas en el contexto de la nueva cruzada de Bush y de sus partidarios evangélicos con sus eslóganes sobre el “islamofascismo” y la “guerra mundial contra el terrorismo”, en los que el “terrorismo” se ha convertido en sinónimo para designar a los musulmanes. Para los manejos de Bush, se trata de un cínico intento de justificar el control de las reservas de petróleo del mundo. Y no es la primera vez en la historia que se extiende un manto religioso para cubrir la desnudez de los intereses económicos; ni es la primera ocasión en que una expedición de ladrones se convierte en una cruzada.

El discurso del Papa se mezcla con estos intentos. ¿Quién puede predecir las terribles consecuencias?

Gush Salom, Global Research, 26 de septiembre de 2006