4 de octubre de 2014
edicion 441
Información y análisis de América Latina y del mundo

Así cosecharás tu siembra.

EL DRAMA DE LA INMIGRACIÓN AFRICANA A ESPAÑA.

Por: Bernardo Veksler.

Sábado 9 de septiembre de 2006

Europa sufre la consecuencia de un continente devastado por las multinacionales. “... Son pobres que no tienen nada de nada. No entendí muy bien Si nada que vender o nada que perder, pero por lo que parece tiene usted alguna cosa que les pertenece.” Joan Manuel Serrat

La afluencia de inmigrantes africanos a España no deja de crecer, sólo en el último mes los que han pisado tierra hispana han superado con creces a los que lo hicieron durante todo 2005. Hasta el 29 de agosto pasado habían arribado a las islas Canarias 19035 inmigrantes africanos, un promedio diario de 656 personas. Son los que tienen éxito en su objetivo de alcanzar la ansiada “tierra de promisión”, decenas de miles de sus colegas transitan por puertos y playas buscando una oportunidad para saltar a Europa o quedan en el camino atravesando desiertos, devorados por las alimañas o engrosan las tumbas sin nombre de los náufragos.

En su comparencia en el Congreso de los Diputados el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, aseguró que 52757 personas fueron repatriadas con destino preferencial a Marruecos, Argelia, Malí, Nigeria, Senegal y Guinea Bissau. Informó también que la policía encargada de esos menesteres pasó de 1403 a 2239 efectivos y que los acuerdos con Marruecos frustraron el intento de alcanzar costas españolas de otros cuatro mil africanos.

En pocos meses la presión se trasladó de Ceuta y Melilla hacia Mauritania primero y a Senegal después. Donde, según una denuncia de las autoridades de la Comunidad Canaria, existen unas 15 mil embarcaciones (cayucos) dispuestas para emprender el cruce marítimo hacia el archipiélago.

Los reductos españoles del norte africano fueron acosados por miles de desesperados dispuestos a desafiar a los machetes y fusiles de las fuerzas represivas hispano marroquíes que cobraron víctimas sin compasión, a las púas cuchillo y cercas de seis metros de altura, con el objetivo de que un salto triunfal los depositara en territorio español.

Esta afluencia migratoria fue tolerada en primera instancia por el totalitarismo marroquí como una forma de chantajear a la Unión Europea. Una vez que obtuvieron las ansiadas prebendas se desató una salvaje persecución y se llegó a abandonar en el Sahara en el más cruel desamparo a cientos de frustrados inmigrantes, sin que se conmoviera la “sensibilidad” de los gobernantes europeos.

Así se van desplazando los improvisados puertos de partida sin que desaparezcan las verdaderas causas del fenómeno que crece a pasos agigantados: la formidable presión expulsiva de la sociedad africana que promueve las vías más patéticas y trágicas de huida.

Recorriendo miles de kilómetros hasta arribar a la costa trampolín; invirtiendo miles de euros de ahorro familiar; saltando cercas, muros o alambradas de púas; en frágiles pateras o cayucos; soportando tempestades, hambre y hacinamiento decenas de miles de jóvenes africanos se proponen vencer al sin futuro y a la muerte.

Repiten las anónimas peripecias de los primeros humanos que salieron de su cuna africana a poblar el mundo. A ellos los impulsaban también la búsqueda de mejores perspectivas, pero las causas eran muy distintas. Mientras esos hombres primitivos eran empujados por causas naturales, los emigrantes de hoy son motorizados por la paradójica conjunción de las enormes riquezas existentes y el inescrupuloso desenfreno que genera su apropiación.

Una negra historia

El primer vaciamiento a que fue sometido el continente fue el de sus hombres y mujeres para ser esclavizados. Millones de ellos fueron cazados como animales, transportados en sucias bodegas y condenados a ser mano de obra gratuita para el aprovisionamiento de materias primas americanas para la naciente industria. Con los recursos obtenidos en este infame negocio se construyó el gran ferrocarril inglés del Oeste y nacieron industrias como la fábrica de pizarras en Gales. El capital acumulado en el comercio de manufacturas, esclavos y azúcar hizo de fogonero de la Revolución Industrial.

Tiempo después, el reparto del mundo que procuraron las potencias europeas hicieron del continente africano un territorio de fecundo coloniaje. En 1879 se declaró al Congo como propiedad del rey de Bélgica a costa de una matanza de miles de africanos. A partir de entonces, casi no quedó territorio que no fuera colonia europea repitiendo similares derramamientos de sangre nativa.

La puja por apropiarse de sus abundantes riquezas fue persistente. Francia invadió Argelia, Túnez y Marruecos y se posesionó de Mauritania, Níger, Costa de Marfil y Africa Ecuatorial. Gran Bretaña se hizo de Egipto, Sudán, Kenia, Sierra Leona y Sudáfrica. Alemania de Camerún, Africa Oriental y del Sud Oeste Africano (dominios luego repartidos entre Francia y el Reino Unido). Italia se quedó con Libia, Eritrea y Somalia. Portugal con Angola, Mozambique y Guinea Bissau. España con parte de Marruecos, Sahara y Guinea.

La aspiradora capitalista no sólo extraía los cuantiosos recursos del continente sino que inducía a los conflictos étnicos para consolidar su hegemonía y expoliación, destruía las tradicionales economías autosuficientes y en su imposición de fronteras artificiales fraccionaba comunidades ancestrales. Así estallaron conflictos y hambrunas que asolaron como nunca a la región.

Madera, caucho, marfil, oro, diamantes, petróleo, gas, uranio fueron y son las principales riquezas que generaron contradictoriamente que millones de africanos sean condenados a la miseria más absoluta.

El proceso de liberación de las colonias desarrollado a mediados del siglo XX, a pesar del paso adelante que significó y de las expectativas populares que generó, no produjo cambios significativos en las condiciones de vida de la población, todo lo contrario. La expoliación de los recursos continuó ahora a través de los sutiles mecanismos de las relaciones comerciales internacionales, las inversiones de las multinacionales y los mecanismos crediticios de los organismos multilaterales.

En ese proceso se incorpora Estados Unidos al escenario africano con intenciones de también mojar el pan en el estofado. Los hidrocarburos son su principal interés y así lo afirma Walter Kansteiner -subsecretario de Estado para asuntos africanos- “El petróleo africano es de interés estratégico nacional para nosotros y lo será más aún en el futuro” (The Time, 29-7-02). Angola, Sudán y el Congo son los principales productores de petróleo, pero otros lugares del sufrido continente (Etiopía, Benín, Togo, Nigeria, Namibia) cuentan con importantes reservas que ratifican al funcionario norteamericano.

Estas incursiones europeas y norteamericanas provocan mayores roces entre los sectores de las burguesías nativas que se aferraban al Estado como única posibilidad de gozar de las migajas que dejan los capitales extranjeros, derivando en crueles enfrentamientos y prolongadas guerras civiles donde se cruzan alineamientos étnicos que incitan a rivalidades y matanzas. Costa de Marfil, Uganda, Congo, Nigeria, Etiopía (donde el descubrimiento de reservas petroleras produjo el desplazamiento forzoso de la etnia anuak ocasionando miles de muertos y refugiados) son algunos de los sitios mencionados esporádicamente en los medios de comunicación del mundo por los cruentos enfrentamientos fruto de “incomprensibles” guerras de exterminio.

A los enfrentamientos fraticidas le suceden sangrientas dictaduras que pretenden consolidarse en el poder barriendo a todo vestigio opositor. Otro factor que distorsiona más aún la caótica situación es la incursión de “fuerzas pacificadoras” que intervienen para proteger los intereses de las corporaciones empresarias y a sus aliados nativos.

Estos vínculos e intereses creados engendran una corrupción generalizada en todas las esferas del poder que no sólo prosperan con los porcentajes que generosamente aportaban las corporaciones empresarias sino que también se apropian de las cuantiosas ayudas humanitarias enviadas por organismos vinculados a las Naciones Unidas, por gobiernos europeos y ONG`s.

Se llenó de pobres el recibidor

Los escuálidos debates que se desarrollan en Europa ante la magnitud del drama africano eluden las profundas causas del fenómeno migratorio mencionadas más arriba. El viejo continente tuvo una directa responsabilidad y protagonismo con la prácticamente tierra arrasada en que quedó convertida Africa. Durante siglos los africanos aportaron su sangre, sus recursos y su labor como ofrenda a la prosperidad de Occidente. Los gobernantes europeos y norteamericanos pactaron y alentaron a obsecuentes dictadores y políticos corruptos con el objeto de acallar rebeldías y aplastar a los dirigentes comprometidos con las causas populares. Poco importó la moralidad y el respeto por los derechos humanos mientras las arcas de sus ganancias estuvieran bien abastecidas.

Es tan contundente el desastre provocado que se llega a mencionar un Plan Marshall de parte de las autoridades de la Unión Europea, un Plan Africa de parte del gobierno español y hasta el primer ministro británico Tony Blair tuvo una súbita inquietud por ayudar a los africanos que contó con un no menos asombroso apoyo de George Bush.

Más allá de estos fuegos de artificio, que evidencian la necesidad de recurrir a alguna argumentación más solvente que la del garrote, las fuerzas desatadas no dejan de ejercer presión sobre las fronteras y como un poderoso torrente que desactiva los obstáculos que se erigen en su camino y encuentra nuevas vías para persistir en el intento.

Quienes se deciden a emprender semejante periplo dejan por un lado a una sociedad que no les ofrece expectativas de progreso y realización, pero también generan un vaciamiento de los mejores exponentes, los más capacitados y emprendedores dificultando las posibilidades de un desarrollo futuro.

Se disponen a acceder a los suburbios de la prosperidad, convertirse en vendedores ambulantes en las ciudades españolas, trabajadores golondrina o clandestinos jornaleros a bajo costo; vivir en hacinados departamentos, en tiendas de campaña o en refugios colectivos. A pesar de esta degradante realidad que los acoge constituye una mejor opción que las que ofrecen las miserables condiciones de vida de sus lugares de origen.

Al menos pisando tierra europea tienen la posibilidad de soñar con un futuro mejor.