10 de noviembre de 2019

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SANCION CONTRA ALBERTO FUJIMORI Y LAS ELITES POLITICAS

Por: Santiago la Chira.

8 de julio de 2008

En el Perú, cada vez es más clara la vocación sinuosa de la mayoría de sus intelectuales, políticos, empresarios, artistas, deportistas y militares vinculados al poder o cuando menos a la celebridad. Se trata de un país regido por enanos, que no dudan sin embargo en reprimir –o azuzar el castigo- con todas las armas a su alcance cuando la población en masa se levanta para impulsar la democracia y justicia verdaderas. Esta república fantoche desde su fundación se ha encargado de pisotear uno a uno los derechos expresados en miles de leyes y decenas de constituciones. Cuantas veces se repite en el Perú el patético estribillo “hecha la ley hecha la trampa”. Pues bien, en este país, organizaciones y partidos de diversas tendencias se sumaron al coro de los que reclamaban represión de los movimientos populares cuando estos, dicen, escapan de los cauces que marcan la ley, el respeto a la propiedad privada y al orden público (¿al servicio de quién?), y demás chantajes con los que se quiere siempre doblegar la justa ira popular.

En el defenestrado régimen del fujimorato, uno de sus principales secuaces, el mafioso Vladimiro Montesinos, tuvo la grisácea originalidad de filmar en la sala secreta del cuartel general del SIN a decenas de empresarios, políticos, personalidades del espectáculo, del deporte y otras chimichurrias recibiendo sobornos oficiales en dólares contantes y crocantes, a cambio de servir incondicionalmente a los planes de las élites representadas por los socios Fujimori, Montesinos y el nada heroico General Hermoza Ríos: el inescrupuloso triunvirato de los años 90. Por supuesto que la corrupción política no fue inventada en los años 90, sino que en plena ola de los medios audiovisuales por primera vez ella quedó registrada fílmicamente, lo que por ser pura imagen retratada del poder realmente existente sonó a escándalo. Del “papelito” al “videíto” manda: sólo cambia el soporte técnico, no los sujetos ni el acto en sí de la corruptela.

Sin embargo, en el juicio que se le ha montado a Fujimori y otros cómplices de aquel régimen, en Lima, hoy en día desfilan una serie de inculpados, testigos y sospechosos quienes sin duda ni murmuraciones niegan de plano cualquier compromiso con el gobierno de la década pasada. Nadie ha tenido siquiera la mínima conducta de algunos nazis que, en los juicios de Nuremberg, asumieron públicamente la apología del execrable régimen encabezado por Adolfo Hitler al que sirvieron. Es decir, aquí todos quieren pasar de incautos y echar petróleo espeso sobre sus evidentes compromisos y fechorías. Así, el periodista Umberto Jara, que hoy denuncia los crímenes del fujimorato como testigo en el juicio a Fujimori, soslaya cuando sirvió a los planes del régimen desde el periodismo. Así como otros policías, hoy atemorizados porque salgan a luz pública sus trapos sucios (Benedicto Jiménez, Marco Miyashiro, entre tantos otros), el ex director de la policía nacional y que lideró la captura de Abimael Guzmán, Antonio Ketín Vidal, se pinta como un General ejemplar, que nunca supo de equipos secretos del ejército ni menos de la matanza de la Cantuta, y que sólo se enteró de ello por los periódicos, como un peruano más. Aun, siendo jefe de la DIRCOTE (Dirección Contra el Terrorismo) a comienzos de los 90, no realizó ninguna investigación contra el evidente terrorismo de Estado, porque dice que no sabía entonces que el Estado estuviera detrás de matanzas como las de Barrios Altos, La Cantuta, entre otras en el ámbito nacional: ¡valiente demócrata con una percepción selectiva de qué es “terrorismo”! Por su parte, el perseguido General EP Rodolfo Robles se habría refugiado en Argentina como paladín de la lucha contra el fujimorato, olvidándose de que estuvo comprometido con ese régimen hasta mediados de los 90 y que, al igual que la agente de inteligencia Leonor la Rosa (detenida y torturada por sus antiguos camaradas de armas, en 1997, en cuarteles del Servicio de Inteligencia del Ejército), no podía ignorar lo que se cocinaba desde el inicio en las entrañas putrefactas de aquel régimen (en un país como el Perú, no se es oficial de las Fuerzas Armadas en vano).

Por supuesto, los propios Fujimori y Montesinos se proclaman inocentes, no han firmado nada, entonces no hay prueba concreta que los inculpe,[1] dice el bizarro abogado de los principales acusados de ese régimen: César Nagazaki. Asimismo, Martin Rivas se ha retratado como un analista político militar, que fue impunemente utilizado por el Estado peruano para hacer el trabajo sucio, y se ha lamentado de las muertes ejecutadas por el “grupo Colina” (comando secreto del Servicio de Inteligencia Nacional que jefaturó y con que realizó diversas masacres y acciones terroristas al servicio del Estado, durante los años), pero agrega que esa era la reacción que el país pedía ante el avance de las acciones del PCP-Sendero Luminoso.

En verdad, todos estos patéticos individuos, y tantos otros más, son valientes cuando tienen la sartén por el mango. Sin embargo, cuando sus amos norteamericanos, cuando los mandamases de las multinacionales que imponen sus intereses a países gobernados por alcahuetes como Toledo, Alan García y otros, con tratados como el TLC (Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos), o los acuerdos recientes en la llamada cumbre ALCUE (América Latina y el Caribe, y la Unión Europea, cuyo correlato más reciente, luego de la cacareada y enrejada cumbre en Lima, son las brutales leyes antimigratorias y de penalización contra los inmigrantes provenientes sobre todo de los países más pobres, aprobadas por mayoría en el Parlamento europeo), cuando esos poderes, decía, voltean el pulgar hacia abajo y ruedan cabezas en territorio nacional, todos esos matones, mafiosos, cómplices y corruptos aconchabados se pintan como mansas ovejitas, o aun mejor, como pedazos de idiotas que no sabían nada. Esta es, por ejemplo, la estrategia principal del abogado Nagazaqui con su principal defendido: Alberto Fujimori. Cuanto más idiota se lo pinte, mejor para declararlo como un presidente constitucionalmente elegido que fue utilizado, a raíz de su buena fe, por los corruptos que estaban a su alrededor (empezando, claro, por Vladimiro Montesinos).

Pero Martin Rivas ha dicho una verdad a medias: que la sociedad peruana pedía a gritos y a como dé lugar el aniquilamiento de Sendero Luminoso (lo que en la lógica del ex militar del Ejército peruano, y de todos quienes piensan como él aunque hoy lo nieguen, incluye matanzas como las ya mencionadas, pero también intervenciones cruentas en las universidades nacionales del Perú, las fosas masivas y clandestinas como la recientemente develada en Putis, y, por cierto, las matanzas de los penales, el arrasamiento de las poblaciones campesinas y tantos otros casos de abusos desde el poder en los años 80 y por el glorioso Ejército y Policías al servicio del Estado peruano). Esto lo han repetido como defensa y justificación otros militares y policías en el juicio a Fujimori; e incluso un paradigma de esta democracia, Ketín Vidal, lo ha reafirmado, en tanto revalorización de su labor represiva durante los años de la guerra interna. Pero en su dicho, ninguno de ellos precisa quiénes pedían esa represión. Fueron principalmente las dirigencias políticas tanto de la derecha como de la misma izquierda, que desde el segundo gobierno de Belaunde, al comienzo de los años 80, se acostumbraron a vivir de un curul en el Parlamento, o de la teta magnánima del Estado, o de una serie de beneficios ya sea en una empresa privada, en oficinas públicas, en ONGs o en centros de investigación varios, donde se acostumbraron a bregar por un Perú a su medida. Es decir, a la medida de sueños enanos, de estrechos límites a la imaginación revolucionaria, de repetir el viejo libreto de gritar en nombre del pueblo y ganarse siempre alguito. Para que todo siga igual. Gritando a favor de la revolución, del cambio radical y telúrico -como en sus momentos estelares durante los años 60 y 70-, mientras se compinchaban con los requerimientos y prebendas de los sucesivos poderes capitalistas en el país y el mundo.

Por eso, hoy en día que las bravuconadas apristas atizan las justas rebeliones (como en Arequipa, Puno, Piura, y recientemente la masiva y exitosa protesta social en Moquegua, incluso con policías de rehenes), no sorprende que muchos izquierdistas reciclados alcen su airada voz de protesta y se monten sobre las marchas y enfrentamientos que en diversas ciudades y regiones del país empiezan a articularse, incluso más allá de sus propios dirigentes locales, en muchos casos desbordando los cauces legales y los clásicos llamados al orden que aun esos propios dirigentes suelen hacer. Y es que en esta época, cuando ya no está de moda imponer feas dictaduras militares (¿para qué, si el mismo garrote yanqui es de lo más grotesco, y las multinacionales saben que es época de mover los finos hilos del poder mediante gobiernos elegidos constitucionalmente, y que su real poder se invisibilice mejor?), la retórica del diálogo y el respeto de la ley se convierte en pretexto para lanzar, por ahora, a los sabuesos de la policía que, siempre valientes, acostumbran lanzar bombas lacrimógenas al cuerpo, balas y golpes a cientos de manifestantes armados a lo sumo con palos y piedras, no importando si en el camino se bajan a mujeres, jóvenes, ancianos o quienes caigan en aquel heroico resguardo del orden constitucional. Es durante esta escandalosa práctica, inspirada en los manuales bufalescos del Apra, el partido hoy en el gobierno, cuando los izquierdistas resucitan, denunciando a gritos, pero no a este Estado miserablemente organizado en función de las minorías de siempre -o de las nuevas-, sino en contra de los gobernantes de turno; es decir, en contra de quienes son fugaces representantes de un poder que sólo se combate y vence con una amplia organización nacional e internacional que no dé tregua, que desborde los cauces legales y que no tema la respuesta violenta desde el Estado y sus abusivos aparatos de represión. Sólo quien se atreve a arrojar al emperador de su caballo podrá vencerlo, dice una célebre sentencia china reactualizada por el maoísmo.

Y sí, la lucha armada impulsada por el PCP-Sendero Luminoso, inspirada en la experiencia maoísta y aplicada a la realidad peruana de los álgidos años 80 y parte de los 90, fue sin duda lo que más ha hecho temblar no sólo a la derecha cavernaria en un país como el Perú, sino también a esos izquierdistas que otrora pedían se reprima a como dé lugar el avance de esa guerrilla. Un avance que hoy sabemos distaba mucho de tener la dimensión que se alertaba, y que más era fruto de las peores pesadillas de todos aquellos que temían una República Socialista en el Perú contemporáneo. Por cierto, es justo y muy necesario ser críticos con la estrategia y algunas tácticas empleadas por la guerrilla maoísta del PCP-SL, que al final dieron pie a su derrota a mediados de los 90; pero ello no es óbice para señalar sus aciertos, así como evidenciar a quienes han sido parte de la defensa del orden y el poder establecidos en el Perú contemporáneo.

Hay que quitarse las vendas de los ojos, y remontarnos siempre a esa maestra que es la historia, cuando se la mira de frente sin rodeos: la llamada izquierda peruana, esa que para (no) variar se encarama en diarios, revistas, medios de comunicación, organizaciones culturales, ONGs y centros académicos, la mayoría de esa izquierda que hoy quiere volver a maquillarse como alternativa progresista y así liderar a las masas ha tenido, en los años de la guerra interna, una abierta práctica contrarrevolucionaria y ha sido muchas veces cómplice de la represión contra los levantamientos más radicales producidos en esos años. Abundan los ejemplos, pero sólo como muestra recordemos el rol jugado por María Elena Moyano (cuya hermana es actualmente una de las gárgolas más conspicuas del fujimorato en el Parlamento), punta de lanza de la reacción y del imperialismo español en Villa El Salvador (barriada apadrinada por España, en tanto sirve a sus intereses en el Perú); o de Alfonso Barrantes, otrora líder de la alianza electoral de izquierda, y que contando con la fe y el voto de las masas pasó a la segunda vuelta presidencial ante el Apra y Alan García, terminando por evocar su juventud en este partido para arrodillarse ante García y cederle la banda de Presidente constitucional en 1985, con que se inauguró uno de los perores y más criminales gobiernos en el país. ¡Valientes y ejemplares socialistas!

Asimismo, la CVR, por ejemplo, creación del propio Estado criminal, debe responder ante una serie de concesiones hechas al poder oficial en este país. Entre las muchas, cómo hizo para sindicar a los minoritarios grupos alzados en armas (PCP-SL, MRTA) como los principales responsables de la cifra de muertos en el Perú durante la guerra interna. Como si un Estado con tres fuerzas armadas, muy equipadas con armamentos pesado y moderno, pudiese menos que la inferior capacidad bélica empleada por las guerrillas maoísta y protoguevarista, respectivamente, de aquellos años. Aun más, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación debe explicar desde su mismo nombre por qué demanda “la reconciliación” con un Estado que debe ser simplemente demolido por brutal e inútil respecto de los intereses populares, y no sólo jalado de las orejas por su mala conducta, por sus excepcionales perversiones, errores y desvíos de la constitucionalidad. ¿Reconciliación con la legalidad y democracia fantoches en el Perú? Sería como abrazarse a la miseria y dar gracias al cielo por ella. Esas y otras más son muestras del largo discurso tramposo de la CVR, y que junto a todo lo aquí narrado se sitúa desde el comienzo de este artículo formando parte de la larga y aun no bien conocida historia de la infamia en un país como el Perú.

Nota:

[1] Pero, como se dijo líneas arriba, más que firmar documentos hoy debiera buscarse dónde están los videos de los respectivos compromisos de estos personajes. ¿Acaso celosamente guardados por cada uno para el chantaje político recíproco? Quizá también este tipo de secretos, entre otros factores, esté detrás de la grotesca complicidad y coqueteo (con sonrisas y guiñadas de ojo incluidas) que exhibió Montesinos con el inculpado Fujimori en reciente audiencia, donde, dicho sea de paso, el primero se ha negado sin más a continuar declarando luego de 4 horas de un impreciso interrogatorio, que aun dio pie a ironías de Montesinos. Tal es el nivel, según parece, de esta Sala Penal Especial Suprema, que ha sido una vez más objeto de burla por inculpados que en otra situación ya estarían varios metros bajo tierra luego de un sumario juicio popular.