10 de noviembre de 2019

INICIO > OTRAS SECCIONES > TEXTOS SELECCIONADOS

ESTADOS UNIDOS Y ESA CULTURA DE CERRAR LOS OJOS

Por: Eduardo Pérsico (*).

26 de marzo de 2007

Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando.(Cantado por Carlos Gardel).

En la película “Walter y Henry”, que vimos por marzo del 2007 y cuando el presidente George W.Bush hacía una confusa visita por América Latina, un joven músico cuestiona a la tradición jurídica de USA diciendo que Thomas Jefferson “era un racista disimulado”, en cuanto la Declaración de la Independencia de 1778, según él, no hay ningún renglón que hable de negros, esclavitud ni miserables. Una crítica a los fundamentos éticos y morales de su comarca, descalificando duramente a uno de sus indiscutidos referentes.

En su libro “La estructura del Poder en los Estados Unidos”, el escritor y Profesor de Sociología Política en la Universidad de Paris, Pierre Birnbaum, por 1972 publicó ciertas observaciones sobre la sociedad yanki: ‘Uno de los rasgos fundamentales que permiten explicar la formación del carácter norteamericano es la ausencia de todo pasado feudal. Desde el origen, los Estados Unidos y los revolucionarios norteamericanos no debieron luchar ni definirse con relación a instituciones como la monarquía y la nobleza’. Y agrega, ‘la Constitución de 1787 debía garantizar los derechos de los trece Estados de la Confederación, y para evitar la preponderancia de uno sobre los otros el papel del gobierno debía estar limitado a prevenir los posibles excesos de la democracia’. Y allí reitera la diferencia sustancial entre dos grandes de la época: Thomas Jefferson veía el principio de igualdad en el puro individualismo y la búsqueda de la felicidad, cada uno llega adónde puede, alentando a la existencia de una ‘aristocracia natural’ cuyas cualidades de mando se revelarían gracias a la educación. En tanto que Alexander Hamilton, también individualista pero opuesto a lo sostenido por Jefferson ‘ciegamente’, en cuanto que además reclamaba una activa participación del Estado como moderador de las diferencias y sustentador de una ‘aristocracia en el Poder’; que por entonces eran los empresarios. Y un tercero en el debate, Andrew Jackson, la voz del Oeste ‘que encarnó el espíritu de la frontera’, propiciaba la primera síntesis para que ese individualismo educado originara la aparición de una minoría económica y política capacitada y ellos dirigieran mejor la participación del Estado en la vida pública. Los conceptos en discusión no fueron menores por un lado se nombraron los ‘conservadores’, ocupados por la libertad y la primacía de la capacidad individual, en tanto los ‘liberales’ priorizarían la igualdad y darle al Estado un sentido regulador del patrimonio común, debate que dejó en la realidad conceptual de los norteamericanos una idea de ‘pueblo mejor organizado que todos los demás’, frase que al agregarle ‘por voluntad del Creador’ pierde seriedad y se hace propia de un pícaro... Así, el norteamericano medio no valora demasiado la igualdad y prefiere confiar en la posibilidad del éxito social, y tanto sucede que fracasado o triunfador, muerto de hambre o bebedor constante del whisky más costoso, imagina a los demás pueblos del planeta como habitantes de ‘algún territorio exótico que cuando los dirigentes de su país, Estados Unidos, los crean económicamente imprescindible los tomarán en cuenta’, escuchamos en un encuentro literario del Instituto Cultural Hispánico, en California. Esto y dicho sin ninguna ironía gratuita, es una constante instalada en el hombre común, que lo admite con los mismos justificativos que arguyen sus representantes; mediocres textos de disimular invasiones donde muere gente, con ardides no atendibles ni en broma. Y con semejante aval ciudadano, los dueños del poder verdadero en USA sostienen una opinión pública adicta a confrontar con ‘los exóticos’ sin averiguar los intereses ciertos de esa pelea; una desinformación que con el tiempo tendrá su precio. . .

A mediados del siglo veinte y terminada la Segunda Guerra Mundial, y pese al recuerdo atómico que le dejara al pueblo japonés, Estados Unidos tenía a su favor el mayor prestigio que una nación alcanzara en el mundo moderno. Igual que hoy era ‘un pleno gobierno del dinero en una democracia del dólar’, y también se suponía que el grupo mandante era una oligarquía financiera a la que los políticos debían obedecer. Sin embargo, sobre este juego entre los empresarios más poderosos con los políticos de turno, tampoco existían fehacientes datos para corroborarlo, aunque existiera en el imaginario colectivo la convicción de que un directivo de General Motors, por ejemplo, era dueño de presionar al gobierno para obtener determinadas ventajas o privilegios. Amparado esto por una suposición pública que pocas veces se puede probar, - como las brujas- nadie dudaría de su existencia. Además de esas comprobaciones de tan difícil acceso tampoco son claros los intereses que se cruzan, los tiempos que duran en la cúspide las elites mandantes y las transiciones de una a otra en el traspaso de las influencias. De ‘manufactureros’ a ‘financieros’ nunca fueron fáciles de observar y apenas se sospechan las presiones que el Poder de verdad le exige al gobierno en los Estados Unidos, sea demócrata o republicano.

A propósito de esto dice James Petras que hoy, de modo más evidente, el capital financiero interactúa con lo productivo en todos los órdenes y a pesar de ‘la enorme incidencia en toda la economía, Wall Street por sí misma no puede subsanar ni evitar la vulnerabilidad económica ni los sucesos catastróficos del ámbito político o militar’. Un renglón que afirman las movidas inventadas por la diplomacia de Washington, febriles ensayos de alquimia a prueba y contraprueba, inexplicables como la sangrienta permanencia en Irak, Afganistán y sus torturantes cárceles en el exterior, ver Guantánamo, donde siguen experimentando sacrificios de personas esperando que el Congreso al fin les avise que esta guerra contra el ‘terrorismo’ fue un mal negocio que empeora cada día. De todas maneras, atendiendo a las exhibiciones y discursos del actual gobierno en USA, poco o nada queda de la ética moralista fundacional ni el sentido de lo humano que enarbolaron sus precursores; a estos responsables de hoy sólo los inquieta el apuro financiero y hasta desprecian que la realidad actual les limita seguir siendo los buenos muchachos y galanes de la escena. No casualmente y por su acumulación de errores, acabaron junto al carnal aliado Israel, soportando como cowboys trasnochados al inesperado cuatrero Hezbolá, que a los empujones los quitó de las márgenes del río Litani, en el Líbano, y desacreditó a sus ‘infalibles servicios de inteligencia’ con el aliado Mossad incluido. Y en lo que insiste hoy la Casa Blanca son ensayos pueblerinos, desvalorizados, como la recorrida del presidente Bush y su comitiva por América Latina durante la última semana, que emprendieron ilusionados en una realidad regional similar la de años pasados, digamos, cuando ese paseo se planeaba como una Visita de Inspección a las embajadas. Con el nuevo escenario de Sudamérica, la gira norteamericana fue aburrida, sin ningún relieve, - salvo las manifestaciones contra los visitantes- y en términos económicos, enmarcó un alejamiento más explícito a conseguir para el imperio un área de libre comercio. Contraponer el ALCA al MERCOSUR, todavía en formación pero pujante Mercado Común que encabezan Argentina y Brasil, es una parodia de la vieja estrategia de vender los productos de su producción sobrante usando algún Plan de Ayuda supuestamente benéfico. A ese recurso se le acabó el tiempo, en esta región es obsoleto y lo demuestra la decisión de once países de la Comunidad Sudamericana de Naciones que decidieron atenuar la ingerencia de Washington y el Fondo Monetario Internacional, formando un fondo de reserva dispuesto a socorrer las emergencias financieras de cualquiera de ellos. Un concreto intento de romper con el patronato prepotente de los organismos de crédito, FMI y similares, en los países deudores. Entre otras causas, por eso la visita de Bush resultó un olvidable empate sin goles y un aviso de que las instancias que Estados Unidos debe atender ahora deben ser otras. El déficit presupuestario, la recesión que los amenaza, las investigaciones por corrupción (¿similares a las nuestras, los sudacas?), y la certeza de que los habitantes fuera de USA le perdieron la confianza. Para eso ayudaron mucho los rechazos norteamericanos a suscribir compromisos como el de Kioto, para atenuar el calentamiento global, las depredaciones de la naturaleza y la podredumbre ambiental, así como el tufillo a mentira grosera que en cada declaración sobre estos asuntos exudan los funcionarios yankis. Y además algo que debería conocer el ciudadano común norteamericano, - junto a la gravedad de los huracanes y la cifra de muertos en Nueva Orleáns- sería la imposibilidad de imponerle hoy la mundo las mismas condiciones políticas de hace medio siglo, para venderle hasta sus sobrantes de guerra, como aconteció en Argentina, por decisión propia . Eso ya fue, no cierren más los ojos que ‘el mundo sigue andando’, nos cantó Gardel, y aunque sea temerario hablar de Decadencias y otras expresiones presurosas, es evidente que el Imperio navega obligado a un repliegue. Al menos por este siglo.

(*). Eduardo Pérsico, narrador y ensayista, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.