10 de noviembre de 2019

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EL PAPA LLAMA A LA LUCHA IDEOLOGICA

Por: Jaime Richard.

17 de marzo de 2007

(Argenpress). “El Papa llama a los obispos a la lucha ideológica” nos alertan hoy los periódicos. Pero ¿acaso caduca el pensamiento? Tan válido y grandioso o miserable puede ser el suyo, el de Benedicto, como el de un filósofo del siglo V antes de Cristo, como el que en estos momentos emerge sin que aún nadie lo conozca. No es más válido el pensamiento que nos aplasta a través de la lucha ideológica, como el que surge cuando el humano se percata de que él es diferente del objeto que examina. De la discusión no sale la luz. De la discusión sin fin no sale más que desazón, desasosiego, infelicidad sin fin. Eso es lo que procura el Papa y los obispos españoles sobre todo.

¿Acaso caduca el pensamiento? ¿De verdad cree que hay en pensamiento puro, uno superior a otro? Esta es la pregunta que debiera hacerse Benedicto XVI cuando llama a los obispos a la lucha ideolológica. Y debiera hacérsela aunque fuera en la intimidad, como algún necio de cuyo nombre no quiero acordarme dice hablar catalán...

Porque si el pensamiento (proceso de las circunvoluciones del cerebelo) es inconmensurable, es decir no puede medirse, ni tiene un principio de partida ni una meta final, tan válido es el que empieza a registrarse como tal en sus orígenes como el estampado ayer en la última Instrucción religosa, en el último ensayo filosófico o en el último predicamento intelectivo. Y si es así, no hay logos, razón, que pueda imponerse con mayor fundamento sobre las demás por mucha protesta de nobleza que se desee adjudicar a un raciocinio negándoselo a otro. Pues éste es el propósito obstinado de la Iglesia de Benedicto y de los sátrapas materiales y espirituales de todos los tiempos. No tienen remedio...

Planteadas así las cosas, las siguientes preguntas dirigidas a Benedicto XVI son: ¿de qué se trata en la vida de cada individuo? ¿cuál es el fin de una religión? ¿qué sentido tiene afirmar unos valores y negar otros asestando en la sociedad -como hace él en cuanto a Papa y pensador- una ética y rechazando el pluralismo ético, por ejemplo? ¿De dónde procede esa pretenciosidad? ¿Qué fundamento tiene arrogarse la responsabilidad de implantar a la fuerza aunque sea moral, una doctrina a la postre mental o intelectiva elaborada por un papa o por cientos en conciliábulos sucesivos? ¿No se trata acaso de hacer felices a los humanos permitiéndoles ejercer su libertad en comportamiento y pensamiento bajo el incontestable y universal principio del ’no hagas a otro lo que no quieras para ti’? ¿No basta este pilar, siendo tan fácil de entender aunque no tanto ponerlo en práctica?

¿Qué sentido tiene hoy, fechas en que Benedicto XVI distingue la superioridad del pensamiento antiguo y el postmoderno sobre el de la modernidad, tratar de instalar o reinstaurar una doctrina revisada o no, cuando la pulpa, al menos en Occidente y para Occidente, está en lo que llaman Nuevo Testamento; es decir, en las sublimes y asequibles a todos enseñanzas de su Cristo? ¿A quién convencerá hoy día Benedicto que lo que diga él u otros, en estas cuestiones personales y sociales, es más importante y certero que lo que uno discierna por sí mismo? ¿Quién inventó que, en asuntos elementales y primordiales sobre la vida y la muerte propias, precisemos de tutores?

Lo primero que debiera hacer la Iglesia de Benedicto XVI es pensar en disolverse. Lo segundo, dar por conclusa su misión sobre la Tierra. Una misión que asumió sin que ningún mortal se lo pidiera, sino que se atribuyó allá por el siglo IV como se la adjudican los mayores soberbios que se empeñan en conducir al mundo por donde a ellos se les antoja; sean bienintencionados o no, sean crédulos o no.

La humanidad no necesita de rectores espirituales. No hay seres más inteligentes que otros: sólo seres de peor condición que otros empeñados en que quienes les rodean sean obsecuentes con ellos. Seres que ¡adivinar de dónde sale esa jactancia! no hacen más que obstruir los caminos de la felicidad que están en el respeto de todos entre sí con filosofías que incluyen o prescinden de los dioses -eso es igual- porque su fin último no es hacer feliz a cada semejante sino no hacerle desgraciado. Y su Iglesia, la de Benedicto, ha traído infinitamente más infelicidad que lo contrario. Esa semilla de respeto a todo y hoy más que nunca por la Naturaleza, se encuentra en el pensamiento eterno de las concepciones universales y principalmente orientales ayunas de un solo Dios o enseñantes del comportamiento recto prescindiendo de El. Como en tantas ocasiones a lo largo de la historia vaticana Benedicto y su cohorte se equivocan tratando de comprimir en una hoja parroquial o en una encíclica lo que llanamente propone su Cristo.

Deje, dejen fluir su enseñanza, sin doctrinas y sin imposiciones. Déjenos en paz, tanto a quienes forman parte de sus filas pero extravíam en lugar de hacerles dignos de su pensamiento libre, como a los que nada tenemos que ver con ellos. Sólo así, sin ellos y sin los otros degenerados que se pasan el día asesinando en nombre de otro dios competidor con el de Benedicto la Humanidad, por fin, será feliz. Mientras estén ahí, todo será el crujir de dientes y jamás cesará el ruido de sables.