25 de octubre de 2018

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MEXICO INSURGENTE.

Por: Juan Diego García.

15 de septiembre de 2006

Como se supuso desde el comienzo la máxima autoridad electoral de México terminó por dar validez a las pasadas elecciones y reconocer a Felipe Calderón como presidente del país azteca.

Nada extraño si se piensa que todas esas instituciones en última instancia dependen de una determinada correlación de fuerzas y solo de manera superficial responden a unas normativas legales que de todas maneras siempre se pueden forzar para legitimar lo que sea conveniente al poder y al capital. Quien lea la lista de irregularidades ocurridas en el proceso, reconocidas por la autoridad electoral, encontrará insólito que no se consideren suficientes para invalidar el evento electoral ni tampoco para hacer el recuento de todos los votos como exigió la oposición y con el cual se hubiese despejado cualquier duda y el candidato ganador tendría en consecuencia total legitimidad.

Felipe Calderón será investido presidente sin el reconocimiento de la oposición que le declara impostor y arrastrando una sombra de duda que ya nada podrá disipar. Por segunda vez, el sistema ha birlado la victoria electoral a las fuerzas progresistas de México, representadas en ambas ocasiones por el PDR. En 1988 “perdió” Cuauhtémoc Cárdenas a manos del sistema electrónico de recuento que oportunamente “se cayó”; ahora el turno es para Andrés Manuel López Obrador, víctima de toda una campaña dirigida desde la misma presidencia y con el apoyo de los empresarios, los grandes medios de comunicación y la embajada de siempre. De la derrota de Cárdenas se culpó al PRI experto en las peores tácticas fraudulentas con tal de mantenerse en el poder -sin excluir la violencia pura y dura-. Pero con la victoria del PAN se suponía que México comenzaba un proceso hacia la plena vigencia de la democracia política e iniciaba el camino de la democracia económica. Sin embargo, los seis años de Fox han terminado por defraudar al más optimista. La pobreza y la exclusión siguen tan o más grandes que antes; la democracia económica es hoy tan inexistente como ayer; las promesas de un mañana mejor para las mayorías jamás se cumplieron. Eso sí, el modelo económico se mantuvo intacto aumentando el bienestar de los de siempre y las ganancias de las multinacionales. Tampoco se hizo realidad la esperanza de unas elecciones limpias que superaran definitivamente las viejas prácticas gubernamentales que resume tan bien la conocida frase popular: “el pueblo vota de día y el gobierno corrige de noche”. Ahora corrige el Tribunal Electoral pero el resultado es el mismo y para que no se traicione la costumbre del “dedazo” Fox elige a su sucesor.

Así al menos lo perciben los miles y miles de opositores que llenan calles y plazas manifestando su ira ante lo que ellos consideran un enorme fraude y una burla al deseo ciudadano mayoritario. Parece que no les convence mucho la alegre opinión de los llamados “observadores internacionales” según la cual estas elecciones han sido ejemplo de “limpieza y transparencia”. Tampoco parece convencerles el llamamiento cínico del “vencedor” que promete asumir el programa de la izquierda cuando él ha sido precisamente uno de los responsables de la acción económica de Fox, uno de los adalides del neoliberalismo en México y llega a la presidencia rodeado de una corte de viejos “cristeros”, destacados miembros del opus dei, el gran empresariado mexicano y la bendición de Washington. Ya se sabe, “reunión de zorros, perdición del gallinero”.

Las irregularidades reconocidas por el Tribunal Electoral son muchas y muy graves. En efecto, ha habido un uso ilegal de los recursos públicos por parte del gobierno a favor de su candidato y lo que es más grave, en detrimento de su principal oponente, López Obrador. Se ha violado la ley con agravantes, en una campaña bronca plagada de descalificaciones y denuncias no siempre sustentadas y frente a las cuales el gobierno que debía intervenir como elemento de moderación ha sido en realidad parte comprometida. Mucho más grave resulta la participación directa del propio presidente de la república convirtiendo a Calderón en “candidato oficial”, enlodando con ello la misma dignidad del cargo. En otro país podría ser menos grave o inclusive aceptable o tolerable (los Estados Unidos, por ejemplo) pero en las condiciones y en la tradición de México no lo es en absoluto, aunque solo sea porque despierta los peores demonios de un pasado que en su día fue glorioso pero devino luego en caricatura de revolución popular hasta convertirse en burla y mofa y en la formación de una nueva clase dominante corrupta e incapaz.

No faltó en la campaña electoral ni la calumnia ni la difamación contra López Obrador, acusado de los peores vicios y demonizado ante la opinión pública. Se llegó hasta vincular su candidatura con un gobierno extranjero al tiempo que se hizo la vista gorda o se toleró que José María Aznar interviniera en la campaña a favor del candidato oficial, algo claramente prohibido por las leyes mexicanas. Quien conozca algo de la historia de este país ubicado “tan lejos de dios y tan cerca de los Estados Unidos” comprenderá sin dificultad que no se trata de una manifestación de xenofobia.

Ahora resulta mucho más claro que las irregularidades aceptadas a regañadientes por el Tribunal Electoral no constituyen elementos sueltos o sucesos desgraciados o imprevisibles frutos del azar. Todas forman parte de una estrategia que tiene su primera manifestación pública en el intento frustrado de inhabilitar la candidatura de López Obrador echando mano de argucias legales y triquiñuelas políticas.

Es comprensible por tanto la indignación de quienes ven burlados sus derechos, aunque desde la distancia se pueda valorar de manera diferentente el método empleado para expresarla. Resulta igualmente sospechosa la actitud de tanto “progresista” de última hora que destaca los inconvenientes que trae consigo la protesta para la ciudadanía pero calla o minimiza la dimensión de las irregularidades constatadas. En lugar de buscar la condena de quienes han violentado groseramente la ley (Fox, el primero) se rasgan las vestiduras porque López Obrador y sus seguidores “manden al diablo” las instituciones. En realidad, quien apueste sinceramente por la democracia en México debería suscribir la necesidad de rehacer la institucionalidad, refundar la república y anular para siempre la posibilidad de que de nuevo se conculque la voluntad ciudadana. ¡Tanta lamentación hipócrita por la decisión de López Obrador de emprender esta tarea, pero silencio total ante los montones de votos del PRD arrojados a basureros por oscuras manos, la evidente manipulación de las cifras y sobre todo la negativa a recontar los votos!. Seguramente ahora decidirán -con el apoyo del PRI, que en eso es maestro- quemar los votos para asegurarse de que tal recuento sea imposible en el futuro. Ya lo hicieron cuando Salinas de Gortari “ganó” a Cuauhtémoc Cárdenas en 1988. Entonces el PAN apoyó la quema de los votos; ahora el PRI podría devolver el favor. Amor, con amor se paga.

El futuro inmediato de México no puede ser más incierto. Seguramente que las formas de la resistencia actual (campamentos, marchas, protestas callejeras, etc.) no pueden sostenerse como tales de manera indefinida pero si parece bastante probable que las mil deudas sociales que se tiene con la población y que se manifiestan en conflictos como el de Atenco, Chiapas o Oaxaca enciendan la chispa de la protesta en cualquier parte de la geografía mexicana y acorralen a Felipe Calderón en un incendio generalizado.

El PAN y el PRI confían en el agotamiento o la división del PRD. Pero aunque así ocurriera es claro que las protestas y el descontento de hoy van mucho más allá de los límites de este partido. Se trata de los campesinos empobrecidos, las obreras explotadas hasta el agotamiento en los “talleres de sudor” de las maquiladoras gringas, los millones de jóvenes condenados a la emigración ilegal, los empleados públicos indignados por la corrupción generalizada y el desmejoramiento de su nivel de vida, los obreros desengañados que cada día dejan más solos a los sindicatos “charros” y se lanzan autónomamente a exigir sus derechos, la indignación de las víctimas cotidianas de la inseguridad rampante y sobre todo de las familias de las centenares de mujeres asesinadas en la frontera por oscuros autores que nadie captura ni juzga; en fin, el México popular y mayoritario que será mucho más difícil de manejar que los parlamentarios y jefes políticos.

En realidad, sobraba que López Obrador mandase al diablo a las instituciones. Antes el PRI y ahora el PAN ya se habían encargado de hacerlo. La gran lección de la ciudadanía será ahora pensar si esas instituciones se pueden rehacer o si por el contrario resulta más sano emprender la apasionante tarea de refundar la república con otro concepto de democracia, en el cual el voto de la ciudadanía sea en realidad el referente primero de las decisiones políticas. Porque lo que acaba de ocurrir en México es mas propio de las plutocracias en las cuales los intereses de unos pocos se imponen sobre la voluntad de las mayorías y el voto de un banquero vale por el de millones. Los sufragios del “populacho perredista” bien pueden terminar arrojados en un basurero del Distrito Federal sin que la reacción ciudadana preocupe a sus autores. Ellos confían en la aparición de los personajes “moderados y razonables” que calmen las iras populares, y en última instancia depositan sus esperanzas en la fuerza pública y el brazo paramilitar que vuelvan las aguas a su cauce. Con esta esperanza asumirá don Felipe Calderón la presidencia de México el próximo 1. de diciembre. Falta le hace.

(Argenpress).

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