25 de octubre de 2018

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VENEZUELA: TRIUNFO CON SABOR A DERROTA

Marcelo Colussi.

30 de septiembre de 2010

"No se puede servir a dos señores. O sirves a Dios o al Diablo"
Lucas 16:1-13

Digámoslo con una metáfora futbolística: si el Barça, hoy por hoy el equipo más poderoso del planeta, gana un partido jugando de local con todos sus astros internacionales contra un cuadro de tercera división de Panamá por uno a cero con un agónico gol de penal a los 44 minutos del segundo tiempo… sin dudas triunfa. Pero, ¿triunfa? Es decir: eso es un triunfo tan cuestionable que pierde toda emoción. Triunfo pírrico, triunfo que no es triunfo.

Se podrá decir que en el fútbol lo que interesa son los resultados, y aunque sea con ese regalo de un penal, lo importante es ganar. Y punto. Ahora bien: en política las cosas no son equivalentes. Se puede ganar una elección, sin dudas, pero eso muy lejos está de dar legitimidad.

En Venezuela acaban de realizarse las elecciones legislativas. Más allá de la gastada parodia de decir que “triunfó la democracia, que triunfó el país”, es importante hacer una lectura profunda de lo que significa esta nueva justa electoral.

En todas las elecciones que durante los ya casi 12 años de gobierno bolivariano han tenido lugar, prácticamente siempre se dice que son las más importantes para la continuidad del proceso, que son cruciales. Más allá de las exageraciones del caso, quizá las de ayer sí lo fueron.

Y, fundamentalmente, deberían ser un campanazo de alerta para la salud de la revolución.

Según como se quieran –o se puedan– ver las cosas, lo de ayer fue una victoria o una derrota. Así es la realidad siempre: la botella ¿está medio vacía o medio llena? Si queremos quedarnos con la idea que una vez más el bravo pueblo venezolano dijo sí a su líder y que apoyó masivamente su convocatoria de profundizar la revolución bolivariana, podríamos responder que efectivamente, así fue. Pero ¡cuidado!: no se consiguió lo que se buscaba, las dos terceras partes de la Asamblea Nacional. Incluso la población votó más a los candidatos no chavistas: 52%. En ese sentido, es como la metáfora futbolística del inicio: se ganó la mayoría simple del Congreso, pero quedan profundas dudas.

La derecha festeja los escaños obtenidos con sabor a triunfo; pero el movimiento bolivariano, más allá de las casi 100 diputaciones conseguidas, queda con un sabor amargo. Es un triunfo que obliga a repensar la marcha del proceso: luego de la otra derrota electoral sufrida estos años, cuando no ganó el referéndum por la nueva constitución el 2 de diciembre del 2007, se habló de las 3 R (Revisión, Rectificación y Reimpulso) como el paso inmediato e imprescindible para reflotar el proceso. ¿Dónde quedaron?

El problema fundamental es ver por qué no se ganó con la contundencia que se esperaba. Lo cual lleva a otras cuestiones más de fondo. Quedarse con el discurso que la derecha –nacional e internacional– hace lo imposible para frenar el proceso bolivariano, si bien es cierto –¡absoluta y contundentemente cierto!– no termina de explicar el resultado. Por supuesto que el enemigo de clase hará todo lo que esté a su alcance en esta despiadada lucha. ¿No es eso acaso la política? ¿Es posible seguir esperando que las luchas de clase puedan dirimirse en elecciones “limpias y transparentes” donde “gana el país”? ¿Es remotamente posible pensar en conciliación de clases? ¿Es posible pensar que el imperio desista de las reservas petroleras venezolanas sólo por buena voluntad?

Lo importante a rescatar luego del resultado de ayer son las causas estructurales que están operando. Como bien lo dice Martín Guédez: “En Revolución, no poder alcanzar la aceptación fluida y serena de al menos el 80% de nuestros compatriotas –todos los que no son burgueses y para los cuales es la Revolución– tiene que ser una seria advertencia. No hacerlo podría ser suicida. No podemos conformarnos con “triunfos” que sólo garanticen una cierta hegemonía pero que en cualquier momento pudieran revertirse. La Revolución Socialista hay que garantizarla hasta colocarla a salvo de los sustos propios del juego eleccionario burgués.

Dicho de otro modo, lo que debe revisarse muy en profundidad es lo que se está construyendo en Venezuela. Ahí es cuando cobra sentido el epígrafe (¡una cita bíblica! justamente): o se construye el socialismo (del siglo que sea), o se continúa con un capitalismo de “rostro humano” (como si ello fuera posible…) Pero las dos cosas al mismo tiempo no son posibles. O, en todo caso, se construyen productos híbridos que, en los momentos críticos, dejan ver su verdadero rostro.

Si la población votó en tan alta medida por la propuesta de la derecha tradicional impidiendo el triunfo mayoritario del Partido Socialista Unido de Venezuela –PSUV– ello no habla del “atraso” político de las masas, sino lisa y llanamente de otras dos cosas: por un lado, que pasó factura al oficialismo por el deterioro real de la calidad de vida, y por otro, que en el país no se está construyendo una verdadera cultura socialista, que se sigue “sirviendo a los dos señores” (o se es socialista o no se lo es; posiciones intermedias tienen las patas cortas, irremediablemente. Ahí están las evidencias con las elecciones de ayer).

La clase trabajadora, la verdaderamente sufrida en todo el proceso de crisis capitalista internacional que también golpea en Venezuela, se vio llevada a tener que elegir según el patrón de democracias representativas, pero no está caminando hacia la profundización de un genuino poder popular desde abajo. Esto, en definitiva, llevó a que ahora el parlamento pavimente la posibilidad de un “bipartidismo” donde todo tendrá que negociarse al clásico estilo de las democracias dizque representativas. Dicho de otro modo: la derecha política avanza sobre las conquistas de la revolución. Las leyes que ahora puedan tratarse no aseguran el avance del socialismo.

Todo esto, en definitiva, abre interrogantes más de fondo: ¿es posible construir socialismo con los moldes del capitalismo? La figura carismática del conductor del proceso, Hugo Chávez, hasta ahora funcionó como reaseguro de esa propuesta equilibrando las fuerzas contrarias. Lo de ayer debería profundizar esa pregunta: ¿es posible construir socialismo amparándose en la figura omnipresente del presidente, o eso es un límite insalvable?

Si vienen nuevos ajustes en la economía venezolana, ¿será nuevamente el pueblo trabajador quien deberá pagarlos, como ha estado ocurriendo recientemente? Si así es, ¿quién asegura que en las elecciones presidenciales del 2012, más allá de todo su carisma, vuelva a imponerse Chávez?

En definitiva: ¿qué se está construyendo a futuro? El socialismo es más que una suma de consignas, o camisetas rojas para una marcha multitudinaria. ¿Puede haber un socialismo “petrolero”, como se llegó a decir? ¿Qué pasa si Hugo Chávez no triunfa en las elecciones dentro de dos años: se termina el proceso revolucionario?

Todas estas preguntas –si queremos decirlo de otro modo: tomarse en serio aquello de las 3 R, hoy por hoy caídas en el olvido– debería ser el paso inmediato luego de las elecciones del domingo. La derecha podrá ver en ello un síntoma de debilidad, de fisuras en el proceso revolucionario. Pero sin autocrítica genuina no puede haber revolución socialista. Lo de ayer debe ser una alarma urgente. En Argentina, muchas décadas atrás, el movimiento peronista, tan popular y masivo como el chavismo y con un líder igualmente carismático, tuvo la posibilidad de construir alternativas reales al capitalismo; pero esto de “servir a dos señores” funcionó como freno, y se terminó construyendo un híbrido. Años después fue el partido heredero de ese histórico movimiento el que terminó rematando el país privatizando todo lo inimaginable, y de los ideales populares no fue quedando más que el recuerdo. Esperemos que no se repita la historia.

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