9 de diciembre de 2018

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SIN CAMBIOS ECONÓMICOS JAMÁS CAMBIARÁ LA INSEGURIDAD.

Por: Eduardo Pérsico.

8 de noviembre de 2006

“Me creía dueño del mundo, y no era dueño de mí mismo”. (José Hierro, Madrid, 1922-2002).

Una actitud particular de los sectores con mejor posición económica y social, es la constante reclamación por la falta de seguridad para ‘sus vidas y haciendas’. Un reflejo del incuestionable derecho de Peticionar a las Autoridades que en la Argentina más lo ejercen de la clase media hacia arriba, hoy sospechosamente aunados a sobresalientes defensores del ‘gatillo fácil’ o la desaparición de personas, que quizá, ‘vaya uno a saber o a quién se le ocurre’, tan útiles le han resultado para incrementar su bienes de manera ilegal. Y aunque conste que aquí nos referimos específicamente a tantos ‘peticionantes’ encartados en fuga de capitales o imprescriptibles crímenes de lesa humanidad que adhieren a las congregaciones contra la inseguridad pública, pareciera que a ellos globalmente se orientaran las ideas que el doctor Raúl Zaffaroni vierte en su último “Manual de Derecho Penal”, del que transcribimos algunas páginas para nuestra ilustración y también útiles a los consecuentes adictos del flamante político Juan Carlos Blumberg, Esos mismos que con cierto ímpetu de retornar si pudieran al milenio previo a la Revolución Francesa, por aventurar una fecha, reclaman múltiples profundizaciones y cambios en las penas contra quienes delinquen.

El doctor Zaffaroni, miembro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, como referente de la especialidad expone sobre el imaginario colectivo del derecho penal y otros conceptos que sin desechar lo medular no copiaremos textualmente: Dice, por ejemplo, “quien se asoma a este derecho cree aproximarse al mundo de los crímenes más horrendos, Y la paradoja es que está en lo cierto, y a la vez completamente equivocado... El derecho penal es un saber normativo operado por varias agencias o corporaciones para la represión y la prevención de los delitos y en algunas ocasiones,- no muchas, por cierto- consiguen algunos de esos objetivos. Pero lo que nadie puede negar es que las corporaciones del sistema penal han cometido los peores crímenes de la humanidad, en mucho mayor número a los cometidos por los individuos que delinquieron sin el paraguas protector de los Estados”. Y entonces menciona a la inquisición europea y española, la GESTAPO, la KGB soviética, las policías de todas las dictaduras del mundo incluidas las nacionales latinoamericanas en los setenta, las policías corruptas por los políticos y sus mafias asociadas, Y nos advierte que dentro de ese contexto los escuadrones de la muerte mataron a muchos más que todos los homicidas individuales del mundo, violaron y secuestraron en escala masiva, se apropiaron de propiedades, extorsionaron, torturaron y apoyaron la más crueles políticas económicas que devaluaron los ahorros de pueblos enteros. Enumera además el autor que esos crímenes se hicieron por obra de las agencias del sistema penal y al amparo de su discurso, agregando “es verdad que quien se asoma al derecho penal entra al mundo de la crueldad y los crímenes más horrendos, pero éstos no son apenas los crímenes que reflejan las agencias de comunicación masiva, sino los cometidos por los propios sistemas penales”. Y se extiende que ni bien se descuidan los controles, el poder punitivo pasa a ser el peor de los criminales, que “condenó a Galileo, quemó a Servet, prohibió las autopsias y el estudio de cadáveres, apuntaló la esclavitud, sometió a las mujeres y postuló el racismo, la homofobia, la xenofobia y la persecución de quienes soñaron una sociedad mejor, incluyendo a Cristo y a todos los mártires”. Acepta el doctor Zaffaroni más adelante que el derecho penal así concebido “sería un engendro monstruoso que el resto del derecho trataría de ocultar como su capítulo perverso”, y que esto es así porque “el derecho penal no puede menos que reconocer esta verificación histórica y política”. Así las cosas, cualquiera puede imaginarse que si no existieran jueces, tribunales, fiscales, defensores y una doctrina orientadora como es el derecho penal, el resto de las agencias y las corporaciones del sistema no sólo seguirían cometiendo los crímenes que hoy ejecutan, sino que “volverían a cometer todos los que practicaron desde que en el siglo XII se instaló el poder punitivo en forma definitiva”. Pero sucede, agrega el tratadista, que “la función del derecho penal no es legitimar el poder punitivo, sino contenerlo y reducirlo, elemento indispensable para que el estado de derecho subsista y no sea reemplazado brutalmente por un estado totalitario”.

Las clases privilegiadas prefieren un estado totalitario y más dócil a su servicio, como el sugerido sin exponerse mucho al manifestarse con un fervor inusitado por la ‘mano dura’ policial y contra ciertos fallos judiciales que no son de su agrado, como si la inseguridad, que es un Efecto del sistema que todos sufrimos, una vez combatida sería la llave de la eterna felicidad. Pero los seguidores del político Juan Carlos Blumberg, - a quien recordamos al transcribir las ideas del doctor Zaffaroni y más arriba, en el epígrafe del poeta español- con su mecanismo de difusión y comunicadores adictos, jamás atienden a la verdadera Causa de la pertinaz inseguridad: la desigualdad económica y la postergación inacabable de comarcas enteras, además de significar un crimen imperdonable, no solamente en Argentina son los promotores principales. Las mismas personas que coinciden extrañamente en defender el liberalismo económico a ultranza, - su única convicción, entiéndase bien- jamás denuncian o apenas comentan las inhabilidades judiciales ante los ilícitos fastuosos de los delincuentes de su misma clase. Ese reflejo condicionado de justificar cualquier delito en sus pares tan unido al ‘blanco que corre, Atleta; negro que corre, Ladrón’, es una constante y no un descuido, actitud que sería menos cómplice si quienes habitualmente protestan por la inseguridad, la violencia, y vociferan contra el aparato estatal cuando éste los atañe, no fueran compadres de quienes esperan turno para ser juzgados por crímenes de lesa humanidad, en algunos casos, o por gigantescos robos del dinero público; en otros. Esta conjunción de fuerzas no es contradictoria y menos un encuentro fortuito de ‘dos que se aman furtivamente dos horas por semana’, sino una sólida y permanente alianza política, económica y social; y que valga ese lugar común tan recurrido.

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