20 de noviembre de 2017

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Catorce meses presa que la inocencia te valga.

ARGENTINA: LA CRIMINALIZACION DE LA PROTESTA SOCIAL.

Por: LAVACA.

8 de noviembre de 2006

El fiscal no presentó cargos contra Margarita Meira, lo cual confirmó lo obvio: la causa Legislatura se armó para criminalizar y tener 14 meses en prisión a gente pobre que reclamaba por su trabajo. Mientras espera sentencia definitiva ¿qué opina esta mujer de 56 años? Los descalabros familiares, la persecución policial, la receta de la torta tumbera, la actitud de los jueces, y la increíble historia del pantaloncito hecho en la cárcel.

El caso de Margarita Meira es el botón de muestra de lo absurdo de la causa abierta por los incidentes ocurridos en la Legislatura porteña el 16 de julio de 2004. Después de pasar 14 meses presa en el penal de Ezeiza, el fiscal del juicio oral, Juan José Ghirimoldi, desistió de la acusación. Lo mismo hizo con los otros trece imputados sobre los cargos de coacción agravada y privación ilegítima de la libertad. Aunque sostuvo el de daños calificados para los otros 13. Meira, vendedora ambulante de 56 años, fue detenida cuando la manifestación había acabado y, según se desprende de los relatos de las audiencias, la causa del arresto fue tomar del brazo a Martín Amitrano, otro vendedor callejero, cuando estaba siendo apresado. Los policías se la llevaron. Sin embargo, fue acusada de delitos gravísimos, para impedir su excarcelación en una clara inversión de la carga de la prueba: fue culpable hasta que ahora se demostró su inocencia. En esta extensa conversación explica cómo la atravesó esta situación, qué va a hacer de ahora en más y enseña la receta de la torta tumbera. “Es muy rica”, asegura.

- ¿Qué piensa tras haber 14 meses presa por nada?

- Me da mucha bronca. Uno se siente tan impotente, como que quiere volar el mundo. Te indigna muchísimo. La verdad, no se puede explicar, más allá de los muchos golpes que uno tiene. Muchos golpes en la vida. Uno ya está viejo, antes de todo esto yo decía que lo único que quería era lograr el permiso de venta ambulante y parar un poco. Ya tenía mucha carga con el comedor (Margarita maneja un comedor comunitario), con el hambre, la miseria, la gente en la calle. Pero ahora no voy a estar tranquila hasta que no me termine de ocupar de los presos y este sistema judicial. No quiero ser indiferente, no podría estar mirando para otro lado.

- ¿ Qué significa “hasta que no me termine de ocupar de los presos y el sistema judicial”?

- Tengo ganas de terminar el juicio, tomarme dos o tres días, y empezarme a ocupar de los problemas de los presos. Porque con lo que yo he visto en la cárcel no puedo quedarme quieta.

- ¿Qué es lo que ha visto?

- La injusticia. Porque el que está preso es el pobre. Como una señora de sesenta y pico de años que esperó tres años y medio un juicio para irse libre de culpa y cargo. Hay mujeres que dejan cuatro o cinco chicos. Cuando salen, los pibes ya no las conocen. Los pibes crecen con bronca, dicen que quieren ser grandes para matar a un policía o a un juez. Si a una mamá que no es de Buenos Aires la traen presa a Ezeiza, la desarraigan de su familia. Y hasta se olvidan de los presos. En Ezeiza, una compañera del barrio tenía que salir en libertad a los 8 meses y ya llevaba 11. Se habían olvidado a esta persona presa. Cuando avivamos a un abogado y presentó una nota, la mujer salió al otro día. No pude ser que sólo a Chabán (Omar Chabán, empresario del boliche República Cromañón donde murieron 194 jóvenes), porque tiene plata, lo querían tener suelto hasta el juicio, mientras que a cualquiera que es pobre lo tienen esperando un juicio Yo no estoy defendiendo el delito, pero estas cosas no pueden pasar. Aún cometiendo delitos graves, uno no puede estar en una cárcel donde se tortura, se pega, se viola y se mata.

- De todo lo que vio, ¿qué fue lo que más la impresionó?

- Los negociados de la policía, cómo secuestran, cómo meten presos hasta a sus propios compañeros para salvarse. En Ezeiza conocía a una piba, que también era policía, y a un pibe, que se tenían que hacer cargo de un secuestro. Ella se negó y la amenazaron con matar a sus dos hijas. Ella misma me lo contó, estaba en un refugio, porque por seguridad no podía estar con las presas comunes, y su ventana daba, patiecito por medio, con la mía. Estaba detenida por ese secuestro y la obligaban a hacerse cargo para exculpar a sus compañeros de afuera. Ya llevaba tres años y medio adentro. Era un secuestro de mucha plata, no tenía abogado y tenía muchísimo miedo de que la maten a ella y a su compañero.

- ¿Cómo piensa trabajar?

- Voy a armar un grupo de mujeres que tengan tiempo, ganas de investigar, ir a ver los expedientes. Tiene que ser una institución, para que te permitan hacerlo. Hay que hacer cadenas de mails, volantear, para que el pueblo se entere de esto. Yo mismo siento vergüenza de haberme enterado de todo esto recién a los 56 años. Yo creía que las personas que estaban presas era porque estaban condenadas, más allá de que la condena podía ser justa o injusta. Pero no sabía esto de marche preso por las dudas, hasta el juicio, y después te digo si sos inocente o culpable.

Teoría y práctica del mamarracho

- ¿Por qué cree que usted estuvo presa ’por las dudas’?

- Cuando me detuvieron, pensé que a las diez horas nos íbamos. Cuando vi que las horas pasaban y seguíamos adentro, les dije a Carmen Ifrán y Marcela Sanagua, que las conocí en la celda, que íbamos a tener un problema grande. Les dije que esto era un problema político y ellas no querían entenderlo. Cuando fuimos a declarar vimos que la carátula era de coacción agravada y ahí me convencí de que éramos presos políticos. Para mí era una maniobra del gobierno, porque los 8 vendedores detenidos éramos los que teníamos el amparo judicial, los que veníamos peleando por la vía legal para los permisos de venta. Cuando se votó la ley 1166 era como privatizar la venta, porque te daban permiso por un año, renovable por otro y después ya no podías renovar más. Entonces, en dos años vos tenías que juntar la plata para vivir el resto de tu vida. Pero ese día no marchamos sólo por la venta ambulante, marchamos también porque querían bajar a 14 años la edad de imputabilidad y porque querían prohibir las marchas. Y sabemos que un pobre cuando necesita algo lo única que le queda es marchar.

- Y hubo otros detenidos que no eran vendedores ambulantes.

- Fue un mensaje mafioso: acá el que marcha y protesta va preso. Ese era el mensaje. Pero por suerte, los compañeros siguieron marchando y nos dieron la libertad. El gobierno hablaba de democracia, entregaba la ESMA como museo de la memoria pero a la vez tenía presos políticos. Por un lado se disfraza de bueno y por el otro te pega.

- ¿Qué representó el juicio para usted?

- Un mamarracho, un papelón. Los policías y los empleados de la Legislatura tuvieron que decir que no fuimos nosotros. Que no coaccionamos, que no privamos la libertad a nadie. Los mismos legisladores dijeron que nosotros éramos personas que siempre íbamos a la Legislatura -vendedores, travestis- que teníamos discusiones acaloradas con ellos por los proyectos de ley, pero nunca con agresión. El director de seguridad declaró que el pibe que saltó arriba del auto de Santiago De Estrada, que todos vieron por televisión, entró por un agujero de la puerta y se puso delante de la guardia de infantería que no lo detuvo. Y él tampoco. Dijo que no lo detuvo porque no tuvo orden. Quedó evidente el mensaje, ahora habrá que ver si lo quieren entender los jueces. En las audiencias quedó clarísimo que esta policía arma operativos, inventa testigos. Quedó claro que los testigos tenían un miedo bárbaro. ¿Quiénes eran los testigos? El kiosquero de Madariaga y General Paz, enfrente de la comisaría. Ese hombre tiene que mentir. Imaginate, viene la policía que tenés enfrente y te dice que tenés que salir de testigo y tenés que firmar. ¿Qué vas a hacer? Eso tienen que evaluarlo los jueces. A uno le armaron una causa por defender la justicia, por no querer una ley que prohibía marchar para pedir comida. Querían sacar a los pobres de la Capital, a los cartoneros, a los vendedores ambulantes y las prostitutas. La ley que querían votar decía que si yo cometía una infracción tenía que pagar 600 pesos y si no ir presa. Es muy duro, muy duro.

Lo que cuesta un preso

Guadalupe, una de las hijas de Margarita, llega e interrumpe para saludar. Margarita la interpela a quemarropa. Le pide que repita los argumentos por los que desistió de movilizarse y de seguir los pasos sociales, por así decir, de su madre. Entonces, la joven de 22 se despacha: “Desde chica que veo injusticias y esto de que mi mamá pase 14 meses presa rebalsó el vaso. Ahora quiero un tiempo para criar mis hijos. Tuve un ataque de tos, me internaron, y no sabían de qué era. Con mi papá nos peleábamos por cualquier cosa. Un delincuente sabe que en algún momento puede caer preso. Pero que te metan preso por darle de comer a los demás, como hace mi mamá. O, directamente por nada, como quedó demostrado en el juicio. Te daba mucha impotencia. Ahora que el fiscal dijo que no hizo nada estoy peor todavía, ¿por qué razón tuvimos que pasar todo esto? Dicen que gastan mil pesos por mes en cada preso. Según mi vieja 3.000 ¿Por qué el gobierno tuvo que gastar tanta plata en mi mamá? ¿Sabés cuánto le dan por año de subsidio a este comedor? Dos mil pesos. En cada mes de cárcel gastaban en mi mamá lo que le dan en medio año para ayudar a los pobres’.

- Margarita: ¿qué le robaron los 14 meses de prisión?

- En un momento, mi hijo más grande, Martín, me dijo esto me pasaba por meterme con el poder. El estuvo muy mal, después me enteré. La bronca y la amargura de los hijos no se reponen con nada. Te puedo mostrar las fotos con la cara de mi otro hijo: cuando terminó séptimo grado en la ceremonia le dieron una rosa para la mamá y él no tenía a quién dársela porque yo estaba en Ezeiza. Tenía cara de llanto. Mi nieta también se enfermó, se llenó de manchas blancas por los nervios. Y mi hija quedó embarazada, lo que sufrí por no poder estar a su lado. Por suerte salí diez días antes del parto y pude estar. Mi marido, en el último de tiempo de visitas ya no podía ni caminar, cuando salí tuvo un infarto. Después, me robaron mi sustento económico: un negocio que yo había alquilado en Avellaneda y lo tenía listo para habilitar, todo cargado con antigüedades. Mi familia lo tuvo que malvender para darme apoyo, para ir a verme y para subsistir. Tendré que empezar de vuelta, cuando la economía anda mal todo está mal.

La libertad y la mercadería

- ¿Qué significado cobró la libertad para usted?

- Es lo más grande. Sacando la muerte, la cárcel es lo peor. Todo el tiempo pensás que si hay un motín te podés morir, si te agarra una compañera alterada, te mata. Sólo el que está ahí adentro puede entenderlo.

- ¿En qué momento concreto se sintió en peligro?

- Una noche me quisieron pegar y una mujer que estuvo muchas veces presa y me conocía del barrio me defendió. La que me quería pegar decía que yo le había sacado una tarjeta de teléfono. ¿Para qué la quería yo si podía llamar cobro revertido? Al principio, me decían la piquetera. No me miraban muy bien, porque decían que los piqueteros cortaban las rutas y eso hacía llegar tarde a los familiares a las visitas, y después no los dejaban entrar. Pero una presa grande agarró y dijo: ’La donita -así llaman a las mujeres mayores- le corta la calle a la policía’. Eso me salvó

- ¿Qué secuelas le dejó la cárcel?

- El miedo que uno pasó ahí adentro no se borra.

Ahora el que se mete en medio de la conversación es Miguel Angel Santiago, el marido de Margarita. Comienza a relatar situaciones que en otro contexto podrían sonar irrisorias. “Está todo el tiempo pidiendo permiso. Justo ella... Te avisa que va a comprar a la esquina, a dónde va a estar. Nunca en su vida lo había hecho”. Verborrágica, Meira vuelve a tomar la palabra:

- Tengo miedo de que la policía me vuelva a agarrar. Yo siempre le decía a los chicos que un día iba a terminar presa, porque siempre discutía con los policías cuando salía a defender a alguien. Se lo decía en sorna y miren como terminé.

- ¿Cuántas veces la policía le decomisó el puesto desde que salió?

- Dos veces, después no lo puse más. Porque mi marido no está bien de salud y no quiero traerle disgustos. Además, cada vez que me secuestraron la mercadería, se llevaron todo y todavía estoy esperando que me lo devuelvan. Ya debe estar todo podrido. La ley dice que vos podés vender en la calle para mera subsistencia. Para hacer 10 o 15 pesos por día tenés que tener 100 sobre la mesa. Si vos le decís al policía que es para mera subsistencia, te dice que eso lo va a determinar el fiscal, que recién dictamina a los cinco días. Nunca más vez la mercadería. Yo ya no puedo arriesgarme más. Me sostengo con una pensión que cobro y con la venta de antigüedades los domingos en San Telmo, a los anticuarios. No es fácil, cuesta conseguir la mercadería.

La corporación judicial

- ¿Cómo festejó que el fiscal no la haya acusado?

- No pude festejar. Tenía mucha bronca, yo pensé que tampoco iba a haber acusación alguna para muchos de los otros. Creo que ni una sonrisa me salió, me dolió como si me hubieran condenado. Al otro día no me pude levantar, quería ir a trabajar y no pude. Parecía que estaba en la cárcel, me sentía atada. Todavía me siento muy shockeada. Y aunque sea por daños, la acusación es injusta. Creo que el gobierno no quiere que tengamos tanta prensa. Si nos absolvieran a todos juntos y fuéramos tres días seguidos a los medios sería un show que no les conviene. Creo que van a ir absolviendo de a poco, un grupo en la Cámara, otro en la Corte. El fiscal, además, cubrió un poco a su compañero, Claudio Soca. Es la corporación judicial que tenemos, entre ellos no se tiran. Si bien nadie va a volver a la cárcel por daños, pero nadie merece quedar con una mancha así. ¿Marcela Sanagua? La jueza Silvia Ramond se olvidó de ella, ni la mencionó en la instrucción, pero la tuvo 14 meses presa. Y el fiscal se agarra de una policía que dice que tiró una piedra. Es una locura, no aparece en un solo video. Es la que más sufrió, tenía una bebé que estaba amamantando.

- ¿Cómo vivió sentarse en un banquillo de los acusados?

- Me cayó muy mal eso de tener que pararme cada vez que entraban los jueces. Que yo me tenga que parar a los 56 años, me pareció una cosa terrible. Me sentía menoscabada. Ellos están allá, más altos, sobre un pedestal, es como si dijeran: hago lo que quiero y mando. El hecho que estén más arriba y te tengas que parar y sentar cuando ellos lo dicen parece que fueras una porquería.

Margarita hace silencio, toma en sus manos un portasahumerios. Le quita un poco el polvo y juguetea con él entre sus dedos. Está hecho con carozos de ciruela y semillas de naranjas. Lo presenta:

- Este es un regalito que me hicieron unos amigos de Ezeiza, para el Día de la Madre. Está hecho con los carozos de la compota.

- ¿Se pueden hacer amigos en la cárcel?

- Muchos. El preso es muy solidario, lo que hay que entender es que está mal. ¿Sabés cuántas veces una decía ’la voy a matar’? Y estaban listas como para pelearse. Yo hablaba y les decía que no tenía sentido, que las iban a llevar a celdas de castigo, a penales de máxima seguridad y las convencía un poco. Después yo les hacía ropa, charlaba con ellas. Les decía que se porten bien para salir, que afuera las familias sufrían por lo que pasaba adentro. Algunas que salieron me siguen llamando, al comedor vienen dos.

Torta tumbera y un pantaloncito

- ¿De qué conversa con sus amigas?

- Vienen acá porque no tienen para comer. Tienen más de 60 años. Hablamos de las cosas de la cárcel y nos reímos mucho. Yo les hacía ñoquis para las visitas, porque cada 15 días les permitían ir a ver a sus maridos o hijos que estaban en el penal de hombres de Ezeiza. Ellos son los que me mandaron el regalito.

- ¿Usted era la cocinera del penal?

- Le enseñé a cocinar a Marcela Sanagua (otra de las detenidas por los incidentes de la Legislatura). Cuando venían las visitas tenía que sacar comida y no sabía cómo hacer. Teníamos dos hornallas y nada más. Sin embargo, hacíamos masa para empanada, fideos caseros, tartas, torta tumbera.

- ¿Cómo es la torta tumbera?

- Se pone una olla vacía boca abajo, sobre el fuego bajito, al mínimo. Y sobre esa, otra olla con la masa de la torta. Se tapa con una frazada, porque en un penal nunca hay tapa. Mucha manta o ropa, entonces. Ese calor mínimo hace que la torta salga linda, aunque un poco blanca. Se hace con aceite, huevo, azúcar y harina.

- ¿Quién se la enseñó?

- No sé, alguna tumbera vieja.

- Y aparte de cocinar, ¿cómo pasaba el tiempo?

- Bordaba, hacía crochet, le hacía ropa a las compañeras. Después conseguí un trabajito. Cuando trabajás en la cárcel, te cansás un poco y ahí sí te podés dormir. Pero si no, no te agarra sueño nunca.

- ¿Qué trabajos hizo?

Primero salí a huerta, me gustaba, porque yo vengo de una chacra. Yo sé trabajar la tierra, pero al otro día me dolía todo. Hacía un montón de tiempo que no lo hacía. Después fui a costura, a hacer guardapolvos para las fábricas que mandan a coser al penal. Hice ropa para Montagne y para Cheeky. Una vez, una cordobesa me dijo si me animaba a hacerle un shorcito para el hijo. Me dio un retazo y me preguntó si alcanzaba. Le dije que sí. Me preguntó si para se lo podía hacer para la semana siguiente, porque iba a venir el suegro y se lo podía mandar al chiquito. Le dije que ella hiciera el mate, que era un drama porque había que hacer una cola bárbara para calentar el agua. Mientras tanto yo me iba a fijar si podía cortar la tela. Se fue corriendo a hacer la cola. Yo en diez minutos corté el pantalón, le hice las costuras y me fui a la cola del mate. Ella me volvió a preguntar si creía que para la semana siguiente lo iba a tener listo. Saqué el pantalón que lo tenía dobladito, se lo muestro y casi se desmaya de la sorpresa. Y me dijo que por un pantalón como ese estaba presa. Como no tenía plata para comprarle ropa al hijo, había robado uno.

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