16 de marzo de 2018

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PREGUNTA SIN OLVIDAR TU NOMBRE.

Cuento de Eduardo Pérsico.

2 de noviembre de 2006

De ella sólo devolvieron su nombre en una lista, y desde conocernos en un curso por los años setenta bien ha pasado el tiempo. Cuando decir ‘compromiso’ en un Buenos Aires regido por sotanas, uniformes y absurdo era una palabra vaga, si además de turistas acechando a pura foto algún espectro tanguero del ‘caminito que el tiempo ha borrado’, por la Boca se lucían unos tipos sombríos de lentes oscuros y pelo recortado. Seguramente en la charla inicial habremos dicho que compartiendo una lectura cualquier texto se comprende mejor, y al repasar los renglones de un relato temerario me crucé con sus ojos. Luego quizá cambiamos alguna frase reiterada, pensamos otro título que mejorara su “Cuando el amor tiene algo de tristeza” y nada más, si tres días después ya el paraíso con manzanas y serpientes nos inquietaría y al despedirnos, su imbatible mirada me dictó que nuestras ganas no tendrían retorno. Y cuando el sol recalentaba a un lanchón del Riachuelo, postal viajera tras la ventana de un bar, su aliento se contuvo al aceptar ‘no debimos esperarnos tanto’, nostalgia de un beso con temblor de labios y momento al que no llega ni un retazo de olvido.

Después, muy poco habremos dicho de mi vida y su vida y con mucho de fetiche novelero nos sometimos a un asedio adolescente, fulgor de pieles incendiadas en insomnes encuentros y el chasquido del río custodiando el desvelo. Creímos reinventar otra manera del amor convocando a dioses y demonios contra tantas horas oscuras y estaciones vacías que nos deja la vida, pero desnudarse de penas en el cuerpo del otro y endulzar las heridas por amores perdidos, nos negaba saber que seríamos siempre una búsqueda apenas. Desoímos que el tiempo es una sombra astuta que no transige nunca y cada separación desvanecía en espejos de maltrecho azogue, apagado reflejo de atenuarnos la pena de tanta propia soledad. Sí, es verdad, cualquiera menos prejuicioso escribiría sin miedo ‘fue un amor imposible’, pero llegó cautelosa esa tarde de oír con indiferencia la lluvia fuera de la habitación, y de besarnos sin humedad en la boca con cierto gusto de tristeza. Era el fin de remendarnos las alas cada uno y también la hora de volver a casa...

¿Dónde estarás amor que han devuelto tu nombre, tan breve al murmurarlo? ¿A quién llamó tu voz cuando te arrastraron hacia un auto gris y la gente siguiendo por la calle, temerosa y callada? ¿Qué bestia hoy fugitiva fue la primera en montarse a tu cuerpo? ¿Aún tu aliento vuela por el aire crispado de una cárcel muy lejos? ¿Siguen siendo tus ojos grises míos absortos y redondos dos faroles rebelados al mundo, y tu piel aún sostiene el temblor de mis manos recorriéndola toda..?

Aunque al fin, el instante vergüenza de tu muerte es una sola pregunta interminable.

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