9 de diciembre de 2018

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BRASIL: LA FELIZ CONFLUENCIA DEL PRESIDENTE “OBRERO”.

Por: Sergio Zeta.

27 de octubre de 2006

El retroceso de las luchas obreras fue el trasfondo de la asunción, por parte de miles de militantes del PT y la CUT, de posiciones en el aparato estatal durante largos años. Y fue la privatización de los fondos de pensión en beneficio de empresarios, funcionarios estatales y de la burocracia sindical ligada al PT, la que terminó soldando los lazos que los unían al capital y los liberaban de cualquier ligazón con los trabajadores.
Tras una campaña electoral donde el lugar de un inexistente debate programático lo ocupó una seguidilla de escándalos y denuncias por corrupción, Lula -aún cuando las encuestas le auguraban lo contrario- deberá revalidar su mandato en una segunda vuelta. Su rival, Geraldo Alckmin, candidato del conservador PSDB, festejó el resultado inesperado.

Aunque es muy probable -aunque no seguro- que Lula obtenga su segundo mandato, no podemos dejar de preguntarnos que pasó con el PT en el poder y su aclamado presidente “obrero”, como para que un candidato desembozadamente neoliberal pueda aspirar a la presidencia con el respaldo de más del 41% de los electores.

Asimismo, quienes desde Argentina seguimos con interés lo que ocurre en nuestro vecino del norte -sabiendo que no habrá alternativas populares si no se gestan desde una perspectiva regional- nos preguntamos también cual será la influencia que tendrá esta disputa electoral sobre el rumbo de esta América Latina, mancillada y oprimida por el neocolonialismo yanqui.

De esperanza de cambio a “mal menor”

El desencanto de importantes sectores de la población hunde sus raíces en la continuidad de la política neoliberal que se creyó enterrada tras la derrota del presidente Fernando Cardoso. Si entonces el apoyo a Lula reflejaba -si bien confusamente en medio de un reflujo de las luchas populares- un profundo deseo de cambio social, hoy aparece apenas como la opción de un “mal menor”, frente al marcado carácter antipopular del candidato opositor. Pero aún este carácter de “mal menor” se coloca en discusión, por lo que mientras intelectuales como Frei Betto, Emir Sader, o dirigentes del Movimiento Sin Tierra como Stédile, llaman a preferir a Lula antes que a Alckmin, el Partido Socialismo y Libertad (PSOL), no sin controversias, decidió no apoyar a ninguno, frente a la evidencia de la similitud de ambos proyectos. Similar posición adoptó el PSTU, partícipe también del frente de izquierda.

En forma inversa al desencanto popular, el empresariado pasó de la desconfianza y temor ante un gobierno de Lula y el PT, a una tranquilidad producto de las ganancias extraordinarias obtenidas. Pero principalmente, por la garantía de gobernabilidad y ausencia de cuestionamientos al dominio del capital, que les otorga la actual situación de desmovilización y desorientación del pueblo trabajador al que llevó el rumbo adoptado por el gobierno petista. Lo cual, mucho más que cualquier medida económica, desmiente la posibilidad de que un gobierno de Lula pueda ser considerado un “mal menor”.

Quien también trastocó temor por entusiasmo fue el FMI que, en palabras de su director gerente, señaló que “fueron impresionantes los éxitos económicos en los últimos años”. En Argentina, donde el gobierno de Menem fue destinatario de palabras semejantes, sabemos lo que significan esos elogios. En Brasil, este “éxito” significó desempleo para millones, un aumento del 60% en los trabajadores en negro, un brutal proceso de concentración del capital, la priorización de la producción de monocultivos en latifundios para la exportación de soja, algodón y eucaliptos, la aceleración del deterioro del Amazonas, así como una enorme sobredimensión financiera de la economía.

Un reelecto gobierno de Lula profundizará las medidas antipopulares cuando -al haber dejado definitivamente de apoyarse en la lucha popular- se encuentre con que deberá pactar con una derecha parlamentaria que fortaleció su bancada, al tiempo que la de PT ha retrocedido. Como denuncia Luciana Genro, electa diputada federal por el PSOL, tanto Alckmin como Lula tienen a sus especialistas trabajando en la preparación de una reforma laboral que atentará contra el aguinaldo, las vacaciones y el fondo de despidos. Así como alistan una nueva reforma de la seguridad social y aseguran el mantenimiento de la política económica, por la que cerca del 40% de la población se queda con sólo el 3% del PBI.

De partido “contra el orden” a partido “del orden”

¿Cuál fue el camino que recorrió el PT para llegar a esta frustración? Como describe el sociólogo y militante Ricardo Antunes, “nacido en el seno de las luchas sociales, sindicales y de la izquierda al final de los años setenta, el joven partido surgía, entonces, sobre el designio de rechazo tanto al “socialismo real” como a la socialdemocracia, sin migrar para el capitalismo. Su fuerza y vitalidad derivaban del fuerte vínculo con los movimientos y las fuerzas sociales del trabajo”. El PT fue creación de una época que dio a luz también a la Central Única de Trabajadores (CUT), al Movimiento Sin Tierra (MST) y a una cantidad de movimientos sociales del campo y la ciudad que irrumpían desde la base.

Un primer paso en su transformación fue la prioridad dada -antes que a las luchas sociales- a la intervención en los procesos electorales y la obtención de cargos como ejes supremos de la actividad política.

El retroceso de las luchas obreras fue el trasfondo de la asunción, por parte de miles de militantes del PT y la CUT, de posiciones en el aparato estatal durante largos años. Y fue la “reforma previdenciaria”, la privatización de los fondos de pensión en beneficio de empresarios, funcionarios estatales y de la burocracia sindical ligada al PT, la que terminó soldando los lazos que los unían al capital y los liberaban de cualquier ligazón con los trabajadores.

En palabras de Antunes: “encantado con el mundo del palacio, actuando como paladín del neoliberalismo, entretenido con la música de Zeca Pagodinho, el gobierno del PT mantiene una política económica que profundiza su sujeción, amplia el desempleo y la informalidad del trabajo, además de estancar la producción en beneficio de los capitales financieros. Su postura en relación con los transgénicos se inclinó y cedió a las transnacionales y su acción contra la previsión pública fue la visceral y completa negación de todo su pasado, generando frenesí y catarsis junto con los nuevos operadores y analistas simbólicos de los fondos de pensión que vislumbran, sobre la batuta del PT, la feliz confluencia del mundo financiero con el sindicalismo de negocios”.

Consecuentemente fue mutando la base social del PT. Como se reflejó en las recientes elecciones, fue perdiendo el apoyo de un sector importante de la clase obrera sindicalizada y de los empleados públicos afectados por las reformas del Estado y de las pensiones. Pero por otra parte, comenzó a recibir el apoyo del empresariado, en especial del sector financiero (más entusiasmado que los industriales que se quejan de las altas tasas de interés) y obtuvo el voto de la población más pobre, destinataria de la llamada Bolsa Familia, compuesta por alimentos por el valor de un dólar por día para todo el grupo familiar. Una miseria, pero que marca la distancia -para los 43 millones de indigentes- entre el comer o no, lo cual no es mérito para un gobierno que se pretende portador de los ideales de un mundo mejor.

Y más cuando -con un clientelismo atroz- se devalúa la política, que de herramienta para el cambio social, deviene en un dar y recibir favores, en una ocasión para ganarse unos reales repartiendo volantes, o un yugo para sostener al poder. Basta recordar que en Argentina fue Duhalde -insospechable de la más mínima simpatía por la izquierda o por el cambio social- quien otorgó masivamente los Planes Jefes y Jefas, a fin de desmontar la protesta social. Y que ambos siguen los lineamientos del Banco Mundial en el terreno de las políticas sociales.

Se completó así la transformación del PT, de un partido nacido contra el orden del capital, en un garante eficaz del mismo. El presidente “obrero” ya es sólo un lejano recuerdo.

Garantes de la gobernabilidad regional

En estos días se suele agitar la figura de una América Latina postrada a los pies de los EE.UU. en caso de una derrota de Lula. Pero más allá de los fuegos de artificio, en la segunda vuelta no se está jugando nada demasiado esencial para los pueblos de la región, dada la similitud de proyectos entre ambos candidatos. Ni mucho menos se puede hablar, con algo de seriedad, de un giro electoral hacia la izquierda, rótulo que ya hace tiempo Lula guardó en el cajón de los recuerdos, salvo quizás para alguna foto.

Es que el rol de garante de la gobernabilidad que Lula asumió internamente, es el mismo que ejecuta regionalmente, cuando presiona a Chávez para lograr su “previsibilidad”, o cuando apoya a Petrobras para hacer retroceder las nacionalizaciones en Bolivia, o cuando tomó la iniciativa -que luego siguió Kirchner- de pagar completamente y por adelantado la deuda con el FMI o, por sobre todo, con el rol siniestro jugado en la ocupación de Haití. Un hipotético gobierno de Alckmin mantendría en general -seguramente con una dosis menor de retórica- similar defensa de los intereses de potencia regional subordinada a los Estados Unidos.

Y si bien ya no son tantos los gobiernos que en América Latina aspiran a seguir manteniendo “relaciones carnales” con el imperialismo -ahora que las rebeliones populares ya no admiten tal grado de sumisión-, la posibilidad de una independencia real no brotará del resultado electoral, sino de la fuerza y capacidad del pueblo trabajador para proyectarse política y socialmente en forma autónoma del Estado y de los partidos del sistema, hacia una unidad real de los pueblos latinoamericanos.

Alternativas desde la izquierda

Pero no todo es desmovilización y confusión en el seno del pueblo trabajador. Por una parte, y con un minoritario pero importante reflejo electoral, el PSOL, en un frente con el PSTU y el PCB, apareció como una opción a la izquierda del lulismo, con casi 6,5 millones de votos, cerca del 7% del electorado, para la candidatura presidencial de Heloísa. Y con resultados mayores en importantes ciudades como Río de Janeiro, donde superó el 17%, o Porto Alegre, donde alcanzó el 13% de los votos. Para el resto de los cargos en disputa, los resultados fueron menores, reflejando el fuerte carácter personalista del electorado.

Por otra parte, existen importantes movimientos sociales como los Sin Tierra (MST), que aunque mantiene su posición de apoyo crítico al gobierno y llama a votarlo en la segunda vuelta, no abandona su autonomía y la lucha contra los terratenientes. Y también surgen, frente a la burocracia sindical, nuevas organizaciones de trabajadores como CONLUTAS.

El que la izquierda haya sabido presentar una opción unitaria -aunque sea electoral- no es poco, si se piensa como hubiera aportado a la desmoralización del pueblo trabajador la dispersión en múltiples siglas, que aquí en Argentina conocemos tan bien. Pero es apenas un pequeño paso, de incierta continuidad, para lo que habrá que esperar que se desarrollen los balances y debates pendientes. Por lo demás, el propio PSOL tiene planteado superar el estadio de frente de tendencias, para avanzar a una mayor densidad social y arraigo de base.

Resulta interesante considerar la correcta reflexión que hace Joao Pedro Stedile, del MST, más allá de su uso como justificación para el apoyo a la candidatura de Lula: “los movimientos de masas están en reflujo. Y la izquierda en general está en una crisis ideológica, de valores, de práctica política. Y hay una correlación de fuerzas extremadamente adversa en el uso de los medios de comunicación, las universidades y el poder del Estado, que siempre operan contra el pueblo, contra los trabajadores.

¿Cómo superar ese cuadro histórico adverso? No será una elección, ni una fórmula milagrosa; será un largo trabajo, que exige paciencia histórica, que podrá aglutinar las fuerzas populares en torno de un nuevo proyecto para el país. Y para eso precisamos retomar el trabajo de base, formar militantes, tener nuestros propios medios de comunicación y estimular todo tipo de luchas sociales, en especial con la juventud urbana”.

El seguro desgaste que sufrirá Lula en caso de acceder a su segundo mandato no llevará automáticamente a un crecimiento de la izquierda. Puede, por el contrario, acelerar la desmoralización y desorientación populares. Pero constituye un importante desafío y oportunidad, para el pueblo trabajador y la izquierda, de encontrar en las luchas y contradicciones actuales, el camino hacia el cambio social y un renovado socialismo del siglo XXI.

La Haine

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