10 de noviembre de 2019

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ENTREVISTA CON EDUARDO PÉRSICO, SENCILLAMENTE UN ESCRITOR.

Por Fernando Roperto.

6 de octubre de 2006

- Eduardo Pérsico, dicen que usted es un narrador y poeta ‘cultor del barrio, del fútbol y de la identidad de los argentinos’. ¿Qué le parece esa idea?
- Dicho así pareciera acertada, aunque no soy ‘defensor’ de tanto. En principio, toda expresión popular se defiende por sí misma; por mi origen viví vinculado a eso pero no soy un publicista, y menos del fútbol, que tiene miles de propagandistas en su corporación. En nuestro país hay muchos que la juegan de escritores y ocupados tanto del fútbol limitan al mínimo su universo. Yo publiqué algunos cuentos y hasta una novela con perfiles futboleros, “El Olvido está en Libertad”, por ejemplo, pero mi literatura apunta a una mayor amplitud y a otra proyección histórica. Los narradores de mi vertiente en Argentina, complementamos la obra de los sociólogos y los historiadores, y desde mi cuento más breve al libro más denso apunta a esa constante.

- Nos dijeron que usted jugó al fútbol hasta bien grande.

- Sí, en los potreros, y creo que más de la cuenta. Pero m fui despegando tanto que hoy casi repudio ese universo del fútbol plagado de multimillonarios, lavado de guita y delincuentes llamados barras bravas. Esos tipos no sólo asolan cualquier espectáculo, además, con su actitud fascista ocupan un espacio misterioso en el negocio. No hay inocentes, y si el Estado quitara la protección policial a los clubes en poco tiempo se cambiarían todas las reglas del juego. Pero no me interesa opinar sobre un gigantesco negocio, casi siniestro, que involucra a mucha gente.

- Tiene razón, hablemos de usted.

- Si me vinculan siempre con algo popular será porque yo nací en un barrio de corralones y compadres, por Villa Barceló. Mi viejo era taxista y mi vieja enfermera, y en una generación que llegó a sacar anguilas en un canal que luego taparon. Algo de esto hablé en un cuento sobre Borges; de cualquier modo la atmósfera popular siempre es tentadora en una obra literaria, pero si uno es precavido y no quiere caer en el populismo fácil o barato, no debe condicionarse demasiado a esa tentación. Digamos, para contar la historia sangrienta y dolorosa que nuestro país soporta desde su fundación no podemos limitar el enfoque a tanguitos o lunfardías más o menos. Hay también otras miradas; la problemática nuestra siempre es más densa aunque a veces lo disimulemos, somos territorio latinoamericano donde la integración, la cultura y las inmensidades son más vastas y complejas. Así que encerrar el análisis de quienes somos en delinear los perfiles exteriores sería una malversación, y es lo peor que debe hacer un escritor que se respete.

- Esto os remite otra vez a la identidad de los argentinos.

- Puede ser; pero sin duda, los ‘defensores del tango’ o del ‘folklore’ al fin acaban siendo un grupo de pintorescos. La globalización cultural en el siglo veintiuno existe; la computación, los multimedios informativos, internet, - que si la usamos es una herramienta gigantesca a favor- existen y no son joda. Serán instrumentos o invenciones de los ‘enemigos de nuestra costumbres’, puede ser, pero si seguimos lamentando que nadie festeje nuestras glorias pasadas nos perdemos el mejoramiento de la comunidad. Ojo con eso, y digo comunidad por interés común, de comarca y beneficio de muchos.

- En una novela del año ’82, “Gardel supo retirarse a tiempo”, usted hizo bromas a propósito de las letras de tango. Y unos años más adelante, en “De nuevo lejos de Uppsala”, describe a un pianista de tango que en Suecia que se gana la vida con un quinteto de jazz. ¿De dónde sacó todo ese material del que hablamos?.

- Bueno, ese yacimiento de la memoria lo aprovecha cualquier escritor, y es lícito usar aquello que recibió por ósmosis, eso que lo nutrió desde la niñez por la piel. En “Uppsala..” tomé un dato cierto, el del pianista, para encarar la problemática del exilio buscado y el exilio forzado, de la nostalgia de la patria y ese perfil poco apreciado que se da entre los exiliados: el descubrimiento y afición a elementos que tenía tan cerca en su país y que fuera de él, recuperan a veces graciosamente. Una vez un argentino que vivía a cincuenta millas de New York me invitó a comer un asado en su casa, yo estaba en el Village y cuando llegué a su casa, estaba apilado a la parrilla de bombacha, alpargatas y oyendo a Atahualpa Yupanqui, en una actitud que en Buenos Aires, - su familia era de Recoleta- el tipo no hubiera mostrado ni en curda. Ah, el “Gardel..”, ahí ubiqué a los personajes en un boliche donde se discutía no sólo el origen del tango sino también otras constantes en nuestra manera de ser. Y me divertí mucho describiendo al ‘poeta nacional y popular que había inventado la rima de corazón con bandoneón’, ese recurso que ni a Bécquer se le había ocurrido y que ‘salvó al tango para siempre’. Ahí también bromeo con la ‘Galleguita, la divina, la que a la playa argentina llegó una tarde abril’, pero que recaló de alternadora en el Pigall, ‘un cabaret que en las letras de los tangos jamás cerrará sus puertas’. Con ese libro disfruté a pesar de haberlo escrito en 1981 y que encubre renglones muy puntuales de las atrocidades que nos rodeaban por entonces.

- ¿Es ahí donde se ocupó en demitificar el tango “Garufa”?

- Sí, aproveché. Vean como son los misterios de lo popular. En ese tango, - que es una grosería imperdonable de un uruguayo llamado Soliño- se burlan de un laburante y le dicen ‘durante la semana meta laburo y el sábado a la noche sos un doctor. Te enchufás las polainas y el cuello duro y te venís pal’ centro de rompedor’. ¿Y qué te pasa, alcahuete; el tipo que labura toda la semana no tiene derecho a divertirse o te molesta verlo entre ustedes, la gente de la noche que de laburo, nada? Y era tan imbécil y reaccionaria esa letra que hasta se burla de la madre del personaje: ‘tu vieja dice que sos un bandido, porque dice que te vieron la otra noche en el parque Japonés’; que era un parque de diversiones ingenuas. Todavía hoy pocos aprecian que en algo tan popular como el tango se encierran bajadas de línea altamente antipopulares, de los reyes de la noche, sin hablar del machismo desaforado que se curtía como ‘mujer, pa’ ser falluta’ y otras estupideces parecidas. Por supuesto que no hablo de las letras de Homero Expósito, Manzi, Lepera, Cadícamo - algo desparejo- y otra media docena que llegaran desde la poesía para hacer con sus letras un verdadero género literario. Una expresión inigualable entre las canciones populares de cualquier lugar del mundo, porque además los tangos de mejor factura prevalece una temática con argumento que así no se repite en ninguna otra parte. Y al margen, esto de abrevar en la poesía es fundamental. Lo poético conlleva el perfil oculto de la palabra, lo inexplicable a veces, pero no sólo los autores verdaderos de tango vienen de la poesía, sino que es imprescindible para los narradores visitar a menudo ese territorio.

- ¿Y qué nos dice del lunfardo, Pérsico?

- Bueno, hace un año publiqué “Lunfardo en el Tango y la Poética Popular”, un ensayo más un glosario de unas mil y pico de palabras que han persistido ya no en la lunfardia misma, sino en el habla coloquial de los argentinos. Esa idea me persiguió desde 1987, cuando participé de un congreso en España sobre la identidad del idioma y resultó tan eurocentrista y miope la interpretación que la mayoría de los especialistas en Madrid atribuían a las jergas latinoamericanas. Así que de puro caliente me permití advertir que cuando en el 1492 llegaron a estas playas los navegantes descubridores de América para la cultura europea, los que habitábamos estas playas no difundimos la noticia con movimientos corporales ni señales de humo. Entonces busqué explicar en la Biblioteca Nacional de Madrid a gente que aún sueña cierto imperialismo cultural, que nuestros antepasados comunicaron la llegada de los barcos con palabras. Y tal vez por ahí se me ocurrió que una comarca como la nuestra, que no puede orientar la técnica ni la economía del planeta quizá logre identificarse practicando alguna gimnasia del ocio, y que acaso una buena manera de ejercitar esa gimnasia existiera en el lunfardo, ‘un código para comunicarse entre dos sin que se entere un tercero’. El lunfardo es un recurso de la comunicación, y aunque los argentinos hablamos en castellano y según su gramática nos comunicamos con el mundo, el lunfardo y el tango son dos de los perfiles más categóricos de nuestra identidad cultural; no los únicos pero sin duda los más visibles. Así que hoy supongo que este libro sirvió para explicar de algún modo que el lunfardo, ese código dialectal que ya dijimos, permaneció como un verdadero fenómeno literario al ser recuperados sus términos por la letra de los tangos y la poesía popular. Estos son signos que nos vienen de lejos y su primer estudio serio fue “El idioma del Delito”, un estudio de Arturo Dellepiane, de 1894.

- Y en “nadie Muere de Amor en Disneylandia”, la novela que premiara el Fondo Nacional de las Artes y ahora se reedita, cargó algún personaje con ese vocabulario.

- No mucho, pero está en el espíritu del libro. Después de todo, Blanes, el personaje central es un matador al servicio del Poder, de los que Mandan, - ese Poder supranacional que no deja de jodernos y existe de verdad- y soporta una cualidad en su memoria que la hace atemporal. El tipo es el chofer de un ministro y vive en Buenos Aires, y por mucho que participe en los magnicidios que el Poder hiciera en las últimas décadas, - asesinatos del Jega Gaitán en Bogotá, Salvador Allende en Santiago, el Che Guevara en Vallegrande, Patricio Lumumba donde ocurriera, y otros varios más - el personaje mantiene cierta inflexión que le exige algunos términos de la porteñidad. Me alegra que se reedite esta novela que toma un mecanismo fantástico para contar la historia y volver a lo del principio: los narradores de aquí, sin saberlo, completamos literariamente el trabajo de los sociólogos y los historiadores. Eso es a pesar que entre nosotros, muchas veces los escribas rumbean sus opiniones sin contradecir mucho a los medios de comunicación que les publican una foto.

- ¿Trató mucho a Borges, no?
- No mucho, en verdad como ya dije, conversamos unas cuántas veces pero la mayoría ‘sin testigos ni enfocada luminosa’. Un par de tardes fue por los días antes a dejar la Biblioteca Nacional, en la calle México, por 1982, 1983, y luego recuerdo tres o cuatro veces más. Pero claro, lo traté como a quien yo suponía que era, un porteño sobrador y canchero, y terminamos teniendo buena onda. Borges era un argentino de lujo, sin duda, y si uno no era ningún tilingo él lo atendía bien. Más que nada, Borges respetaba la autenticidad del otro y claro, lo entrevistaban cada ‘pescados’ a preguntarle giladas que el viejo siempre estaba en guardia. Pero de eso, ya se ha dicho demasiado. Chau y no se olviden de “Nadie Muere de Amor en Disneylandia”.

- Para final, ¿qué piensa al escuchar decir “escritor de culto”?

- Que es una calificación estéril. Más bien, una frase algo tonta. Porque si uno es sencillamente un escriba que relata ironizando con la poesía y la buena palabra, aspira a que cada lector lo califique de modo particular. Que es al fin lo más válido de esta vocación.

F.R.

Nota: Eduardo Pérsico, es un escritor y periodista argentino. El es de izquierda, no la “caviar” por supuesto, y escribe en diferentes medios, como Argenpress, El Diario Internacional y otros periódicos de América Latina.