20 de noviembre de 2017

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LA HUELGA GENERAL EN FRANCIA: ¿REDOBLE DE CAMPANAS PARA SARKOZY?

Hugo Moreno (*).

14 de septiembre de 2010

El martes 7 de septiembre marcó un punto culminante en la resistencia de las clases trabajadoras a la ofensiva reaccionaria del gobierno de Nicolas Sarkozy. La huelga y la movilización convocada por las ocho organizaciones sindicales - CGT, CFDT, FO, CFTC, CFE-CGC, UNSA, SOLIDAIRES y FSU - fue un éxito mayor, un contundente rechazo del proyecto de pasar la edad legal de la jubilación de 60 a 62 años (o sea, de 65 a 67 años si se aspira a una pensión completa).

En cerca de 250 ciudades, cortejos impresionantes reunieron alrededor de 2.500.000 de manifestantes, según las organizaciones sindicales, y 1.120.000 según el Ministerio del Interior (lo cual no deja de ser significativo: la policía, como siempre, rebaja a menos de la mitad el número de manifestantes). Este gran movimiento social supera las grandes manifestaciones de los últimos años, incluída la huelga del 24 de junio pasado, que contó con 1.500.000 participantes. Ha sido una clara expresión del descontento, la rabia y el deseo de las clases populares de frenar la ofensiva del gobierno Sarkozy, el poder político más conservador que ha tenido Francia desde 1940.

Tres años después de haber asumido la presidencia, Sarkozy y su gobierno están confrontados a una situación muy difícil. A las consecuencias de la crisis mundial, la desocupación oficial que llega al 9,6 % de la población activa, según el Insee (poco más de 2,5 millones, aunque la realidad es más próxima de los 4 millones), la caída salarial, se agregan los escándalos político-financieros y la disputa entre diversas fracciones de la derecha. Uno de sus efectos es la continua pérdida de popularidad de Sarkozy: apenas un 34 % de opiniones favorables. Desde 1958, ningún presidente de la V República había caído tan bajo ni tan rápidamente.

Esto acompaña la pérdida de crédito en las instituciones republicanas, la representación bajo la forma de delegación del poder, así como la legitimidad de las élites gobernantes. Se suma la cristalización de la Unión Europea neoliberal con el Tratado de Lisboa - rechazado en Francia en el referendum de 2005, pero impuesto por la derecha parlamentaria, en una desfachatada violación de la soberanía popular. Se acrecienta en consecuencia el sentimiento que el voto no sirve para nada. La enorme abstención en las elecciones regionales del 14 de marzo (50 %) ha sido un ejemplo. Este quizá sea el dato mayor de la situación actual: la fractura entre el espacio social y el político. El sistema de la V República está cuestionado, acentuándose sus rasgos autoritarios: el presidencialismo ejercido en detrimento de las instituciones, de la separación de poderes, de los partidos y fundamentalmente de la democracia social. La crisis social y política actual, en ese sentido, puede precipitarse rápidamente en una real crisis de régimen.

El 7 de septiembre fue una respuesta masiva frente a esta situación. Se trata, en primer lugar, de impedir la contra-reforma de la edad jubilatoria - justificada con el falacioso “ahora se vive más”, que cubre lo esencial: la continua desposesión de los asalariados, la aumentación de las horas de trabajo, la flexibilización, los contratos precarios. En segundo lugar, representa también una respuesta frente al ataque brutal y sistemático contra conquistas económicas y sociales fundamentales, ganadas por las luchas de varias generaciones. Al mismo tiempo, se generaliza el sentimiento de una profunda injusticia social, frente a los privilegios descomunales de las clases dominantes. El poder sarkozysta aparece insensible, separado y ajeno a esta realidad. Sin embargo, el espectro del 4 de agosto (de 1789) planea en círculos de la derecha parlamentaria, que sostiene a Sarkozy, pero siente el peligro. No es casual la cubertura del Nouvel Observateur, semanario próximo a la derecha liberal y socialdemócrata. Sobre una foto del presidente, una gran interrogación: “¿Este hombre es un peligro?”. Efectivamente, las tradiciones de las clases subalternas no se pierden, aunque a veces no se vean. Persisten en la vieja memoria colectiva forjada en siglos de luchas sociales. La vieja divisa de la República - Libertad, Igualdad, Fraternidad - acuñada en 1789, en las revoluciones del siglo XIX, en las grandes luchas en 1936, 1947 y 1968, sigue vigente. Eso es lo que ha impedido, en Francia, una derrota histórica de la clase obrera, sin la cual la aplicación del proyecto liberal se convierte en más difícil.

Ese es el desafío que se propuso encarar Sarkozy y su banda, representando la derecha conservadora y revanchista. Su expresión más reciente es el tournant securitario del presidente. Su discurso de Grenoble a fines de julio es una pieza maestra en ese sentido. En Grenoble, aprovechando un hecho de bandidismo - un fallido asalto a un casino que terminó con la muerte de un joven gitano abatido por la gendarmería - el presidente proclamó una guerra nacional contra la “delincuencia”, designando “culpables colectivos” a los rumanos y la comunidad gitana, desplegando un arsenal de medidas represivas - pérdida de la nacionalidad para los “franceses de origen extranjero” (sic) implicados en delitos mayores, sanción penal contra las familias de jóvenes delincuentes, estigmatización étnica de los gitanos, etc. O sea la continuidad derechizada de la famosa “guerra contra la canalla”, cuando Sarkozy, entonces ministro del Interior, se propuso “limpiar al kärcher” los barrios pobres de la periferia parisina.

La expulsión de inmigrantes rumanos (8000 en lo que va del año, 1000 solo en el mes de julio), la destrucción brutal de campamentos, forma parte de la estrategia que asimila pobreza/inmigración = delincuencia/criminalidad. Ese es el sentido del discurso de Grenoble: Brice Hortefeux, el ministro del Interior - recientemente condenado, vale recordar, por “injurias raciales” - aplica con celo lo que su jefe manda. Estos acontecimientos han sacudido la opinión pública, no solo manifestando su repudio en una manifestación de 150.000 personas el sábado 4 de septiembre, convocada por algunas asociaciones y sin ninguna cubertura mediática, sino también suscitando duras críticas en el campo de la derecha, la jerarquía católica, hasta en la misma ONU y la Unión Europea, cuyo “parlamento” de Bruselas acaba de pronunciar una severa advertencia al gobierno francés.

Nicolas Sarkozy pretende aparecer como un nuevo “hombre providencial”, apelando con su discurso “securitario” a los viejos reflejos racistas de las capas más atrasadas, como una cortina de humo para ocultar los reales problemas no resueltos. Estos siguen presentes : la desocupación, la pobreza, la crisis cultural, la dislocación de una sociedad sometida a las turbulencias de la (re)mondialización. El resultado es profundamente negativo, pues esta política no hace otra cosa que agudizar los conflictos, enfrentando unos sectores contra otros, poniendo en cuestión los principios republicanos. El poder político aparece así cada vez más “desencantado” : abiertamente como el protector y agente al servicio del gran capital. Y así es, pues el verdadero poder aparece en manos del Medef (Movimiento de las empresas en Francia), la más poderosa corporación patronal. En la crisis social actual, es posible preguntarse ¿hasta cuando Sarkozy será funcional para su estrategia?

El affaire Woerth-Bettancourt, asociando el ministro del Trabajo, Eric Woerth, ex-ministro del Presupuesto y ex-tesorero de la UMP, con Liliane Bettancourt, heredera del imperio de L’Oreal (una de las más grandes fortunas) no hizo más que revelar esta estrecha relación. El laberinto de éstas, por cierto, es muchísimo más complejo. Mientras una parte importante de la población asalariada disminuye radicalmente su nivel de vida, el gobierno mantiene a todo precio el “escudo fiscal” que favorece la élite más poderosa del país. Este es un gobierno de los ricos para los ricos: eso es lo que está apareciendo cada vez con mayor claridad. Pero también conviene señalar que, en este clima de decadencia política y moral, se generaliza también el fatídico “todos iguales = todos podridos”, caldo de cultivo donde puede germinar cualquier cosa, como es sabido. Ese es otro de los peligros en ciernes.

Los mecanismos democráticos se han debilitado. Se afirma, al contrario, un Estado cuyo eje está centrado en la “seguridad” y el autoritarismo; un Estado que se proyecta como un peligro para las clases populares y la sociedad entera. Sin embargo, la brutal y despiadada ofensiva del sarkozysmo ha encontrado una resistencia tenaz y combativa en las organizaciones del movimiento obrero “tradicional”. La ofensiva de la derecha neoliberal consistió en el desmantelamiento del Estado social, las privatizaciones a ultranza, el alineamiento internacional con la reintegración en la Otan, al mismo tiempo que la destrucción de las fortalezas obreras : el “cinturón rojo” de París, los baluartes obreros tradicionales del Norte y el Este.

Empero, el movimiento sindical, debilitado y con fuertes sectores reformistas que solo esperan obtener migajas con las negociaciones, como la CFDT, por ejemplo, sigue teniendo un enorme poder de convocatoria de masas: las recientes huelgas y manifestaciones lo demuestran. El nivel de sindicalización es uno de los más bajos de la historia, pero cuando las organizaciones convocan a la huelga, millones responden. Si las bases radicalizadas, como es el caso frecuentemente, siguen presionando a las direcciones que titubean, los sindicatos pueden representar el mejor y más sólido instrumento - para no decir el único, al menos por ahora - con capacidad para frenar la ofensiva capitalista.

Otra gran incognita radica en la juventud de los barrios periféricos, esos que estallaron con violentas acciones, quemas de autos, destrucción de servicios públicos, enfrentamientos con las fuerzas policiales. El relativo “silencio” de esta capa social, que soporta el mayor peso de la crisis capitalista - la desocupación del sector llega al 50 % -, así como su ausencia en la protesta social, por ejemplo, indican otro aspecto de la fractura social. De hecho, no se sienten representados por nadie, ni por los partidos ni por los sindicatos. Sin embargo, los gérmenes de revuelta - la rabia, el odio contenido, la otra cara de la violencia social a que están sometidos - pueden estallar en cualquier momento. El sarkozysmo no ha hecho nada para mejorar esta situación, sino todo lo contrario. El desmembramiento de las relaciones sociales, de la familia y la solidaridad de clase, el deterioro de las condiciones de vida, no dejan mucho margen. Solo queda la marginalidad, el trabajo precario y subterráneo, la atomización social. Al fin de cuentas, la pérdida de toda perspectiva y, peor aún, de toda esperanza. Para la juventud de los banlieues el Estado - o sea todo lo que aparezca con uniforme, cualquiera que represente la “autoridad - se ha convertido en un enemigo. No sorprende, pues, su radicalización, sino lo contrario : lo que sorprende es por qué no estalla con mayor frecuencia y virulencia.

Paradójicamente, la izquierda política en sus variados matices - y con responsabilidades también diversas - no parece estar en condiciones para aprovechar esta coyuntura. El descrédito del Partido Socialista - buena parte de su dirección ganada al social-liberalismo - no representa un proyecto creíble. Sigue siendo la principal fuerza de oposición electoral - basada en sectores de las capas medias - pero no ofrece alternativa alguna: el fracaso de su gestión en el gobierno, el abandono de toda perspectiva aún de reforma del capitalismo, el embanderamiento (con pocas excepciones) por la Unión Europea neoliberal, son un ejemplo. Otra cosa, por cierto, sería minimizar su rol de oposición con el viejo prejuicio: izquierda = derecha. El precio pagado por la política “clase contra clase”, como se la llamaba en otros tiempos, ha tenido siempre nefastas consecuencias.

Por otra parte, los esfuerzos por organizar una “izquierda de la izquierda”, como el caso del Front de Gauche (PCF, Parti de Gauche y Gauche Unitaire) tampoco obtiene los resultados esperados. El Frente de Izquierda no logra polarizar una amplia capa social, ni mucho menos organizarla. Su fuerza principal, el PCF, acaba de recibir un duro golpe con la renuncia colectiva de 40 importantes cuadros, entre ellos Patrick Braouezec, diputado de Saint-Denis, Pierre Mansat, adjunto del alcalde de París, Pierre Zarka, veterano director de L’Humanité, Jacqueline Frayse, diputada de Hauts-de-Seine, el historiador Roger Martelli y el filósofo Lucien Sève. Este núcleo no renuncia a formar parte de la izquierda radical, pero encuentra que la forma “partido” tiene que ser superada. Algunos de sus miembros integran la Federación pour una alternativa social y ecológica (Fase), una de las asociaciones que han emergido en este período. Otras fuerzas de la izquierda radical como el NPA, manteniendo una participación en las luchas sociales, no logra aún superar una concepción “vanguardista” que los confina, lamentablemente, en un aislamiento político estéril. Su fracaso en las elecciones regionales de marzo pasado (2,5 %) ha precipitado incluso una nueva crisis, que no deja de ser saludable, al menos si va en el sentido de una política de frente único, válida como nunca.

Es posible que las movilizaciones en curso contribuyan a dinamizar esta perspectiva. Sin esperar el “asalto a los cielos”, al menos para reforzar la resistencia contra la ofensiva de la derecha reaccionaria, reinventando al mismo tiempo formas nuevas de participación política, elaborando una estrategia para el cambio social. El movimiento en curso demuestra que cambios profundos son posibles, mientras dure y se acreciente su permanencia.

En ese sentido, las “concesiones” de Sarkozy luego del 7 de septiembre - manteniendo su intransigencia para imponer los 62 años - no lograron contener la protesta y la revuelta contra su política. Una mayoría de las organizaciones sindicales - seis, con excepción de FO y Solidaires que exigen el retiro total del proyecto - han decidido una movilización el 15 de septiembre, y la Intersindical una huelga y manifestaciones el 23. La presión desde abajo es muy fuerte, como por ejemplo en ferroviarios, donde Sud-Rail, con fuerte presencia, exige un programa de huelga reconductible.

El proyecto de contrarreforma jubilatoria será aprobado por Diputados el 15 de septiembre, pues disponen de una amplia mayoría, y seguramente el Senado lo confirmará, pero entre la legalidad y la legitimidad el abismo se hace insondable. En una entrevista al diario Le Monde, el responsable de la CGT, Bernard Thibault, lo advierte claramente. La intransigencia del gobierno, dice, puede conducir “de un bloqueo, a una crisis social mayor”. En los próximos tiempos, pues, se juega una partida esencial para el porvenir de Francia y también para el resto de Europa. ¿Habrá llegado quizá la hora del redoble de campanas para Sarkozy y su banda? Es de esperarlo, pues caso contrario, las campanas pueden tocar para otros.- París, 10 de septiembre de 2010.

(*). Hugo Moreno, miembro del Comité de Redacción de SinPermiso, es docente-investigador en Ciencias Políticas en la Universidad de Paris 8 (Vincennes à Saint-Denis).

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