9 de diciembre de 2018

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EL MEJOR NEGOCIO DE LOS RICOS...

Cuento de Eduardo Pérsico (*).

15 de mayo de 2007

Una mañana la empresa no abrió el portón y nadie apareció de quiénes debían pagar los sueldos atrasados. En la semana todo el personal había sido despedido; se juntaron frente a la fábrica, gritaron hasta el cansancio y el último en atenderlos sin resolver nada, fue alguien bien vestido que dijo pertenecer a un Banco. En asamblea ellos discutieron si el Banco era extranjero o nacional hasta coincidir en son todos iguales, y entonces ese día ‘por orden superior llegaron los de uniforme a realizar su tarea.

Los policías, que fingían indiferencia detrás de gorras y metralletas, esparcieron por el barrio una atmósfera nerviosa, de pelea, costaleando al desgaire los caballos sobre el empedrado y para cerrar el bar de la esquina, volcaron alguna botella de cerveza y la electrónica del combate espacial. Al mediodía el aire caliente pegoteaba las camisas abiertas, aquietaba los cuerpos y cuando subieron de los pelos a un patrullero a quiénes sostenían un cartel, "El mejor Negocio de los Ricos es una pelea entre los Pobres", el griterío desechó la exaltación primera y se iría aquietando. En varios techos de alrededor apenas se escondían las cámaras de filmación que los enfocaban en detalle; no todos conocían bien para qué pero uno de campera clara salió del grupo y bajó al pavimento. .

El oficial a cargo se quitó los auriculares, salió del auto y como si jugara, se desperezó desafiando al manifestante que caminaba por mitad de la calle. Sin más preámbulo cada uno tomó cuenta del otro; ninguno de los dos apuró el paso y separados por cincuenta metros empezaron a verse la cara. Fingiendo cierta indiferencia sin lograrlo, el hombre que se apartó del gentío trae las manos en su chaqueta de verano, un sudor liviano le humedece la piel y sin embargo prosigue. El policía que avanza menos cauteloso, en una ráfaga se preguntó por qué ese imbécil no salía disparado por donde vino, ‘dando el ejemplo a los demás’. Pero no; los laburantes atenuaron cada sonido como si el silencio los protegiera, también quedaron quietos los de a caballo y los relojes parecieran extender el momento. Un fragmento de minuto que sería de metal en la memoria de cada uno.

Por cierto que el policía está acostumbrado. Cuando él dispare no sentirá mucho ni poco y ese cabrón que sigue andando no le meterá ningún miedo. Es su trabajo, le pagan para eso y no recibe ni el murmullo de la calle; aunque de pronto sintió que ya debería haber desenfundado... Enfrente, al otro las piernas lo llevan sin sentirlo. Conoce de sobra qué lo espera si lo llevan al cuartel y en.el mismo instante pensó ‘un paso más y ya será tarde’. Acaso presienta a la gente en la vereda como una imaginaria multitud que lo sostiene, y su mano derecha, sudorosa, calza exacta en el puño del revólver.

Nadie tendría esa decisión si no anduviera bien armado, piensa el de uniforme; ahí tensa el grito de sacar tirando y el otro, que no era un chiquilín, gatilló sin mostrar el arma. Un fogonazo de humito blanco surgió de su campera liviana y el tipo corrió hacia una calle del costado.

Al silencio temeroso y cerrado lo deshizo un hachazo de sirenas y el motor de los patrulleros. De golpe los despedidos de la fábrica refrenaron el aliento ante un temor sorpresivo y espeso. En ese mediodía, el muerto tirado en medio de la calle era un policía de uniforme.

(*). Eduardo Pérsico, narrador y ensayista, publicó cuentos, seis novelas y tesis sobre lunfardo, tango y poética popular. Nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

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