9 de diciembre de 2018

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OBAMA Y EL COLONIALISMO MENTAL

Por: Herbert Mujica Rojas.

21 de enero de 2009

No pocos millones de latinoamericanos, embarcados en expectativas falsas creadas por los miedos de comunicación, estarán atentos hasta las lágrimas a lo que diga el primer presidente negro Barack Obama desde Washington. No obstante aquél ha demostrado que tiene mucho menos poder que el que le atribuye la propaganda y que posee el inefable marbete Made in USA. Pruebas al canto: ya se sancionó el TLC con Perú, a pesar de la oposición demócrata. El saliente gobierno republicano de George Bush no dejó de realizar el faenón que celebran aquí los alfiles nativos adláteres o allegados al poder imperial norteamericano.

Ni el color de la piel de Mr. Obama o su excelente capacidad oratoria garantizan la piedra filosofal para Latinoamérica. En ese conjunto difícil de países desiguales, está el Perú y es bueno recordarlo porque aquí las cosas de puro sabidas se olvidan. Y cuando ingresen mercaderías a menor precio y protegidas por el TLC y desplacen a las locales, entonces se favorecerá a los consumidores cuyo manejo de dinero es más exiguo. Pero ¡se destruirá a los productores que NO tendrán dónde colocar sus artículos de toda índole! ¿Quién podrá salvarlos entonces?

La estupidez nacional, de ribetes excepcionalmente fosforescentes cuando se trata de impactar con destellos efímeros al modo que hacían los ibéricos con los indígenas al llegar a costas latinas, ha consagrado el coloniaje mental como una de las taras más aberrantes que pueda exhibirse en el comportamiento social. Hoy como ayer casi toda nuestra filosofía es prestada. El lenguaje reitera las idioteces miopes del sintético inglés que todo lo agrupa en siglas o iniciales. Las cacatúas repiten, con éxtasis y borracheras recurrentes, cuanto el New York Times o el Washington Post, apocalípticamente predicen para estos países. Y, a veces, hasta copian las sentencias de muerte que para nuestras industrias comportan los desesperados requiebros de los malos manejos norteamericanos. No ha mucho el cataclismo ha sido evidentísimo.

Los analistas, estrategas, politólogos, ensayistas y demás istas que crecen bajo cada piedra en Perú otorgarán vía televisión, radios y diarios, el privilegio de sus sesudos informes. Cierto que el 95% olvida que Perú es un gran porta-aviones con barcos y tropas extranjeras dicen que para la cooperación en salud y contra la ceguera de las poblaciones más pobres.

¿Qué podría decir el señor Obama respecto del multimillonario negocio que es el narcotráfico? Los miedos de comunicación y sus mercenarios urbi et orbi han difundido la especie que la producción de hoja de coca, la introducción a sangre y fuego de cultivos alternativos y el alquiler de decenas de sociólogos, trabajadores sociales, logreros y capituleros que se subastan a precios en dólares, constituye la solución en la lucha contra el tráfico ilícito. ¿Y por causa de qué no se dice que los millones de habitantes de Gringolandia que consumen esas porquerías son los directos responsables de empujar ese negocio criminal? Además ¿qué hay del dinero negro que no pasa por bancos ni contabilidades y que no pocas empresas usan para sanear o tapar sus déficits? ¿podría Mr. Obama darnos una idea de cómo nuestros aeropuertos latinoamericanos dejarán de ser coladeras para el narcotráfico? ¡Y que no enuncie siquiera la especie cipaya que esto no tiene que ver con Washington!

Luego del gobierno de Colombia, cuyo líder, ostenta el nada envidiable título de trebejo simplón de Gringolandia, hay por aquí ambiciosos que desearían ser ellos los detentadores de semejantes condecoraciones coloniales. ¿Para qué entonces dan pruebas de buena conducta y pro-imperialismo asqueante y pútrido?

El señor Obama, poseo la modesta impresión, tiene muchas otras broncas que resolver. En fin, ese es su trabajo. ¿Cuándo acabará la idiotez de girar alrededor de Gringolandia rogando por las migajas que sus gobernantes, legisladores y política en general, arrojan a los pedigueños nativos de cuya miserabilidad no hay ya la más mínima duda?

¡Dignidad, carajo, dignidad! ¡Por lo menos, como los árboles de Casona, a morir de pie!

(*) A cargo del periodista peruano Herbert Mujica Rojas.

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